—Me hubiera gustado hacerlo —dijo Salvatore en voz baja—. Vaya que me hubiera gustado hacerlo. El bar pareció moverse con esa frase. Spettro graznó y se encogió en el hombro de Tiziano, como si también él sintiera la electricidad en el aire. Tiziano cerró los ojos por un instante, como si la imagen le quemara en la retina, y luego la mandíbula se endureció. Salvatore se alejó de la mesa con pasos largos, dejando la silla vacía y el vaso tintineando. No miró a Tiziano otra vez; sus ojos, sin embargo, fueron un filo que lo atravesó a la distancia. Llegó a la salida y, con el abrigo echado sobre el brazo, se detuvo en el umbral. —Nos vemos, hermano —dijo, la frase cargada de tantas cosas. Tiziano alzó la cabeza con lentitud. La luz cortó su perfil y dejó a la vista las cicatrices del cuel

