Sofía no supo cuántas veces Salvatore la hizo suya esa noche. La marcó, la penetró hasta que su cuerpo ardió y sus huesos parecieron quebrarse bajo la intensidad de su dominio. Una y otra vez le recordó que pertenecía a él, no con palabras dulces, sino con la brutalidad de su deseo. Y aunque nunca lo dijera en voz alta, Sofía lo sintió: él era suyo tanto como ella de él. En algún momento, entre gemidos y lágrimas de placer, perdió la noción del tiempo. Lo único real era el peso de su cuerpo, el ritmo inquebrantable de sus embestidas y la certeza de que, al amanecer, nada sería igual. Cuando por fin se rindió al agotamiento, no fue ella quien se levantó, ni quien buscó dónde apoyarse. Sintió las manos de Salvatore vistiéndola con calma, como si aquel acto íntimo también fuera una manera d

