El rugido del mar la recibió, mezclado con el de su motor todavía caliente. Se bajó de golpe, tambaleándose sobre la arena, con el pecho agitándose como un tambor. El auto de Massimo se detuvo justo detrás. La puerta se abrió con un golpe seco. Él emergió imponente, los hombros anchos, los ojos azules brillando bajo la penumbra del atardecer. Caminó hacia ella con pasos firmes, como si la playa entera le perteneciera. —¿Creíste que podías huir de mí? —su voz era grave, cargada de furia contenida. Antes de que ella pudiera responder, la sujetó por la cintura y la alzó contra el capó ardiente del coche. El metal caliente se pegó a su piel, arrancándole un jadeo. Massimo la miraba con el rostro duro, pero en sus ojos brillaba el deseo. —Maldita seas, Bianca… —murmuró, inclinándose sobre e

