La claridad de la mañana se colaba por las cortinas gruesas de la suite, bañando la habitación con un resplandor tenue. Bianca abrió los ojos lentamente, el cuerpo pesado, la boca seca, un hilo de baba en la comisura de sus labios. Un estremecimiento la recorrió cuando notó que no estaba sola: cuatro pares de ojos la observaban con intensidad. Massimo, Francesco, Giancarlo y Lucas estaban de pie alrededor de la cama, mirándola en silencio, con una calma inquietante, posesiva. Sus miradas se clavaban en ella como dagas invisibles. Bianca se incorporó de golpe, sentándose en la cama, el corazón golpeándole el pecho con violencia. —¿Qué… qué hacen? —murmuró, la voz temblorosa, mientras se cubría con las sábanas hasta el pecho. Su respiración era agitada. Sintió la piel erizada, las mejilla

