El gesto fue eléctrico. Sintió su pezón endurecerse contra su mano. El ambiente se congeló. Ninguna retrocedió. Por el contrario, avanzaron más. Desearon más. Esta vez ambas manos de Evanya recorrieron la curva de los senos de Sofía, los amasaron, de la misma forma que a ella le gustaba ser tocada. Mientras ella respondía bajando las suyas hasta la feminidad de la castaña, hundiéndose en su prenda intima. La música parecía marcar cada roce, cada caricia. Los hombres lo sentían. El deseo se transformaba en obsesión mientras las observaban. Entonces sucedió. Evanya elevó su mano hacia el rostro de Sofia y rozó sus labios contra los de ella, apenas un segundo. La tensión fue insoportable. Sofía se tensó, rígida, sorprendida. El silencio pareció romperse con el latido de los cuatro. Y

