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Desde que Anicasia cuajó adecuadamente su primer embarazo, no había parado de tener un muchacho pegado a la teta. Por ello, cuando nació el tercer chiquillo, en su caso, la segunda hembra, es decir, Luisa María; tomó un respiro y se demoró un año completo para quedar encinta por cuarta vez. Fue así como en abril de 1.927 nació Juan Bautista. En julio de 1.929 lo hizo Mercedes María. Continuaron a ese ritmo ni tan rápido ni tan despacio y en febrero de 1.931 fue el turno de Rubén Antonio. El 30 de julio de 1.933 llegó al mundo Zenón de Jesús. Fue muy particular como entre Dimas y Anicasia les colocaron remoquetes a los varones, exceptuando a Zenón de Jesús. Ramón Antonio fue nombrado Toto, Juan Bautista, Tista y a Rubén Antonio siempre le dijeron Pencho. Desde que tuvo razón, Zenón de Jesús constantemente se preguntaba porque a él no le colocaron mote alguno. Era de suponer que con su sólo nombre bastó y sobró, diría en un futuro muy lejano uno de sus hijos que heredaría el nombre y que ni de broma (aunque decía estar muy orgulloso de llevar el nombre de su padre) lo pondría a ninguno de sus hijos.           Cuando Toto tenía doce años y se puso por primera vez en la vida un pantalón largo, ya se sentía hombre, es decir, adulto. Realmente no tenía doce, apenas tenía 11 que había cumplido recién hacía unos pocos meses; pero ya había entrado el año 1.935 y a pesar de que faltaba mucho para la llegada del mes de noviembre, ya el muchacho se empecinaba en decir que tenía los doce años cumplidos. Pocos llevaban la cuenta de la edad de nadie. Quiso de tal forma, trabajar y ganarse sus monedas. Le gustaba una muchacha y quería convidarla algún día. A esas alturas, las propiedades de Dimas eran de las más grandes y prósperas de la región. Además de explotar la ganadería de ambos propósitos en toda su expresión, resaltó a su vez, la agricultura como su fuerte. Eranasí cubiertas grandes extensiones de café, cacao y caña de azúcar. Existían en su propiedad dos de los trapiches más famosos dela comarca. El sonido característico de aquellas rudimentarias fábricas, ya era harto conocido. Generaba el latifundista, muchos empleos en la zona. La gente se peleaba, literalmente, por trabajar para él. Además de generar empleos, el hábil caballerosostenía que tratando bien a los peones, estos trabajaban más y ese rendimiento le favorecía como a nadie en el mundo. Toto quería trabajar. Aunque las sinhuesos malintencionadas siempre habían rumorado que el hacendado había tenido varios hijos regados a los que nunca atendió (lo que el hacendado jamás llegó a negar las muy pocas veces que Anicasia le tocaba el tema), éste trataba a sus hijos legítimos con la mayor de las dedicaciones y el mayor de los afectos. Pero era con Toto, el más grandecito, con quien se la pasaba para arriba y para abajo, tal vez porqué Tista y Pencho aún estaban chiquitos y Zenón era un bebécuando ya el mayor de ellos, vestía por vez primera un pantalón para hombres y se colocaba sus inaugurales zapatos en lugar de las bien consabidas alpargatas.           Debido a la inusual petición que le hiciera Toto, Dimas acudió donde Próspero, a quien desde hacía unos cuantos años había nombrado capataz; para que enseñara al pequeño todo cuanto él quisiera, toda vez que lo mantuviera ocupado y a cambio de su trabajo, le pagara unas cuantas monedas los sábados. No era una petición fuera de rango la que le hiciere el patrón a su empleado. Hubiese podido darle una orden y ofrecerle él mismo la paga a su hijo, al fin y al cabo, de su propio bolsillo salía el dinero; pero quiso que el muchacho sintiera que trabajaba para alguien que no fuera su padre, porque de ser así no lo consideraría un empleo. Además, uno de los principales motivos, además de poder tener dinero en el bolsillo de su pantalón largo el domingo para convidar a la