Una banana bañada en chocolate derretido

2619 Words
POV Sofía El colchón cede apenas cuando me acomodo a su lado. Él no dice nada. No lanza ningún comentario sarcástico, ni alardea de esa seguridad brutal que lo viste como una segunda piel. Solo se gira un poco y, sin mirarme, lleva su mano grande a mi cabeza. Me acaricia el cabello como si lo hiciera por instinto. Sin exigencias. Sin intención. Como si cuidarme fuera parte de su naturaleza… aunque yo no sepa si eso me protege o me marca. Cierro los ojos. Intento dormir. Pero no puedo. Mi mente está en guerra con mi cuerpo, con la sangre caliente que se arremolina en mis venas cada vez que su mano roza mi cuero cabelludo, que baja por la nuca… y vuelve a subir, lento, pausado. Me acuna. Y al mismo tiempo, me incendia. ¿Sabe lo que provoca? ¿Se da cuenta del caos que me deja en el pecho, en el vientre… más abajo? Él sigue ahí, tranquilo, acariciándome como si yo fuera un gato que necesita calma. «El gato del diablo, Sofía» Solo puedo pensar en cómo sería si me tocara de verdad. El calor me envuelve. Mi cuerpo cede antes que mi orgullo. El peso del día, del viaje, del deseo… me arrastra al sueño sin permiso. … Despierto de golpe. No sé qué hora es. El cuarto está a oscuras, salvo por el resplandor pálido de la luna que se cuela entre las cortinas pesadas. El silencio es absoluto, como si incluso la mansión contuviera el aliento. Y él sigue ahí. Dormido. De lado. Respira profundo, con esa quietud que no es debilidad, sino amenaza. Hasta dormido parece un animal letal… uno que solo descansa porque decide no matar. Lo miro en la penumbra. No puedo evitarlo. Su pecho sube y baja con lentitud. Está desnudo hasta la cintura. La sábana apenas lo cubre desde la cadera. Sus músculos se contraen suavemente con cada respiración. Bajo la piel, cicatrices. Pequeñas, algunas redondeadas… como marcas de cigarro. Me incorporo sin hacer ruido, conteniendo el aliento. Mis dedos, guiados por un impulso que no entiendo, rozan una de esas cicatrices. No se mueve. El calor de su piel contrasta con la frescura de la noche. Sus músculos son duros, tensos incluso dormido. Me inclino un poco más, como si tocándolo pudiera entenderlo, como si leer su cuerpo fuera más sincero que leer sus ojos. Paso los dedos por su pectoral izquierdo. El tatuaje n***o que se extiende desde su hombro hasta el pecho parece latir con vida propia en la oscuridad. Rozar la tinta me da una descarga eléctrica, como si estuviera invadiendo un terreno prohibido. Algo sagrado. Pero lo hago. Me atrevo. Y bajo la mano. Deslizo los dedos por la línea de su abdomen, sintiendo cómo cada músculo parece tallado a mano. Cada curva, cada trazo de su cuerpo habla de poder, de control, de batallas ganadas a pulso. Todo en él es fuerza. Fuerza callada. Mi corazón martilla en el pecho. No sé qué me impulsa a hacerlo, pero mis dedos rozan la pretina de su ropa interior. Solo un poco. Solo para mirar. La bajo con cuidado. No sé qué espero ver. Quizás algo que desmienta la idea peligrosa que me viene taladrando la mente desde la tarde. Pero no. Él es excesivo hasta en eso. Trago saliva. Es una visión brutal. Inmensa. Como si su virilidad fuera otra forma de recordarme que Salvatore Morgan no es un hombre común. Todo en él está diseñado para intimidar. Para someter. Y, aún así, siento mis muslos apretarse. Me inclino un poco más, incapaz de apartar la mirada: el glande es como un chuleta rosada, una enorme chupeta rosada. Solo la cabeza siento que me ahogaría. ¡Y el tronco! Grueso, tan grueso que siento que mi mano no lo cerraría. Venas verdes bañan su piel y las dos bolas parecen estar