Los ojos grises de Salvatore se oscurecieron. Observó la llamada unos segundos, la mandíbula tensa. Luego, con un gesto seco, apagó el aparato y lo arrojó al sillón más cercano. —No hay nada más importante que esto ahora —murmuró, con una calma que escondía fuego. Dentro de la caja tomó un frasco elegante, de cristal oscuro con detalles dorados. Al destaparlo, un aroma intenso y embriagador llenó la habitación: especias orientales mezcladas con notas dulces, un aceite erótico diseñado para despertar los sentidos. Salvatore se giró hacia Sofía. Sus labios se curvaron apenas, con esa sonrisa peligrosa que siempre la hacía temblar. —Desvístete. El corazón de Sofía se desbocó. Con manos inseguras, desató la bata y dejó que cayera suavemente al suelo, quedando desnuda bajo la luz dorada de