chiquillaa la gallera, era precisamente que ella lo mirase trabajando como los hombres. La chiquilla en cuestión, era la hija de uno de los peones y merodeaba siempre por aquellos parajes, supuestamente recolectando flores silvestres y atrapando mariposas. Ramón Antonio siempre creyó que a ella le pasaba lo mismo que a él. Definitivamente aquellos mocosos se gustaban y ambos así lo demostrabancon grandes gestos, a pesar de que nunca se decían nada. Esperaba el chico tener las monedas en su poder para de esa manera, acercarse de una vez por todas yexpresarle su parlamento, el mismo que cada noche ensayaba en la intimidad de su hamaca, hasta bien entrada la madrugada que era cuando lo vencía el sueño.           Próspero sin dudarlo siquiera se llevó el lunes bien temprano a Toto y desde ese mismo instante, le entregó un machete tres canales y una varilla y lo puso a cortar tareas. El primer día el chico se entregó al trabajo de manera infatigable, como todo buen principiante. Ese día llegó a la casa con las manos destrozadas por las vejigas que le produjo el contacto con la cacha de la herramienta. No quiso comer y se acostó en su hamaca apenas llegó. Se quedó dormido del cansancio apenas cerró los ojos. Contrario a lo que pensaron su padre y su madre, a la mañana siguiente fue el primero que se paró y cuando la negra Efigenia llegó a preparar el desayuno con la modorra aún pegada a ella como un clavel, ya Toto estaba dispuesto para la faena a pesar de que aún faltaba un par de horas para iniciar la misma.Lejos estaban de imaginarseque una nube gris, para mejor decir, negra; se cernía sobre toda la familia. Dice un adagio popular que lo que llega sin mucho esfuerzo, se va de igual manera. Podría en parte, ese dicho muy sonado, aplicarse a lo que viviría la familia. Para nadie era un secreto que el viejo Carlos había dado una bien nutrida dote a la pareja de recién casados; pero también era un secreto mal ocultado, que la extensión que tenía dicha propiedad en 1.935 cuando ocurrió aquello, era diez veces mayor que la original y las posesiones eran exageradamente cuantiosas. Pudo Dimas, darle educación a sus hijos en lugar de la b********d que se heredaba con el sólo hecho de conformarse, en el mejor de los casos, con aprender a leer y a escribir. Cabría en todo caso la siguiente pregunta: ¿Era acaso necesario que Toto trabajase para sentirse que ya era un hombre? Posiblemente en nuestra época moderna todos diríamos que por supuesto que no; pero en la era de la barbarie, la b********d sin control prevalecía por sobre toda lógica. Cada quien cosecha se lo que siembra. Lo cierto del caso resultaba en que el año en que el diablo se llevó al dictador, la situación económica, política y social del país no podía ser peor. Podría asegurarse sin temor a equivocación alguna, que el tirano gobernó más allá de su muerte y no precisamente de manera sobrenatural desde el mismo infierno. No, se extendió su nefasto poderío en quien fue su principal colaborador, que se quedó con el coroto y, aunque hizo ciertas modificaciones, siempre mantuvo al país en jaque. Se restablecieron pocas libertades, pero la principal, la de discernimiento, quedaba prendida en cada mente, en cada corazón, en cada raciocinio, y tendrían que transcurrir muchas luchas ideológicas para que la población desterrara de su mente, la tiranía de aquel avasallador personaje. Quien pisoteaba quería seguir pisoteando y a quien pisoteaban como que necesitaban que lo siguieran mancillando. De nada sirve, en muchas ocasiones, que cambie el universo entero si quien debe cambiar para bien, por supuesto; debemos ser nosotros como personas. Bien lo dijo alguien un día que amaneció tal vez contento, que cambiando el hombre en sus ideas y en sus procederes, se podría llegar a cambiar al mundo. Siendo el primero de los hijos de un hombre poderoso, Toto siempre había sido el consentido