Un exámen

2349 Words
Me despierto con la luz colándose por la ventana y el aroma del café rondando por toda la mansión. Me estiro despacio, sintiendo la piel tibia contra las sábanas aún húmedas por el calor de la noche. No quiero pensar en ese viejo gruñón. Ni en esos malditos ojos grises que parecen quemarlo todo con solo un vistazo, ni en sus demandas y mucho menos en sus palabra, “hermanita” “ o bebé” que me tiene harta. ¡Ni siquiera llevo su sangre! No soy absolutamente nada de él aunque me vea como su familia. Salvatore Morgan no es más que el cuñado de mi hermana por eso, no siento que estoy cometiendo un delito al sentir esto que siento por él desde que era una niña. Camino hacia el armario y abro las puertas y observo mi ropa. Me decido por algo simple, pero corto, una falda blanca holgada que apenas cubre mis nalgas y una camiseta blanca corta que apenas me cubre el ombligo. Sin sostén, (me siento asfixiada con ellos). Además, no es que mis enormes pechos ayuden algo. Me veo al espejo un segundo y sonrío de lado. No voy a negar que soy hermosa, mi cintura es pequeña, mucho más que la de Salomé a mi edad, mis nalgas redondas y carnosas, mis senos pronunciados, redondos y abultados. Los labios son carnosos, mis ojos de un marrón suave y mis pestañas largas y rizadas. Cuando era niña, quería verme como mi hermana, pero ahora, ahora que me veo en el espejo descubro una persona que aunque parecida es totalmente distinta y me gusta, me gusta descubrir que todos somos únicos aunque tengamos algunos patrones iguales. Suelto un suspiro largo y luego bajo las escaleras descalza, el mármol está frío, pero me da un escalofrío agradable. El comedor está vacío, así que me dirijo directo a la cocina. Bianca, como siempre, ya está ahí, cortando frutas y tarareando una canción. Le doy los buenos días y luego me sirvo una taza de café. Me siento en la barra, llevándome un trozo de pan a la boca. Apenas doy el primer mordisco, la puerta se abre sin aviso y entra un hombre. Alto. Pelirrojo. Sin camisa. Se le marca todo. Tatuajes tribales recorren sus hombros, su pecho y bajan por su abdomen hasta desaparecer bajo unos pantalones de mezclilla bajos. Está sudado, pero no huele mal, huele a entrenamiento, a testosterona pura. Mis ojos se le van como si no tuviera pudor. Él lo nota, claro que lo nota. —Buongiorno, bella —dice con voz ronca y sonrisa de demonio—. ¿Eres la famosa Sofía? Trago saliva. Y café. Mal movimiento. Casi me ahogo joder. —Sí —respondo entre tosidos, mientras él abre la nevera y toma un jugo directamente del envase—. ¿Y tú? —Giancarlo —responde sin mirarme—. El cuarto. —¿El cuarto qué? —pregunto, confundida. Él sonríe. Me lanza una mirada por encima del hombro y dice: —El cuarto cuatrillizo, amore. ¿No te han hablado de nosotros? Se va sin más, bebiendo su jugo. Descarado. Tentador. Yo me quedo ahí, con la boca entreabierta, el café olvidado y el corazón en alguna parte que no debería. —¡Ah! —exclama Bianca después de espabilar, (al parecer el pelirrojo la dejó sin aliento igual que a mi)—. Son los cuatrillizos Moretti. —¿Cuatrillizos? —repito en voz baja. No puede ser. Entonces… ¿eran cuatro los del jardín? —Sí —responde ella, entretenida—. Son todos muy guapos, aunque diferentes. El mayor es Massimo. Serio, reservado, letal. Es la mano derecha del señor Salvatore. El segundo es Luca, más bromista, un seductor empedernido. El tercero, Francesco, callado, pero peligroso. Y el cuarto, el pelirrojo, es Giancarlo, el más travieso. No sé cuál es más hermoso, pero todos tienen algo que enciende a cualquier mujer. Toso de nuevo. Siento mi rostro palidecer. ¿Cinco hombres hermosos en esta mansión? —Vivir aquí debe ser difícil… —balbuceo. —Difícil es poco —suelta Bianca, carcajeándose—. Aunque no sé quién es más hermoso… si ellos o el señor Salvatore. ¿Tú qué crees, Sofía? Abro la boca para responder y entonces lo escucho. —Sí, Sofía… ¿tú qué crees? —La voz de Salvatore me taladra los oídos. Mi cuerpo se tensa de golpe, mis piernas flaquean y por un momento me quedo muda. Lentamente me doy vuelta y ahí está. Salvatore Morgan. De pie, detrás de mí, con los brazos cruzados y la mirada fija. Ni una expresión. Solo sus ojos, oscuros, intensos… clavados en los míos. Bianca