Bianca permaneció en silencio más tiempo del que hubiera querido. El contrato estaba sobre sus manos, abierto como una sentencia. Pasó los dedos por el borde del papel, acariciando las letras impresas con la punta de los dedos. Su corazón golpeaba fuerte, con un ritmo descontrolado que le subía hasta los oídos. «¿Qué puedo perder?»se dijo, mordiéndose el labio inferior. «Es solo ser de un hombre… un hombre que ya me gusta». La voz interior no callaba: «Más bien, puedes ganar mucho, Bianca. Mucho más de lo que alguna vez soñaste» Tragó saliva, se obligó a respirar y, al fin, levantó la mirada hacia Massimo. Sus ojos azules estaban fijos en ella, ardiendo con paciencia asesina, con ese dominio silencioso que parecía capaz de partirla en dos. —Lo pensaré… unos minutos —murmuró, alzándos

