—Señor… —la voz de Giancarlo se escuchó nerviosa. Entró sin respirar demasiado fuerte, como si temiera provocarle aún más furia—. La señorita Sofía… salió de la mansión sola en uno de sus autos. El vaso chocó contra la mesa con violencia. Salvatore se puso de pie en un segundo, los ojos encendidos como brasas. —¿Qué dijiste? —su voz era grave, un filo cortante. —Tomó las llaves y salió, señor. Salvatore dio un paso hacia él, con la mandíbula apretada. —¿Y por qué mierda no la seguiste? ¡Joder! —tronó, golpeando el escritorio con el puño. Giancarlo bajó la cabeza, tragando saliva, mientras Salvatore salió como un huracán del despacho. Sus pasos resonaron pesados en los pasillos, las sirvientas se apartaron como sombras a su paso. En la cochera, eligió el primer auto que le dio confia