sale rápido de la cocina dejándome sola con el diablo y yo apenas puedo respirar. —Vamos, Sofía… —repite Salvatore con voz baja, controlada—. ¿Quién es más guapo, ellos o yo? No me muevo. Ni siquiera parpadeo. El café se enfría en la barra, y mi cuerpo parece clavado al taburete como si se hubiera convertido en piedra. Siento el calor treparme por el cuello, por las mejillas, por las piernas que ahora cruzo con torpeza. Trago saliva. —Depende —respondo, fingiendo valentía—. ¿De qué estás preguntando exactamente? Él avanza. Despacio. Sin hacer ruido. Como si su mera presencia desplazara el aire en la habitación. —No me hagas repetirlo, bebé. —Suelta sin más. Mi respiración se vuelve irregular. Errática. —Ellos… —empiezo, sin mirarlo directamente—. Ellos son guapos. Muy guapos. Se detiene junto a mí. Tan cerca que puedo oler su aroma. Menta. Humo. Cuero. Salvatore. Siento cómo me invade solo con estar de pie a mi lado. —¿Y yo? Pensé que te parecía guapo. De niña siempre me decías que era tu príncipe azul. ¿Ya no lo soy? —la pregunta me hace doler el estómago. Levanto la vista lentamente. Ese rostro afilado, masculino, salvaje. Sus ojos que me recuerdan tanto a su padre pero un poco más claros y a la vez cargados de más demonios. —Eso era cuando era una niña inocente y creía que la bestia era un príncipe, pero no es así, Salva, tu eres un auténtico diablo —le dejo saber y su sonrisa se estira suavemente. Su mirada me recorre con lentitud. Sus ojos se vuelven rojos de repente como si luchara con algo internamente. —Sigues siendo mi niña y para mí sigues siendo inocente Sofía —me dice aunque no se si se lo dice a él mismo. Intento responderle, refutarle, pero las palabras se quedan atoradas en mi garganta. Salvatore se inclina y yo me congelo. Su boca se acerca a mi oído, sin tocarme, sin atreverse a cruzar la línea… —No deberías pasearte así por la casa —murmura encendido—. Esa falda no es adecuada para una señorita y menos … cuando vives con cinco hombres aquí. —Pensé que vivía con uno —respondo, con voz ronca—. El más peligroso de todos. Se endereza de golpe y luego da media vuelta, caminando hacia la puerta como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de incendiarme sin siquiera tocarme. Antes de salir, lanza una última frase sin voltearse. —Necesito verte en mi despacho. Y se va. Yo me quedo ahí. Respirando como si hubiera corrido kilómetros. Con las manos temblando, con el café ya frío, con el estómago vacío y la cabeza llena de él. Maldito Salvatore Morgan. No sé si quiero matarlo… …o dejar que me devore. … Minutos después, llamo a la puerta de su despacho ,cuando escuché su voz grave decir “adelante” Entro. Él está de pie, con las manos en los bolsillos, como si estuviera esperando algo más que solo a mí. —¿Estás desocupado? —Sí, tesoro. —Su tono es suave, pero firme—. Necesito que retomes tus estudios. Vas a empezar economía, online. Pero antes, tienes que presentar esta prueba. Asiento de inmediato. —Está bien —respondo, mirándolo directo a los ojos. Él asiente con un leve movimiento de cabeza y se da la vuelta para abrir su laptop sobre el escritorio. La pantalla ya está encendida. Todo preparado. Pero él da un paso atrás como si fuera a dejarme sola. Yo me acerco. —¿Te puedes quedar conmigo? Él se detiene. Me mira. —Es que quiero que me ayudes… Mi voz suena más dulce de lo que debería. Casi infantil. Lo veo dudar por un segundo. Luego asiente con calma. —Claro, bebé. Se sienta en la silla de cuero. Espalda recta. Muslos separados. Me acerco. Muy despacio. Tomo la laptop con cuidado, pero no para colocarla sobre el escritorio. No. Me doy la vuelta y, con total lentitud, me acomodo sobre sus piernas. Mi falda se sube un poco al hacerlo, pero no la bajo. Él no dice nada. Yo tampoco. Solo me acomodo, cruzando las piernas con elegancia, mientras coloco la laptop sobre mis muslos. Puedo sentirlo. Su cuerpo, rígido. Su respiración, contenida. Mi espalda se recuesta levemente contra su pecho, lo suficiente como para sentir su calor, su firmeza, su presencia. La de un hombre que no quiere tocar, pero que lo hace con la mirada, con el aliento, con la tensión brutal que se forma entre los dos. Comienzo a marcar respuestas en la pantalla. Lento. Deliberado. Una