Salvatore no perdió tiempo, tomó la carne magra entre sus manos y comenzó a masajearla. Estaba hinchada, la corona humedad y las venas palpitaban como si estuviera apunto de eyacular. Sofía estaba atenta, deseando probar el semen de su hombre pero no llegó. En cambio, Salvatore se deslizó entre sus piernas con rapidez, con fuerza, y sin previo aviso la llevó hasta la pared. La sostuvo con la firmeza con la que dominaba un negocio. Sus manos la rodeaban, la controlaban, sus dedos clavados en la carne suave de sus muslos. El mármol estaba helado, pero Sofía ardía. Ese contraste la enloquecía. Él la tenía bien sujeta, cada empuje era un golpe seco contra la pared, cada movimiento la hacía gemir con más fuerza. Sofía no podía detenerse, sus piernas se aferraban a su cintura, los tacones negro

