Con paso seguro, Erik se apartó de la multitud y se dirigió directo hacia Sofía. Ella lo observó acercarse, sintiendo cómo el nudo en su garganta se hacía más grueso. —Debes cumplir tu palabra —dijo Erik, con voz baja pero firme. Levantó la mano ensangrentada por el peso de la victoria, sosteniendo la gargantilla entre los dedos. La acercó a su cuello, con la clara intención de colocarla sobre su piel. Un disparo retumbó en el salón. El eco seco reventó los cristales de silencio y ahogó todas las voces. El brazo de Erik estalló en sangre. El hombre gritó de dolor, cayendo de rodillas mientras la joya caía al suelo con un tintineo metálico. El caos estalló de inmediato. Mujeres gritaron, hombres se levantaron de sus asientos, algunos desenfundaron armas, pero nadie disparó. El ruido er

