Capítulo 4

1615 Words
―Selena, ya veo que es difícil, pero si le interesas a esa persona y te ama se adaptará a tu vida. ―No lo sé, me imagino que sí, pero no me ha tocado comprobarlo. ―Sí, claro, pero ya llegará ese hombre que se muera por ti y quiera estar a tu lado a pesar de los turnos. Selena lo miró y sonrió. ―Puede ser, por ahora no lo busco ni lo necesito, estoy bien como estoy. ―Sí, pero en algún momento sucederá eso, Selena, además tú eres muy joven. ―Tengo treinta años, Robert. ―Joven, muy joven aún, tienes toda una vida por delante. ―Sí, lo sé, por eso nada me apura, soy feliz con lo que hago, siempre quise ser médico, desde que era una niña, cuando jugaba con mis amigas, ellas eran las mamás y yo quien curaba a sus muñecas. Selena soltó una risa bajita. Robert también sonrió. ―Te imagino de niña jugando con muñecas ―exclamó Robert―, pero siendo la doctora. Selena volvió a reír. ―En las navidades pedía juegos de doctoras y así examinaba a las muñecas de mis amigas ―contó Selena, riendo―, era muy entretenido. ―Y cumpliste tu sueño, Selena. ―Sí, amo lo que hago, soy feliz. ―Es bueno hacer lo que uno quiere, trabajar en lo que amas. ―¿Tú eres feliz siendo el CEO de la empresa? ―Más que ser feliz por ser el CEO, soy feliz porque me gusta todo lo que tiene que ver con la minería, y eso es lo que hago y sí, soy feliz con mi trabajo. ―Qué bueno, debe ser muy aburrido o frustrante trabajar en algo que no te gusta, ¿verdad? ―Yo creo que sí, estar toda tu vida haciendo algo que no te gusta debe ser frustrante, sí. ―Tú dijiste que no tienes compromiso… ―No, no lo tengo, amo mi libertad. ―Eres un alma libre. ―Así es, no me gusta estar amarrado a nada, si me gusta lo hago, si no, adiós. ―Así de tajante. ―Es que en la vida uno tiene que hacer o vivir lo que le gusta, no otra cosa. ―Y tú no quieres perder tu libertad. ―No, no quiero, no sé si sería una buena pareja, establecerme con algo tan importante como tener algo serio con alguien, no sé si sería capaz. ―Tal vez no has encontrado a la persona ideal para ti. ―No sé si existe la persona ideal, no creo en eso, debe ser un complemento de ti, pero ideal… no, no creo que exista. ―Sí, puede que tengas razón. ―Nunca he tenido nada serio con nadie, Selena. ―Y no te gustaría… ―No lo sé, por ahora creo que no, me gusta disfrutar la vida, ir los fines de semana con mis amigos a surfear, salir alguna noche con ellos a tomarnos un trago y volver a la casa a la hora que yo quiera sin tener que darle cuentas a nadie… amo mi libertad, Selena. ―Sí, claro, te entiendo. Selena miraba a Robert. Un hombre tan atractivo como él y tan varonil… podía tener a la mujer que quisiera a su lado sin tener que comprometerse, seguramente si una se iba, habría veinte esperando por él. Ya se había hecho una idea de cómo era él… ―¿En qué piensas, Selena? ―En nada, solo escuchaba lo que me decías. ―¿Te decepcioné? ―No, no, por supuesto que no, cada uno puede vivir su vida como quiera y nadie puede juzgarte por eso; no hay nada mejor que la libertad, Robert. ―Tengo razón, ¿viste? ―Sí, claro, no tener que rendirle cuenta a nadie de tus actos… es lo mejor de la vida. ―Así es, es lo que pienso. Selena encendió otro cigarrillo y sonrió con amargura. Ella no quiso quitarle a él la libertad que tanto amaba. ¿Cuándo Robert conoció a Susana no quiso más su libertad? Seguramente debió ser así; ella llegó a cambiar su vida por completo y él había apostado por ella y no por su libertad. Selena volvió a llorar. Ella no había logrado eso; Robert no dejó su libertad por ella, no, ella había sido solo una más que lo amaba, una de tantas… ¿Qué habría pasado si ella le hubiese contado la verdad? Alice no la llamaba, seguramente no había ningún cambio en el estado de Robert; podían pasar muchos días hasta que él despertara. Si Robert despertaba y la reconocía, ella jamás le diría nada, nunca… Nunca podría haber un reencuentro entre ellos, él tenía un compromiso y así como se lo dijo ese día, que no sabía si sería una buena pareja, debió darse cuenta de que con Susana sí podía serlo, por eso se casó con ella, por eso comprometió su vida con ella