El motor rugió con un sonido grave, llenando el silencioso garaje de la mansión Morgan. Salvatore se acomodó en el asiento del piloto, apoyó los codos en el volante por un instante y cerró los ojos. Sentía las sienes arder, como si cada pensamiento le apretara desde dentro, y el pecho subía y bajaba de una manera que perturbaba la calma que siempre había sabido controlar. Respiró hondo, encendió el motor y, justo cuando iba a acelerar, escuchó el chasquido de unos tacones apresurados. Bianca apareció y, sin pedir permiso, abrió la puerta trasera para subir. Salvatore levantó la vista hacia ella, frunciendo el ceño. La luz del garaje resaltó el vestido corto color vino que llevaba puesto, el cual combinaba con el tono intenso de sus labios. Su cabello caía suelto en ondas suaves que contra

