POV Sofía
Entro a la habitación con la garganta seca. Me tiro en la cama sin pensar mucho. El cuerpo todavía me arde. Las piernas, el pecho… la entrepierna. Toda yo vibra por dentro.
Miro el techo. Quiero dejar de pensar. Pero no puedo.
Paso una mano por mi estómago, luego más abajo. Aprieto los muslos. Me acomodo en la cama, boca arriba, las rodillas dobladas. Respiro hondo. Quiero soltar esta tensión de una vez.
Me muerdo el labio mientras bajo la mano. Lo hago despacio. Apenas rozo la tela de mi ropa interior y ya estoy temblando. Cierro los ojos. Me acaricio por encima. Mis dedos se deslizan con timidez, pero la humedad es evidente. Me doy cuenta de lo mal que estoy.
Empujo con más fuerza. Me toco con torpeza, con ansiedad. Mis dedos se mueven, y yo ya no estoy aquí. En mi cabeza, todo tiene su nombre. Su voz. Sus manos. Su boca. Siento que voy a explotar. Mis dedos torturan mi clítoris con intensidad, con agite. ¡En toda mi vida jamás me había masturbado y desde que llegué aquí lo he hecho dos veces! No me conozco, solo que tengo la boca impregnada de chocolate y tengo mi pequeño botón palpitante. A mi mente llega sus ojos grises, su mandíbula cuadrada y ese infierno que tiene en la piel. Mi dedo se mueve con más rapidez hasta…
Me muerdo los labios para no gemir, pero…
La puerta se abre.
Me congelo.
Lo veo ahí, en silencio. Apoyado contra el marco. Su mirada va directo a mi entrepierna. A mi mano.
No dice nada.
Camina hacia mí.
Me quita la mano con la suya. Firme. Seca.
—No hagas eso, bebé —Su voz es ronca y no se si está molesto o excitado.
No puedo mirarlo. Me cubro la cara con las manos. Me tiembla el pecho. Siento el corazón en la garganta. No sé qué hacer. Ni qué decir. ¡Qué vergüenza Dios mío!
Me aparta las manos de la cara y me cubre con la sábana, como si fuera una niña. Me aprieta la manta al cuello sin decir más. Se queda un segundo ahí, de pie, observándome y yo siento ganas de suicidarme.
—Arréglate —dice sin emoción—. Tenemos una fiesta esta noche.
Se da la vuelta y sale, cerrando la puerta con un clic seco como si nada. Cómo si no me hubiera visto masturbarme.
Me quedo con el rostro ardiendo, tratando de reparar lo que ocurrió y tratando de controlarme. No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando me doy cuenta, han pasado alrededor de una hora.
Respiro hondo.
Me levanto de la cama con las piernas flojas. Camino al clóset. Busco entre la ropa que traje algo que me sirva para aparentar que todo está bien. Elijo un vestido n***o ajustado. Corto. Con escote profundo. Deja ver el nacimiento de mis pechos sin necesidad de empujar nada. El tejido se amolda a mis caderas, marca mis nalgas. No necesito ni pensarlo: sé que se nota todo.
Me lo pongo con las manos temblorosas.
Me recojo el cabello en un moño alto, dejando el cuello al descubierto.
Labial rojo. Delineador n***o. Pocas joyas.
Me miro en el espejo. No parezco una niña. No parezco indefensa. Pero por dentro… sigo temblando.
Minutos después, bajo las escaleras con pasos lentos. Cada peldaño parece más largo que el anterior. El corazón me late fuerte, pero no por miedo. Por otra cosa. Por la expectativa de su reacción. Porque sé que me está esperando.
Lo veo abajo, de pie, junto a una consola de mármol. Mira su reloj, impaciente. Viste de n***o, elegante, impecable. Como siempre.
Cuando levanta la vista, me ve.
Se queda quieto.
No dice nada.