muy hinchados. ¡Dios mío! Su respiración se altera apenas. Un suspiro sutil, profundo. Su cuerpo vibra bajo mi mano, como si su piel respondiera incluso en sueños. Me detengo, contengo el aliento… pero no se despierta. Dios… ese rostro. La mandíbula firme, el cabello revuelto, las pestañas largas sobre sus mejillas, la sombra del mentón. Dormido es hermoso. Pero no de un modo dulce. Es hermoso como una estatua romana olvidada en un templo de guerra. Hermoso como un secreto peligroso. Mis dedos suben otra vez. Rozan el centro de su pecho, ese lugar donde, alguna vez, debe haber latido algo más que frialdad. Una emoción. Un dolor. Algo. ¿Quién eras antes de ser esto? ¿Quién te marcó? ¿Quién te quemó la piel y te enseñó a no dormir tranquilo? No hay respuesta. Solo el silencio de la madrugada. Su calor. Su poder. Su presencia. Lo cubro con la sábana de nuevo, sin dejar de mirarlo. Y me recuesto a su lado. Le doy la espalda… pero no puedo girar mi alma. Cierro los ojos. Esta vez, no sueño con el secuestro. Ni con la mansión. Ni con la incertidumbre. Sueño con sus manos. Y con el fuego que, lo sé, algún día me va a consumir. … La cama huele a él. Despierto envuelta en sábanas que todavía conservan el calor de su cuerpo. El aroma amaderado, masculino, tan suyo, está impregnado en cada fibra del lino blanco. Me aferro a la almohada como una adicta y respiro hondo. Siento ese cosquilleo otra vez… ese maldito calor entre las piernas que no se ha ido desde que llegué a esta mansión. «¿Qué clase de poder tiene este hombre… que logra excitarme incluso cuando no está?» Me incorporo despacio. La habitación sigue en penumbra, las cortinas filtran una luz suave. Camino descalza hasta la ventana, y el suelo de mármol me roba un suspiro. El jardín trasero está tranquilo, los cipreses erguidos como guardianes. Justo cuando me doy la vuelta, la puerta se abre con un suave clic. Bianca entra con una bandeja de plata entre las manos. Lleva un vestido beige claro, discreto, el delantal inmaculado. Sonríe como si estuviera encantada de verme viva. —Buenos días, señorita Sofía —dice con voz cantarina—. ¿Ha dormido bien? Asiento mientras me acerco a la cama. —Sí… más de lo que esperaba. Ella deja la bandeja sobre una mesa lateral. Hay fruta fresca, pan tibio, una taza de café n***o y jugo de naranja recién exprimido. Me siento en la orilla de la cama y la observo. Bianca no parece tener prisa. Sus ojos son curiosos, atentos, pero sin malicia. —¿Siempre es tan silenciosa esta casa? —pregunto, tomando la taza de café entre las manos. Bianca sonríe con cierta picardía. —Cuando el señor no está… sí. Pero cuando él anda por aquí, todo el mundo se mueve. No queremos tentarlo con errores. —¿Temen que los mate? —bromeo. Ella ríe en voz baja. —Tememos que nos mire. Eso ya es suficiente. Bebo un sorbo y me acomodo mejor, envolviéndome con la bata. —¿Y las mujeres de ayer? —pregunto, fingiendo desinterés—. ¿Vienen seguido? Bianca alza una ceja, como si esperara la pregunta. —Cada domingo, señorita. Unas dos o tres distintas. Nunca las mismas. —¿Nunca? —Nunca. El nudo en mi estómago se aprieta. Intento parecer indiferente, pero ella ya me ha leído. Se acerca un poco y se inclina con aire de confidencia. —He escuchado cosas —susurra con tono cómplice—. Dicen que el señor tiene un… paquete muy grande. No cualquiera soporta esas cosas. Toso. Literalmente. Me atraganto con el café y dejo la taza en la bandeja como si quemara. —¿Qué? Bianca sonríe abiertamente, divertida, pero sigue con su tono de criada profesional. —Algunas se han ido llorando. Otras no pueden ni caminar bien cuando salen. Me llevo una