por sus padres y por quienes lo habían rodeado prácticamente desde que nació, incluido sus abuelos paternos. Aún con el advenimiento de sus hermanos, siempre fue él, quien andaba para arriba y para abajo con el hacendado. Comía todo cuanto se le antojase desde que fue destetado a la fuerza. La leche materna tenía ya una nueva boca donde ser vertida. De hecho, durante los dos primeros meses de vida de María Elisa, ambos mamaban a la vez. Luego, aunque había comenzado a comer la dieta familiar desde una edad muy prematura, tomaba leche de las vacas directamente de las ubres, comía con la peonada ya que cada cual le daba un poquito de lo suyo. Cuando tenía ocho años era tan regordete que parecía que en lugar de correr pudiese rodar como una pelota. Y, a pesar de que andaba a lomo de bestia constantemente bajo el sol y ante las asperezas del trabajo del campo, nunca había tomado en sus manos, otras cosas que no fuesen comida y las amarras del animal que lo llevaba a cuestas. Por eso cuando Próspero, a quien fue entregado por su padre como un pupilo, lo puso a “jalar tareas” desde el primer día en que supuestamente comenzó a faenar, sus manos se deterioraron de tal manera que esa primera noche no pudo dormir bien de tanto dolor. Aun así, y a pesar de su corta edad, nada amainó en él y la meta propuesta fue siempre su norte y por ese sagrado camino, siempre enrumbaría sus pasos.           Esa mañana llegó a su faena con un trozo de tela adherida a sus manos a manera de guantes, como una forma muy sabia de protegerse las mismas del duro roce con el machete mientras llevaba a cabo su dura tarea. El “maestro” no le dejaba ni tomar agua siquiera. Le comenzó a exigir más de lo que a su edad, con su inexperiencia y con sus fuerzas endebles podía dar; más, el muchacho resistía estoicamente los embates de aquel abuso sin parangón. A pesar de tener protegidas sus manos, estaban tan desguazadas por la labor exagerada del día anterior, que casi no podía moverlas. Aun así, no pudiendo empuñar el filoso instrumento de labriego, arrancaba con aquellas manos heridas, el grueso monte que crecía impávido y testarudo en medio de la tierra bendita. El muchacho tenía mucho denuedo y no se quejaba por nada. Deducía que era ese el coste de dejar de ser un niño. No en vano alguien deja de usar pantaloncillos cortos para pasar a vestir como los grandes.  Los dos primeros días no pudo conciliar un sueño reparador a pesar que de pura extenuación, se quedaba dormido inmediatamente al acostarse en su hamaca tan pronto llegaba a casa que era más o menos a las siete de la noche.           Tan pronto se quedaba dormido, en la oscuridad de la noche, sus manos colmadas de un intenso dolor le secuestraban de su descanso merecido y lo transportaban, no obstante querer mitigar la aguda sensación con la inmovilidad de sus extremidades, hacia un desvelo infernal que hacían que la llegada del alba se tornara una eternidad. Quería buscar consuelo en algún bebedizo que la mucama preparara para él. Pero al sentir el deseo irrefrenable de convidar a la joven que le gustaba, subyugaba sus malestares y de esa manera, soportaba lo que tuviese que soportar; como los machos. Se repetía insistentemente lo mismo como pretexto para sobrellevar aquellas dolencias. Pero la desesperación por el dolor, el hambre y la sed que sufría a diario aminoraban sus fuerzas y lo conducían irremediable al deseo de dejarlo todo de ese tamaño.           