Salvatore no parpadeaba. Sus ojos grises habían tomado ese brillo metálico, casi rojo, que lo volvía un depredador a punto de atacar. La mandíbula marcada, los dedos firmes sobre la culata del arma que descansaba bajo su chaqueta. El silencio era tan espeso que hasta el roce de la respiración de Sofía parecía un trueno. Todos los presentes estaban de pie, inclinados hacia adelante, como si el momento develara algo más que un rostro: la verdad detrás de un desafío que había puesto en jaque a todos los clanes allí reunidos. El enmascarado alzó las manos, lentas, teatrales, y aferró la máscara de diablo. Tiró de ella apenas un centímetro, dejando ver parte de la piel bajo la sombra. El aire se tensó, se podía cortar con un cuchillo. Sofía sostuvo a Morgana con fuerza, mientras acariciaba di