mano a la cara, que seguro está roja como una manzana. —Gracias por esa imagen… —Sólo digo lo que se comenta en la cocina, señorita. La muy descarada me guiña un ojo antes de dirigirse a la puerta. —Disfrute el desayuno. Se va dejándome sola, con la bandeja, mi rubor y la mente completamente arruinada. «¿Un paquete muy grande? ¿Tan grande como para hacer llorar a una mujer?» Y como una idiota, ahí estoy, imaginándome a mí misma siendo esa mujer. La que no puede ni caminar después. La que lo soporta todo. La que él querría reemplazar cada domingo. El silencio vuelve a llenar la habitación apenas Bianca cruza la puerta. Me quedo mirando la bandeja aún humeante, pero apenas toco el desayuno. Tengo la mente hecha un nudo por lo que dijo. “Paquete muy grande”… ¿Quién demonios le dice eso a una invitada? Pero, claro, yo no soy una invitada cualquiera. Estoy aquí porque intentaron secuestrarme. Estoy aquí porque Salvatore Morgan decidió que me quería cerca. Protegida. Observada. «Deseada, tal vez…» Suelto un suspiro mientras termino de tomar el jugo de naranja. Luego me levanto y vuelvo a mi habitación. Busco entre mis cosas algo cómodo para ponerme. No tengo humor de andar con bata por toda la mansión, y menos después de esa escena absurda que mi mente insiste en reproducir. Opto por un short de mezclilla ceñido, uno de esos que apenas me cubren la parte superior de los muslos. Una camiseta blanca de algodón —simple, sin sostén debajo— y unos tenis blancos. Nada especial. Solo lo suficiente para sentirme… protegida y un poco provocadora, aunque solo sea para mí. Camino por el pasillo con pasos lentos. La mansión es absurda. Todo es tan pulcro, tan imponente. Como si incluso los pasamanos estuvieran entrenados para no rechinar. Sigo el corredor hacia la parte trasera, guiada por la luz que se cuela a través de los ventanales. Al llegar al jardín trasero, un soplo de aire fresco me sacude. El sol apenas calienta la piedra clara bajo mis pies. Y ahí los veo. Dos hombres. Entrenando. El primero, de espalda ancha y cabello rubio, lanza un golpe seco al saco de boxeo. El segundo —idéntico— atrapa una mancuerna con una sola mano y la alza como si fuera de papel. Los músculos se tensan, la piel brilla bajo el sol, y el sudor les resbala por la espalda como aceite líquido. Me quedo inmóvil, con la manzana en la mano, apenas dándole una mordida. El del saco de boxeo… ya lo vi antes. En el comedor, cuando llegué. Silencioso. Vigilante. ¿Son gemelos? Miro una vez más. Sí. El mismo corte de mandíbula. El mismo tipo de cicatriz al borde de la ceja. Sus cuerpos son una obra de arte: tatuajes negros recorriéndoles los brazos como lenguas de sombra, músculo definido sin exagerar, solo pura eficiencia esculpida en carne. Sus movimientos son precisos. Demasiado. No son guardaespaldas comunes. Son armas humanas. Y, sin embargo… hay algo fascinante en cómo se mueven. El ritmo. La tensión. La fuerza contenida en cada estocada. Me acomodo bajo la sombra de un ciprés y continúo mordiendo la manzana. Muerdo. Mastico. Observo. Mi mente empieza a divagar… ¿Y si Salvatore también entrena así? ¿Y si lo hiciera sin camiseta? ¿Y si fuera él quien lanzara golpes con los músculos marcando cada línea, cada cicatriz de su cuerpo? Muerdo con más fuerza. La manzana cruje. Trago. Me siento ridícula. Y justo cuando voy a volver a entrar, una voz a mi lado me sobresalta. —Le preparé una banana bañada en chocolate, señorita Sofía. Caliente aún. Me giro de golpe. Bianca está ahí, con esa sonrisa descarada como si me hubiera pillado en pleno acto criminal. —¿Me la como aquí? —pregunto, alzando una ceja. —En la