Los ojos de Salvatore ardían como brasas mientras repasaba las grabaciones de seguridad en el despacho. La mañana estaba gris, el humo del incidente de la noche anterior aún impregnaba la mansión, pero él no había dormido. Frente a él, en las pantallas, cada rincón de la casa aparecía con claridad quirúrgica. Su vaso de whisky humeaba en la mesa. Lo sostenía con una mano firme, mientras la otra navegaba entre botones y mandos. Cada imagen pasaba lenta, repetida una y otra vez, hasta que la evidencia apareció. El jardinero. El hombre que durante meses había saludado a los guardias, regado las plantas, movido las mangueras sin que nadie sospechara. Ahí estaba, en una de las cámaras ocultas, sacando un cilindro de un saco de lona y escondiéndolo en el armario de suministros. No miró a su a