y dejó su libertad por estar a su lado… debía amarla mucho y eso le dolía en el alma. ¡Cuánto lo amaba aún! Y ahora, al verlo otra vez, sabía que nunca lo había sacado de su corazón, el amor que sentía por Robert estaba intacto en su vida, en sus sentidos, en todo su ser. Cuánto daría ella por estar en turno esa noche y al día siguiente y al otro… podría estar a su lado y cuidarlo, aunque solo fuera como médico. Selena llamó a Alice. ―Doctora, el señor Ivanek todavía no despierta, sigue igual, el doctor Freeman lo ha estado chequeando cada hora y nada, no hay cambios. ―Claro si han pasado solo un par de horas sería muy difícil ver algún cambio ahora, habrá que esperar por lo menos hasta mañana, pero le pido que esté al pendiente y me avise lo que sea a cualquier hora, hoy o mañana, por favor, Alice. ―Sí, doctora, cualquier cambio por más mínimo que sea se lo haré saber. ―Gracias, Alice. ¿Llegó la familia del señor Ivanek? ―No, doctora, nadie, solo está aquí su esposa. ―Está bien, gracias, Alice. ―Por nada, doctora. ―Estamos al habla. ―Sí, doctora. Nada aún, Selena sabía que era muy pronto, pero igual necesitaba saber. Encendió el último cigarrillo y luego se fue a la cama. Pasó antes por el cuarto de Evans y este dormía plácidamente. Le dio un beso en la frente, era él quién la ayudaba a seguir adelante. Selena al día siguiente se levantó temprano y salió con un café y un cigarrillo a la terraza. El sol alumbraba desde temprano, aunque a esa hora aún el ambiente estaba fresco. Félix llegaría por ella y por Evans a las once, todavía le quedaban tres horas y media para eso. Llamó a Marcela. ―Hola, Marce, necesito pedirte un favor muy grande. ―Claro, amiga, dime. ―Necesito ir al hospital, es entrar y salir, no me demoro nada, por favor. ―Está bien, voy a quedarme con Evans, Jorge se quedará con Marisela, tú sabes que él es quien se preocupa de su desayuno, no hay problema, aunque aún duerme. ―Evans también está durmiendo. Máximo será una hora, Marce, no más que eso. ―Voy para allá, Selena. ―Gracias, Marcela. En cinco minutos Marcela estaba con Selena. ―Selena… ¿vas a ver al hombre del accidente? ―Robert, Marcela, él es Robert. ―¿Robert? ¿Tu enamorado misterioso? ―Él mismo. ―No lo puedo creer. ―Yo tampoco lo creía cuando lo vi, Marce. ―Ve, Selena, ve a verlo, pero luego me cuentas, nunca has querido hablar de eso. ―En la noche te lo contaré junto a un café bien cargado y un cigarrillo, amiga, estoy ahogada y necesito hablar contigo y contarte lo que pasó. ―Yo estoy dispuesta a escucharte, amiga, ahora ve para que estés tranquila. ―No sé si el verlo me hará sentir más tranquila, Marcela, pero necesito hacerlo. ―Haz lo que tengas que hacer, Selena, lo que te dicte tu corazón. Selena sonrió, tomó su cartera y salió. Cuando llegó al hospital, ya no estaba Gonzalo, ya había llegado el turno de día. ―Doctora ―habló Ana, la tens que estaba de turno ese día―, ¿cómo está? ―Bien, Ana, espero que tengan un buen turno, ¿ha sabido del paciente del accidente de anoche? ―Está igual, doctora. ―Voy a pasar a verlo. ―Sí, doctora, hace unos minutos salió el doctor Villalobos, pero dice que no hay cambio alguno. ―Bien, iré a verlo y luego hablaré con el doctor. ―Sí, doctora, vaya tranquila. ―Ana… ¿la esposa? Anoche llegó ella acá. ―No lo sé, doctora, cuando yo llegué no había nadie. ―Bien, gracias. ―Por nada, Doctora. Selena caminó con lentitud por el pasillo. Sentía en su estómago un ovillo de emociones y sentimientos y también ansiedad… Entró a la habitación y vio a Robert dormido, conectado a los monitores, con suero y… sintió angustia. Se acercó a paso lento a la cama y luego de dudarlo un momento, tomo su mano. El solo hecho de sentir la mano de Robert en la suya le produjo un cosquilleo en el estómago y en el corazón… deseos de decirle que nunca lo olvidó. Con sus dedos acarició la mano de Robert y ella sintió un cierto temblor en él. Sintió y vio como los dedos de él, en un movimiento casi imperceptible, trataron de aferrarse a su mano. Selena quedó helada. ¿Sería que estaba respondiendo al tratamiento?
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