cocina. Está más cómodo y... menos público —dice señalando hacia el interior de la mansión. Camino con ella, sin decir nada. La sigo por un pasillo más angosto, uno que parece exclusivo del personal. Pasamos por una despensa enorme, cruzamos una puerta de madera gruesa y entramos en la cocina. La estancia es amplia, con azulejos blancos, estanterías repletas de frascos etiquetados con una caligrafía perfecta y una gran isla de mármol al centro. Todo huele a vainilla, a cacao derretido y… algo más que no sé identificar. Sobre la barra hay un pequeño plato blanco. Encima, una banana partida en dos, cubierta con chocolate oscuro derretido, espeso, brillante. —Cuidado, está caliente —dice Bianca, colocándome una servilleta al lado. Tomo la banana con cuidado. Apenas la acerco a mis labios y el calor se mezcla con el dulzor del chocolate. El sabor me invade la boca. Es... delicioso. —Dios… —susurro sin querer. Bianca sonríe, encantada consigo misma. —Se lo dije. —Voy a dejarla sola, señorita —dice mientras seca sus manos—. Si necesita algo… solo pulse el timbre junto a la puerta. Siempre hay alguien cerca. Asiento, sin saber qué responder. Bianca se despide con una leve inclinación y desaparece por la misma puerta por donde entramos. El chocolate pasa lento sobre mi lengua mientras lamo la punta de la banana con pereza distraída, casi con deleite. El sabor de la banana se mezcla con el del cacao de la cocina. Siento tanta calma… pero entonces, algo se quiebra en el ambiente. No es un sonido. Es una sensación. El aire cambia. Se vuelve más denso, más pesado, como si de pronto alguien hubiera bajado la temperatura… y encendido una alarma silenciosa al mismo tiempo. Me detengo. Siento la mirada antes de verla. Me recorre como una caricia fría y abrasadora, desde la base del cuello hasta la parte baja del vientre, tan precisa que casi juro que me está tocando con los ojos. Me doy la vuelta lentamente, aún con la banana en los labios. Y ahí está. Salvatore Morgan, apoyado en el marco de la puerta como si llevara siglos observándome. Sus ojos grises son puro acero líquido. El puño de su camisa negra está remangado hasta el antebrazo, revelando venas marcadas, firmes, la tensión en sus músculos, como si se estuviera conteniendo de… algo. Me congelo. La banana aún está a medio camino de mi boca, brillante con el chocolate que casi se derrite. Su mandíbula se tensa. Apenas. Pero lo noto. Da un paso. Luego otro. Y su voz —grave, afilada, más peligrosa que cualquier grito— rompe el silencio: —Dame eso, bebé. Eso te hace daño para los parásitos. Antes de que pueda siquiera parpadear, su mano se extiende y me arranca la banana de los dedos. El contacto es fugaz, pero brutal. Siento el calor de su piel en la mía, la fuerza de su decisión, el poder detrás de su cuerpo… y la posesividad en su gesto. Tira la banana al cesto sin mirarla. Como si fuera veneno. Yo me quedo ahí. Muda. Tiesa. Con la lengua aún húmeda de chocolate. Mis mejillas arden. Mi pecho sube y baja con una respiración que ya no puedo disimular. Y él… solo me observa. En silencio. Como si acabara de ver algo que no le pertenece… pero que piensa reclamar de todas formas. «¿Para mis parásitos… o para tu enorme polla Salvatore Morgan?» El pensamiento me sacude como un rayo y apenas logro mantenerme erguida. Él se gira. Se marcha sin decir nada más, como si no acabara de arrancarme el control con una sola orden. Y yo me quedo ahí. Sola. Humedecida. Mordiendo el interior de mi mejilla y deseando no haberlo imaginado. Pero no lo imaginé. Esa mirada lo dijo todo. Y aún me quema.
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