Cuando se prestaba a montar cualquier bestia que estuviera cerca o lejos y largarse, llegaba a su mente la bella cara de Eustaquia y como por arte de magia, su gran aguante lo frenaba. A la semana siguiente, cuando ya las manos se adaptaban a lo agreste de la faena, y su garganta y barriga a los largos períodos sin agua ni alimentos, a Zenón se le incrustó un hueso de sapo en un talón mientras jugueteaba corriendo detrás de Pencho, y durante cuatro días no paró de berrear como un condenado, a pesar de que le recetaron unos menjurjes y un linimento para que sanara. El niño de poco más de un año, ni comía siquiera por el dolor que sentía el pobrecito en el pie. Entonces resultó ser ese el hecho que no le permitiría descansar como era debido. Los gritos del tripón taladraban todos los sentidos. Por más que trataban de consolarlo, los berridos se escuchaban como mil demonios.            Ya Ramón Antonio se parecía a un carbón a pesar del sombrero que usaba para refugiarse de los intensos rayos del sol que castigaban duramente. No se estaba alimentando bien y al sentir desmedro en sus fuerzas, le confesó su deseo de no continuar trabajando a Próspero y éste, con su inocultable catadura perdularia y cobarde, acostumbrado a maltratar y como quien revuelve un avispero, comenzó a lastimar físicamente al muchacho como pretexto para que, al éste contarle al padre, iniciar tal vez un pleito, una disputa o lo que fuere, que lo llevara directo a un enfrentamiento. Siempre regalaba un aspecto pudibundo a su patrón y con cara de extremo pundonor, se había ganado toda la confianza del mismo. El patibulario ser, le había puesto sus ojos a aquella extensión de tierras fértiles y bien trabajadas. Se colmó de una lujuria desenfrenada y de una maliciosa ambición. Procuró un acercamiento desde hacía mucho tiempo y lo había logrado, ganándose la confianza plena del rico hombre de campo. Cuando éste le pidió la gracia de que enseñara las labores del campo a su hijo, no quiso desperdiciar semejante oportunidad. Pero tenía que esperar que el muchacho se quejara y de esa manera el patrón se trasladara a su casa en pos de un reclamo, de lo que de seguro, no miraría con buenos ojos. Fuera de su zona de confort nunca se atrevería a enfrentarse a aquel hombre poderoso. Contrario sería si éste se adentraba a sus dominios,de ser posible, a lo que él consideraba su casa, puesto que dentro de la misma, pudiera manifestar que todo quedaba ligado a la legítima defensa. Si actuaba en su contra en otros terrenos, pudiese ser acusado de algún delito y estaba harto seguro que la pasaría demasiado mal.           Toto llegaba siempre callado, más de lo que de por sí había sido siempre. Pero desde que el sinvergüenza que se hacía pasar por mojigato, por quien nunca había quebrado una copa comenzó a maltratarlo, lo estaba mucho más que nunca. Realmente sentíademasiado miedo. En primer lugar abrigó una enorme confusión, pues pensó que si le hacía referencias al respecto a su padre, éste tal vez le hubiese dado una buena paliza para que se diera a respetar, como lo hizo en la ocasión en que un muchacho de menor edad que él; pero con más estatura y más fuerzas lo dejó todo estropeado. En esa oportunidad se arrepintió de haber contado lo sucedido. El abusador de Próspero cada día lo hacía trabajar hasta quedar casi desvanecido. Hasta lo puso a bregar en el trapiche que significaba una de las actividades más exigentes de la faena diaria en la propiedad. Cargaba bagazos para avivar la candela. Era un trabajo extenuante que no regalaba un instante para descansar. A duras penas, al mediodía, podía hacerlo mientras almorzaba. Pero era tal lo extenuado por el cansancio que estaba a esa hora del día, que ni comer podía. Se arrimaba al primer árbol que encontrara y bajo sus sombras, descansaba mientras miraba hacia el firmamento buscando tal vez en la nada, una respuesta a aquella magna desesperación que llevaba en el alma y en el corazón.           