Su mirada baja por mi rostro, lenta, sin prisa. Recorre mi cuello expuesto. Se desliza por el escote que deja ver la forma redonda y firme de mis pechos. Pasa por mi cintura, mis caderas. Baja hasta mis piernas. Luego vuelve a subir, despacio, como si analizara cada centímetro que dejé al descubierto solo para él.
Traga saliva. Apenas. Casi imperceptible.
Pero yo lo veo.
Aprieta los dientes con fuerza, como si se estuviera mordiendo algo más que la lengua.
Sus manos bajan a sus bolsillos. Luego una de ellas se desliza al frente. Disimulada. Como quien acomoda el reloj, pero no. No es el reloj. Está tapando algo.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda.
No dice ni una palabra. Pero su cuerpo lo dice todo.
Ese maldito silencio suyo.
Esa forma de mirarme como si ya me hubiera desnudado cien veces.
Me detengo frente a él, fingiendo que no he visto nada. Que no lo he visto endurecerse por mi culpa. Que no lo estoy imaginando arrancándome este vestido a mitad del pasillo.
—¿Nos vamos? —Le pregunto con voz baja.
Él no responde. Solo se gira y empieza a caminar hacia la salida.
Yo lo sigo.
La cochera está sumida en sombras, apenas iluminada por las luces tenues que cuelgan del techo. Me ajusto el vestido mientras camino junto a Salvatore, el eco de mis tacones rebota contra el concreto. Ya está abierta la puerta del auto. El chófer nos espera.
Pero justo antes de subir, lo veo.
Uno de los hombres del entrenamiento. Mismo cuerpo. Mismo rostro. Mismo maldito porte de máquina de matar… pero hay algo distinto.
Una cortada en la ceja izquierda.
Parpadeo.
¿No estaba entrenando hace apenas un rato? ¿O…?
—¿Entonces son trillizos? —susurro sin darme cuenta.
Salvatore gira el rostro apenas.
—¿Qué dijiste?
—Nada —respondo rápido, pero la intriga ya me carcome por dentro.
Él abre la puerta del auto y me deja pasar primero. Me acomodo en el asiento trasero. Él entra después, se sienta a mi lado y cierra la puerta de un portazo suave, contenido.
El silencio dura poco.
—¿Por qué te tocabas hace un momento?
Me congelo.
Trago saliva.
—¿Qué?
Su mirada es directa. Penetrante. Ni una pizca de sutileza.
—No te hagas la tonta, Sofía. Sabes perfectamente que te estoy preguntando…
Me muerdo el labio.
—Eso hacemos las mujeres de mi edad, Salva… —respondo, con voz suave, fingiendo inocencia—. Nos tocamos.
Su mandíbula se tensa. Vuelve a apretar los dientes.
—No quiero que hagas esas cosas.
—¿Ah, no? —me giro hacia él, sintiendo cómo la provocación se me sube a la garganta—. ¿Y tú sí puedes follarte a tres mujeres al mismo tiempo? ¿Eso sí está permitido?
Él gira el rostro hacia mí. Sus ojos están encendidos. Rojos, casi. Como si le hubiera metido un cuchillo en el orgullo.
—Eres una niña, Sofía. No puedes pensar en follar con nadie.
—Al menos que…
—¡Oh, por Dios! —interrumpe de pronto, en un tono entre exasperado y alarmado—. ¿Ya has follado?
No respondo.
Solo sonrío.
Pícara. Lenta. Como si le estuviera revelando un secreto sin decir una sola palabra.
—Eres una bebé —gruñe. Y luego añade con veneno—: Si Damián no te cuidó bien… si permitió que cualquier pendejo te ensuciara…
Su voz se traba. El aire se vuelve más denso.
—¿Quién fue el que te hizo daño? —pregunta con los dientes apretados, como si estuviera conteniendo una explosión.
—Nadie me hizo daño, Salvatore Morgan. —Mi voz suena firme, cortante—. Eres un anciano paranoico.
Sus ojos arden. Pero antes de que pueda abrir la boca, el chófer interviene:
—Señor… señorita. Ya hemos llegado.
