Ocho horas después, el avión descendió suavemente sobre la pista de un aeropuerto privado en Nueva York. Las luces del amanecer apenas despuntaban en el horizonte cuando las ruedas del jet rozaron el asfalto, acompañadas por el rugido grave de los motores que se apagaron lentamente. La escalerilla fue desplegada y, uno a uno, comenzaron a bajar. Salvatore Morgan fue el primero en aparecer, impecable con su traje n***o, la corbata perfectamente ajustada y los lentes oscuros que ocultaban la ferocidad de su mirada. Detrás de él, Massimo, Giancarlo, Francesco y Lucas lo siguieron con la misma elegancia y aplomo, como si nada hubiera pasado en las ocho horas de vuelo. Sus rostros eran una máscara imperturbable, el dominio absoluto de quienes habían nacido para no mostrar debilidad. Bianca de

