Dentro, el olor era mezcla de desinfectante y café recalentado. El pasillo angosto estaba iluminado por luces frías, y en las paredes se exhibían pósters de prevención femenina, con dibujos y frases que pasaban desapercibidas para cualquiera, pero que a Sofía le parecieron una ironía. Una recepcionista de cabello recogido la saludó con una sonrisa amable y la hizo llenar un par de formularios. Sofía apenas los leyó; escribió su nombre con letra temblorosa y esperó. Finalmente, la condujeron a un consultorio. Allí la esperaba una ginecóloga de mediana edad, con bata blanca impecable y unos ojos cansados pero atentos. No era la misma doctora a la que Salvatore la había llevado meses atrás. Aquello le dio un extraño alivio: al menos, lo que estaba por decir no llegaría a él tan fácilmente.

