Avanzaron en silencio por uno de los pasillos laterales, más sobrios que el salón principal. El aire olía a incienso mezclado con perfume caro y sudor. De pronto, un hombre apareció al final del pasillo, caminando hacia ellos con paso seguro. Tenía rasgos asiáticos marcados, el cabello ligeramente largo, liso y sedoso que caía por debajo de su mandíbula. Vestía camisa negra impecable, abierta en el cuello, y una chaqueta de cuero que parecía hecha a medida para su figura esbelta pero firme. Su mirada era penetrante, aunque respetuosa. —Salvatore Morgan —saludó con una ligera inclinación de cabeza. Salvatore se detuvo frente a él y le estrechó la mano con fuerza, sin apartar los ojos grises de los suyos. —Caelan. Un gusto volver a verte. —Te estábamos esperando —respondió el asiático c

