Con pasos temblorosos, Bianca caminó hacia Francesco, que se encontraba apartado, vigilante como siempre. Se inclinó hasta su oído, con la voz hecha un susurro quebrado: —Ayúdame. Francesco frunció el ceño, confundido, y la miró con detenimiento. —¿Ayudarte a qué? Bianca lo sostuvo con ojos desesperados y ardientes. —Sácame esto... —dijo con un hilo de voz, casi inaudible. Francesco arqueó una ceja, comprendiendo. Con un gesto frío, sin perder el temple, deslizó lentamente su mano grande y fuerte por el muslo de ella, como si la torturara a propósito con cada segundo de espera. Sus dedos encontraron la prenda mínima y, con precisión, extrajo el objeto húmedo. Bianca soltó un suspiro de alivio, el cuerpo aún estremecido. Pero el rubor se le encendió en las mejillas al ver cómo France