mano mía sostiene el mouse. La otra juega con el borde de la falda. No por distracción. Es puro cálculo. Siento su mirada en mi cuello. Su nariz cerca de mi oreja. No habla. Pero está ahí, y lo sé. Cada vez que me muevo un poco, aunque sea para cambiar de posición, rozo su entrepierna. Y es imposible no notarlo. Su erección empieza a crecer. Palpitante. Dura. Debajo de mí. Contengo una sonrisa. La sangre me arde. Siento la piel erizarse por completo. Los pezones se endurecen, apretados bajo mi blusa ligera. Y entre mis piernas… Siento mis jugos salir de mi cuerpo. Me muerdo el labio inferior. Mis muslos se aprietan por reflejo. El cosquilleo en mi vientre es como una descarga eléctrica que no se detiene. Él se tensa bajo mí. Sus manos se aferran a los reposabrazos de la silla. Los nudillos blancos. Como si necesitara agarrarse de algo para no ceder. Mi respiración se vuelve más densa. La de él, errática. Puedo sentirla, ahí, sobre mi piel. Marco otra casilla. Y me acomodo, otra vez. Despacito. Justo sobre él. Y lo escucho gruñir muy bajito. Como un lobo con el hocico cerrado, pero los colmillos a punto de asomarse. Cierro los ojos un segundo. El aroma de su perfume mezclado con su sudor es embriagante. Cálido, oscuro, masculino. Lo quiero. Lo deseo. Y lo sé. Entonces, de pronto, él se pone de pie. De golpe. Yo casi pierdo el equilibrio, pero él me sostiene por la cintura con una sola mano. No me mira. No me habla. Solo aprieta los dientes. Su mandíbula marcada, tensa. Se acomoda el pantalón con discreción. La erección es evidente. —Tengo algo importante que hacer, tesoro —dice en voz baja, ronca. Casi rota. Me deja un beso en la frente. —Termina el examen. Y sin decir nada más, se va. Me deja sola, con la laptop en el regazo, con el cuerpo hirviendo, y el corazón latiendo como si hubiera corrido una maratón. Apoyo los dedos sobre el teclado, pero no puedo seguir. Cierro la laptop. Mis dedos tiemblan. No por el examen. Por él. La habitación está vacía y el aire huele a cuero. Siento la humedad pegada entre mis piernas, tibia y persistente, como si mi cuerpo estuviera pidiéndolo a gritos y no me diera tregua. Me levanto. No puedo quedarme aquí. Camino directo por el pasillo. Y entonces, sin pensarlo dos veces, abro la puerta de su habitación. Huele a él. A peligro. A poder. A perfume caro y a noches que no se dicen. La camisa negra que dejó sobre el respaldo de la silla parece mirarme. Lenta. Silenciosa. Como si supiera que he venido por ella. La tomo entre las manos. La acerco al rostro. Y la huelo. Joder. Me tiembla el pecho. Siento un escalofrío recorrerme la columna. La camisa todavía conserva su calor, su piel, su esencia. La desabrocho con cuidado, uno a uno, como si me estuviera desnudando a mí misma. Me la pongo. No llevo sostén. El roce de la tela contra mis pezones ya duros me arranca un suspiro. Camino hacia su cama. Me tiro sobre las sábanas. Extiendo los brazos. Inhalo. No quiero pensar. Solo quiero sentir. Me recuesto de lado, subo una pierna sobre la otra. Aprieto los muslos. Mi mano baja con lentitud por mi abdomen. Cierro los ojos. Lo imagino. Encima de mí. Mirándome como lo hizo en el despacho. Sin tocarme, pero quemándome viva. Mi otra mano sube hasta mi pecho, aprieta con necesidad. Mi respiración se vuelve errática. Mi cuerpo tiembla. Mis dedos bajan más. Rozan la tela empapada de mi ropa interior. El calor me abrasa. Siento mis jugos salir de mi cuerpo, resbalando sin control. Estoy tan mojada que el roce es inmediato, eléctrico. Abro más las piernas. El botón de la camisa se abre un poco con el movimiento. Su olor, su sabor, su maldito poder… todo se mezcla en mi mente. Empiezo a mover los dedos en círculos. Lento. Después más rápido. Mi cadera se eleva. Mi espalda se arquea. Y en mi mente… Es él. Su voz. Su aliento en mi cuello. Su erección palpitando debajo de mí. Sus dedos grandes tomando mi cintura. Gimo su nombre bajito. Una vez. Dos veces. Y cuando el orgasmo me rompe en dos, cuando todo mi cuerpo se sacude con fuerza, cuando el calor me sube hasta la garganta… no pienso en nada más. Solo en que ese hombre… el que dice que soy su “hermanita”… va a ser mío. Y ya no hay forma de evitarlo.
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