Era como si ellas solas existieran. Como si los hombres que las observaban no estuvieran ahí. Sus cuerpos eran el centro del escenario. Su piel húmeda, los gemidos que se desbordaban, las manos explorando sin descanso. Se besaban otra vez, más fuerte, más hondo, y en ese beso compartían la tensión y el placer que subía sin detenerse. Se corrieron para la otra, compartiendo un orgasmo abrumador que les hizo temblar las piernas. Mientras el whisky en la mano de Azran vibró apenas. Porque su pene estaba a punto de estallar ante esa imagen candente. Mientras que la corbata en la de Salvatore cayó al suelo. El mafioso apretó su mandíbula, la visión era espectacular. Una jodida locura de la que quería disfrutar. Ellas no se detuvieron. Ni por un segundo. Ni siquiera cuando la palpitación