Ramón Antonio para sorpresa de María Elisa y Luisa María, a quienes les había contado lo que esperaba hacer con el dinerito que obtendría trabajando; se quedaba encerrado los domingos cuando ellas esperaban que convidaría a Eustaquia a la gallera a departir un buen rato. Nunca se habían hablado siquiera, pero se suponía que cuando recibiera su primera paga hablaría con ella, so pretexto de convidarla a las riñas de gallos que era única cosa divertida que se hacía en grupo. Más allá de las misas cada domingo, para lo único que salían las personas en masa, era a comprar las provisiones que expendían cada domingo en la mañana frente a la placita, la cual estaba ubicada en las cercanías del sagrado templo. Por lo general, los hombres se reunían en el bar del chingo Abdón pasado el mediodía, a perder el conocimiento bajo el dominio del aguardiente y dejar allí las pocas lochas que les quedaban en las faltriqueras y jugar bolo o dominó, apostando hasta las pocas posesiones que poseyeran cuando el gusanito del envite se les colaba hasta en los tuétanos.           Nadie dijo nada de nada de la extraña actitud de Toto. Pero al cabo de varias semanas ya el muchacho miraba como quien esperaba la horca, a su padre; con una de las miradas más tristes que ser humano alguno pudiese exteriorizar. Llevaba mucho tiempo gritando con aquellas miradas, pero Dimas, ocupado como siempre estaba en sus cosas; no le prestabala menor atención a esas vicisitudes que consideraba propias de un mocoso. Resultaban nimiedades que tendrían que ser dichas a su madre y resueltas por ella. A no ser que de algo grave se tratara, él no intervenía bajo ningún concepto. Tal vez resultaría pisoteada su hombría, si hablaba con su hijo de lo poco o mucho que él mismo sentía que le estaba pasando. Era nuevamente en la barbarie predominante de aquella época cruel e indómita, donde se apoyaba semejante realidad. Lo cierto significaba que Ramón Antonio, estaba siendo víctima de una de las peores crueldades que se le pudiese hacer a un muchacho. El hecho de jugar con la inocencia, con la esperanza, con la fe y la alegría de un niño, además de maltratarlo física y sexualmente, no tendría que ser aceptado; ni aún en medio de una dictadura tan acérrima como la vivida por aquella noble y valerosa nación (aún el tirano no había muerto cuando comenzó a tejerse aquella crueldad).           En una ocasión, mientras trabajaba, tuvo que caminar mucho más de lo debido, pues se trataba de una maleza que tenía que pelar en medio de una extensa llanura. Mientras tiraba su esqueleto al descanso sobre los abrojos, un viciado olor llegó a sí. En su desespero por descansar, hizo caso omiso aaquella molestia olfativa. Supuso que la podredumbre de donde vendríaaquel olor tendría que estar algo lejos del sitio, debido que el mismo se sentía; pero no con mucha intensidad. No con el asqueroso ímpetu que se siente de una mortecina cuando se está cerca de la misma.Lo que si llamó su atención fue la zamurera que volaba sobre aquel terreno, de seguro atraídos por el supuesto c*****r. Tal vez se trataba de algún jumento de los tantos que, ya viejos y cansados de tanto trabajo en las distintas labores del campo, eran abandonados cuando ya se negaban a dar un paso más de lo viejo que estaban, para que se fueran a morir en sana paz. Pudiera ser también algún otro animal, eldespojo de ganados que en ocasiones vertían en cualquier sitio los cuatreros, o un cristiano de los tantos que la opresión dejaba en lugares apartados, para no dar explicaciones a quienes buscaban a sus deudos desaparecidos y que nunca aparecerían ni vivos ni muertos. Cuando era así, si alguien miraba un c*****r humano; se hacía el loco y dejaba que las aves negras se dieran su festín como si nada hubiesen visto ni olfateado. Era mejor meterse con el diablo que andar husmeando donde nada se les había perdido. Eso sí que estaba bien claro en todos.           