Salvatore mira hacia el frente, con el cuerpo tenso y el pecho agitado.
Yo solo sonrío.
…
El lugar parece sacado de una película sobre el inframundo.
Una mansión antigua, de arquitectura barroca, enclavada en medio de colinas oscuras. Las paredes están cubiertas de enredaderas perfectamente recortadas. Las puertas principales son dobles, talladas en madera maciza con incrustaciones doradas que reflejan la luz cálida de los candelabros colgantes.
Afuera, los autos son todos de lujo: negros, silenciosos, intimidantes.
Dentro, es aún más absurdo. Mármol n***o y rojo en el suelo, columnas labradas, vitrales que filtran la luz con tonos de sangre y vino. Música clásica suena a bajo volumen. Las mujeres caminan como diosas, envueltas en vestidos ceñidos, casi transparentes. Los hombres… todos armados con trajes caros, relojes que valen más que una casa y miradas que podrían matar con solo fruncir el ceño.
Pero cuando Salvatore entra, el aire cambia.
Literalmente.
Como si todo el mundo se reacomodara alrededor de su presencia.
Las conversaciones se suavizan. Las miradas se giran. Algunos hombres asienten con respeto; otros hacen una leve inclinación de cabeza. Las mujeres… lo observan como si fuera un dios griego encarnado. Poder. Oscuridad. Sexo. Eso es Salvatore Morgan en esta sala.
Yo voy a su lado. Como si nada.
Aunque por dentro… me quemo.
—Salvatore… —dice una voz profunda, con acento marcado—. El infierno siempre llega más elegante cuando lo traes tú.
Me giro.
Y lo veo.
Un hombre joven, probablemente en sus treinta. Piel bronceada, mandíbula afilada, ojos almendrados de un ámbar claro casi dorado. Barba perfectamente recortada, sonrisa peligrosa. Viste un traje tradicional árabe con bordados negros, y aún así, su presencia grita modernidad, magnetismo… amenaza.
Está rodeado de tres guardaespaldas. Todos armados. Todos letales.
—Aziel al-Rashid —responde Salvatore, con voz grave—. ¿Te estás volviendo poeta ahora?
Ambos se estrechan la mano, y aunque sonríen… es esa clase de saludo que parece más una medición de fuerza.
—Debo presentarte a alguien —añade Salvatore, y me toma por la cintura.
Mi cuerpo se tensa.
—Ella es Sofía Uribe… mi hermanita.
La palabra me corta como vidrio molido.
Hermanita.
Aziel me mira. Su sonrisa se ensancha apenas. Me recorre de arriba a abajo sin pudor alguno, deteniéndose un segundo más de la cuenta en mi escote. Sé que lo notó. Sé que lo disfrutó. Pero al mismo tiempo… lo respetó.
«¿Cómo no? Sí Salva lo mira como si estuviera advirtiendo algo.»
—Un placer conocerte, Sofía —dice con un tono que gotea interés disfrazado de cortesía.
—El placer es mío —respondo, apretando los labios.
Salvatore me conduce hacia una mesa reservada, alejada del resto. Tiene vista al jardín y está rodeada de cortinas de terciopelo oscuro. Privacidad total.
Nos sentamos.
Una camarera aparece de inmediato. Sirve vino tinto para mí. Whisky para él. No dice una palabra. Luego desaparece.
—Esta reunión es importante —dice él, mientras desenfunda un cigarro, aunque no lo enciende—. No quiero que hables. Solo escucha.
Asiento en silencio.
Mientras los otros jefes comienzan a acercarse —uno de los Balcanes, otro del cartel colombiano, un ruso que claramente no es Vladimir—, Salvatore se convierte en otra persona.
Formal. Preciso. Dominante.
Hablan de rutas. De productos. De acuerdos que sostienen economías enteras. Yo no entiendo todo… pero entiendo lo suficiente.
Sigo bebiendo el vino.
Me estoy muriendo de aburrimiento.
