A la mañana siguiente, el desayuno llegó y se fue sin rastro de Stefan. A media mañana, incluso Anton, que creía entender por qué Stefan necesitaba tiempo a solas, se estaba poniendo nervioso. Maud era incapaz de tranquilizar a nadie de la familia sin delatar lo que había hecho y, a fin de cuentas, pensaba que eso sería contraproducente. Finalmente, una hora antes del mediodía, Stefan subió la ventanilla y gritó a Javier, que estaba cruzando el patio trasero. —Haz subir a mamá y a papá, ¿quieres? Javier entró en la posada con una gran sonrisa en la cara. —¡Mamá, papá, rápido! Suban ahora mismo. Quiere verlos. Sin pensar en pararse en su orgullo ni en objetar que les dieran órdenes, Vera e Iván se limpiaron las manos en sus respectivos delantales y subieron corriendo las escaleras. Stefa