Recordó Toto que, cuando tenía algunos ocho años, su padre lo había llevado a dar un recorrido por sus tierras un domingo por la tardecita, cuando ya el sol se prestaba a su descanso y manchaba el horizonte con sus entristecidos rayos que le escamoteaban el azul al cielo, tornándolo de un naranja de diversas tonalidades. Repentinamente ambos sintieron un fuerte olor, desagradabilísimo por demás, toda vez que escuchaban un intenso revoloteo que sacudía el silencio sepulcral que a esa hora reinaba en aquella sabana. Unos pocos pasos del caballo y estaba frente a ellos, la causa de todo aquel alboroto hediondo. Una bestia putrefacta hasta más no poder era consumida, por un grueso número de zamuros, o buitres negros. De manera descomunal cada ave con su poderoso pico, descuartizaba a aquel animal del que arrancaba grandes pedazos de lo que fuera y se lo tragaba entero en su desespero por engullir lo más que pudiese, ya que tal vez los despojos no llegarían a alcanzar para todos. Una vez satisfecha el hambre, alzaba vuelo para dar chance a otro que mantuviera el buche vacío y que también quisiera llenarlo; puestodos tenían derecho a ello. Toto aquel mediodía melancólico desistió de su descanso. La curiosidad pudo más que él en ese momento de profuso aciago en su pequeña existencia. Sin pensarlo dos veces, se paró como un beodo, trastabillando y así debilucho como se encontraba, caminó siguiendo a su olfato y a las aves que volaban cercanas, chasqueando el aire con sus enormes alas como inequívoca señal de que querían participar en el banquete. Cuando llegó cerca de donde un grupo de danzantes gallinazos engullían las pocas carnes que aún quedaban de lo que, por el cráneo, supuso era un asno como lo había pensado en un principio; descubrió que apenas quedaban los huesos y parte de unas entrañas que los demás se habían negado a comer y que los últimos, tal vez por una exagerada jerarquía que tenía visos de respetable a toda costa; no tenían más remedio que conformarse con aquello que los demás habían despreciado. Supuso que tan pronto el c*****r del animal comenzó a manar su olor característico, aquellas nobles criaturas que limpiaban a la naturaleza de lo que pudiese amenazar al ecosistema sin su participación glotona, olfatearon lo que para ellos era un aroma irresistible desde muchos kilómetros de distancia, y de esa manera, guiados por el rey que resultaba ser el primero y más exigente de los comensales, visualizaron su comida y al terminar su participación el monarca, los demás se abalanzaron y rítmicamente, al son de revoloteos increíbles, de bailecitos cómicos, descuartizaron al cuerpo en descomposición y en poco tiempo ya no quedaba sino, un montón de huesos que luego otros animales carroñeros, en su desespero por alimentarse también, consumirían hasta dejar sólo las huellas de una naturaleza indomable. De esa manera, aquellas aves por quienes casi todos sienten repugnancia debido a su aspecto y sus hábitos nutricionales; pero por sobre todo por su color, continuaban sus andanzas siguiendo a sus instintos de supervivencia y procurando un enorme beneficio a la humanidad entera, quien lasestigmatizaba de manera incomparable. Ya en un futuro, tratando de cultivar conciencias, se fomentaría a nivel mundial una especie de campaña para preservar sus vidas que en algunos países se sentían amenazadas.           Era la necesidad que arrastraba a la desmedida y mezquina ambición de algunos personeros que estaban embarrados de malicia hasta la última de sus asquerosas células, lo que había impulsado a Próspero a actuar de esa manera despiadada contra quien continuaba siendo un niño, aún tomado de la mano de la inocencia y de la fragilidad propia de esa bella etapa de la vida. Se trataba de uno de esos individuos en quienes el perverso modo de gobernar de un ser sin alma, había calado más allá de lo inimaginable y querían ser, al igual que el opresor, dueños de tierras, de rebaños, de cultivos; de todo, a costa de lo que fuere. Preferían ser como él que oponerse a sus mandatos que consideraban divinos. Se trataba de tipejos que hasta se mataban entre sí, en su afán por ser el que más bolas jalara. Muchospensaban que estando de parte del régimen, que maltratando