Entre los saludos de hombres con nombres imposibles de recordar, las conversaciones sobre cargamentos y rutas, y los silencios asesinos entre brindis, siento que me derrito de hastío dentro de este vestido ceñido.
Hasta que se acerca él.
—Mi hermano habla de negocios —dice el joven, con una sonrisa tan encantadora como peligrosa—. Pero yo prefiero bailar.
Sus ojos me miran con hambre, pero sin agresividad. Como quien quiere probar el vino más caro, no destrozar la copa.
Salvatore ni siquiera lo deja terminar.
—No —espeta.
Seco. Cortante.
—Yo quiero —interrumpo, levantándome sin pedir permiso—. Estoy aburrida. Quiero bailar.
Salvatore gira su rostro hacia mí. Su mandíbula se endurece. Sus ojos grises me atraviesan, pero no dice nada.
Camino hacia la pista con la cabeza en alto. El árabe me ofrece su mano y la tomo sin dudar. Su contacto es cálido, firme. Me guía con seguridad hacia el centro del salón, donde la música ha cambiado a algo más lento… más íntimo.
Comenzamos a movernos.
Su mano en mi cintura. Su otra mano sosteniendo la mía. Mis pechos rozan su torso a cada paso.
Y aunque sus ojos están en mí… yo puedo sentir la mirada de Salvatore como una daga en mi espalda.
Arde.
Quema.
Lo imagino apretando los dientes, los puños… o algo más.
Pero no me detengo.
Me dejo llevar por el ritmo, por la provocación. Mi cuerpo responde por sí solo, girando, bajando las caderas, presionando apenas con cada paso. Disfruto del poder que tengo. Aunque solo sea un juego… aunque solo sea para él.
Cuando la canción termina, el árabe me sostiene un segundo más de la cuenta.
—Tienes fuego en las caderas, hermanita del Diablo —susurra.
Sonrío con inocencia fingida.
—Y tú mucho ego para bailar tan poco.
Vuelvo a la mesa.
Los hombres ya están sentados, listos para la cena.
Salvatore no dice una sola palabra mientras me acomodo a su lado. Pero su ceja está tensa. Su respiración, casi imperceptible, sugiere control. Demasiado control.
Y entonces ocurre algo que lo descoloca a todos.
Uno de los guardias que vino con nosotros — el de la cicatriz en la ceja— se adelanta hacia el plato de Salvatore.
Agarra el cuchillo.
Corta un pedazo de la carne.
Y se lo lleva a la boca.
Lo mastica.
Lo traga.
Todos lo observan.
El árabe —el mayor— frunce el ceño. Su hermano, en cambio, sonríe como si entendiera.
—¿No confías en mi hospitalidad, Salvatore? —pregunta, suave.
Silencio.
Todos lo esperan.
Salvatore se recuesta levemente en la silla, su copa en la mano.
—No confío en nadie aquí —responde.
Las palabras caen como una bomba.
Nadie se atreve a reír. Ni a replicar. Ni a toser.
El árabe asiente, sin perder la sonrisa. Pero sus ojos brillan como cuchillas.
—Por eso eres quien eres.
Y la cena comienza.
Pero el veneno ya está servido.
La copa de vino está medio vacía.
El sabor afrutado me raspa la lengua, pero me niego a dejarla. El ambiente sigue tenso después de las palabras de Salvatore, pero los hombres vuelven poco a poco a sus conversaciones sobre rutas, cargamentos, acuerdos y amenazas disfrazadas de diplomacia.
Yo solo como.
La carne está jugosa, perfectamente cocida. Tierna. Acompañada de un puré cremoso y especiado, con alguna salsa que no sé identificar. Pero todo sabe mejor porque tengo hambre, y porque centrarme en la comida me ayuda a ignorar cómo me mira Salvatore desde el costado. No dice nada, pero lo sé. Sé que sigue ardiendo por dentro.
Corto otro pedazo de carne, lo mastico lento. Siento el sabor mezclarse con el del vino en mi boca.
La conversación a mi alrededor se disuelve como un murmullo lejano. No me interesa.
