Bianca la alcanzó y se arrodilló a su lado, acariciándole la espalda con suavidad. —Tranquila, Sofi… respira, tranquila. Sofía se enjuagó la boca con agua, mirándose al espejo con el rostro pálido y húmedo de sudor. Sus labios temblaban, y en sus ojos marrones brillaba algo que era más miedo que simple malestar. Se enderezó lentamente, sujetándose al borde del lavabo. —Ya esto no es normal… —murmuró, con un nudo en la garganta. Bianca la observó en silencio, apretando su mano como un intento torpe de transmitirle calma. Afuera, Massimo esperaba, brazos cruzados, con la misma rigidez de siempre. Pero al verlas salir, sus ojos azules se suavizaron apenas un segundo, lo suficiente para que Sofía entendiera que él también había notado lo mismo que ella: algo en su cuerpo estaba cambiando