Yo solo mastico, trago, respiro.
Me sirvo más vino.
Cruzo las piernas con calma. Me recuesto en el respaldo de la silla como si todo estuviera bajo control.
Pero lo cierto es que siento su mirada clavada en mí como un cuchillo. Puedo casi escuchar lo que no está diciendo.
Cuando la cena termina, los hombres se despiden con palmadas en la espalda y reverencias contenidas. Uno por uno se alejan, hasta que quedamos nosotros.
Salvatore no me mira al principio.
Solo se pone de pie, y me hace un gesto con la cabeza para que lo siga.
Lo hago.
Salimos del salón, bajamos por las escaleras, y cruzamos hacia la cochera. El silencio entre nosotros pesa más que cualquier palabra.
Justo cuando vamos llegando al auto, veo al hombre de la cicatriz en la ceja. El que probó la comida.
Este nos abre la puerta y yo subo. En todo el camino Salva no habla, solo respira por la boca y trata de controlar el rojo vivo que se vuelve sus ojos.
«Sin ningún resultado»
Parece un volcán a punto de erupción.
El portazo del auto resuena con fuerza cuando me bajo.
No me inmuto.
Camino directo hacia la entrada de la mansión con pasos firmes, sintiendo todavía el leve temblor de las piernas después del vino… o de la tensión acumulada. Atrás, los pasos de Salvatore suenan pesados. Cortos. Cargados de rabia contenida.
Lo sé.
Sé que viene ardiendo.
—Te dije que no bailaras con ese tipo —espeta en cuanto cerramos la puerta detrás de nosotros.
No lo miro. No respondo. Sigo caminando por el pasillo principal hasta que él me alcanza, me sujeta del brazo y me obliga a girar.
Su mirada es un incendio.
—¿Estás sorda o simplemente te gusta desobedecerme?
—¿Desobedecerte? —repito, soltándome de un tirón—. No soy tu maldita propiedad, Salvatore. No eres mi dueño.
—Ese tipo era un maldito oportunista. Solo quería tocarte.
—¡Y lo logró! —le grito, con las mejillas encendidas—. Porque quise. Porque me aburrí escuchándolos hablar de cargamentos y rutas como si fuera un maldito cementerio de emociones.
Da un paso al frente. Me encierra entre su cuerpo y la pared.
—¿Sabes cuántos de esos hombres darían lo que fuera por tenerte? ¿Por dañarte, por usarte para llegar a mí?
—Entonces no me lleves, joder. Déjame en la casa encerrada como una muñeca de porcelana mientras tú juegas a ser el puto rey de la mafia.
—No entiendes nada —gruñe entre dientes.
—¡No! Tú no entiendes. No puedes venir ahora, después de años, a decidir sobre mi vida.
Lo empujo. Mi mano le golpea el pecho, pero él no se mueve ni un centímetro.
—Tú no puedes decidir con quién bailo. Ni con quién hablo. No puedes mandarme, Salvatore.
—¿No puedo? —su voz baja hasta convertirse en una amenaza velada—. ¿Tú sabes cuántas miradas tuve que contenerme de arrancarles los ojos esta noche?
—¿Y qué? —respondo, con los ojos brillando de furia—. ¿Eso te da derecho a controlarme? ¿A tratarme como si fuera tu posesión? ¡No soy una de tus putas del domingo!
El silencio que se forma entre los dos me deja sin aire.
Nos miramos.
Su mandíbula está tensa. Su respiración, desordenada.
Pero no dice nada más.
Yo tampoco.
Me doy media vuelta. Subo las escaleras.
Cada escalón que piso suena como un insulto.
Llego a mi habitación.
Cierro la puerta.
Echo el seguro.
Me recuesto en la cama, con el corazón martillando dentro del pecho.
Y por primera vez desde que estoy aquí, deseo que mañana no amanezca.
Porque no sé si estoy enojada con él… o conmigo misma por sentir todo esto que siento por él desde que tenía seis años.