o vejando los haría parecer adeptos a la tiranía. Instinto de supervivencia posiblemente. Seguramente lo que más los impulsaba a ser perversos era el miedo, el pánico sin límites a las maquiavélicas acciones de aquel nefasto modo de llevar las riendas de una nación. De un modo o de otro, nunca habría de justificarse una actuación tan nefasta contra ningún ser; mucho menos en detrimento de un muchacho. De todos era conocido que aquel dictador que mantenía azotada con manos de hierro a toda una nación, resultaba calificado como una de las personas más inhumanas que haya existido en la historia de ese país,confrontable sólo con un déspota de la beligeranciaindependentista a quien apodaron Taita, a quien todos temían.Losadversarios del susodicho dictador fueron confinados por extensos años en repugnantespenitenciarías, soportandoespantosas torturas que no se circunscribían tan sólo a los grilletes (los mismos se convirtieron en el signo más dócil del martirio), sino que alcanzaban también lasuspensión por los genitales, el vidrio molido, el horribletortol, azotes hasta la muerte,entre otros. Existe documentación fidedigna, de que para 1.917 el tirano teníaexpatriados en el orbeentero,a más decien mil vecinos de aquella patria honorable; pero pisoteada por los cuatro costados. Era pues el cielo de aquella nación, sobrevolado por buitres; pero no por las aves negras carroñeras que se miran cuando ni siquiera al olfato se ha presentado el olor de la carne podrida, sino por rapaces humanos que no desguazaban a ningún c*****r. Se trataba dealimañas que estaban a la espera de la desgracia de algún legítimo propietario de algún feudo productivo, para de inmediato devorarlo. Para repartirse entre ellos las riquezas que encontraren en la propiedad, secundados por los secuaces de un régimen atropellador, que sin medidas; procuraba causar el mayor daño posible a quienes atropellaban. Tal como su antecesorquien había llegado al poder en 1.905, que había procurado un extenso poderío a las tropas castrenses; el tirano de ese momento siguió con esa perversapolítica de fortalecimiento, optimandoinfatigablemente lapreparación y el equipamiento militar. Procuraba con esa táctica, rodearse de una fuerza más que halagadora, protectoras tanto de sí como se sus intereses particulares que comprendía toda la hacienda pública. Esas decisiones le valieron para apabullar los intentos dedisconformidad, o los levantamientosopositores, los que a pesar de su inclementeacoso y excesiva barbarie, no fueron escasos. Jesús aquella madrugada fresca de inicios del mes de febrero, cuando no habían transcurrido siquiera 24 horas desde que se había masacrado a un pueblo de la manera más desvergonzada y cobarde, con el pretexto de derrocar a un gobierno legítimamente electo por la mayoría del pueblo; se movió ligeramente en aquel lecho que había recibido en las primeras horas de la noche precedente, a su cuerpo más que cansado, sorprendido, temeroso y desesperanzado. A su lado, el cuerpo de su hijito reposaba entregado a la dulzura de un sueño inocente, puesto que de ese modo se podría percibir;al contemplar las bellas sonrisas que aquella boquita de ensueños regalaba a la vida. Fue el movimiento de Jesús extremadamente leve, casi que imperceptible. El estado sorprendente en que se encontraba,(en el que no podría determinarse si permanecíadormidoo en vigilia)le permitía experimentar un hecho sin precedentes en él.Tal vez pocas personas podrían percibir algo semejante. Lo cierto del caso era que en aquel fenómeno que le sucedía al joven profesional de la enfermería, se aglomeraban más de cien años de historia en la vida de una nación. Aquellos sucesos, de la manera más inexplicable se arremolinaban como queriendo encuadrar en unas semejanzas absurdas; pero que no dejaban de ser verdaderas. Se trataba de un siglo de diferencia entre dos momentos que parecieran ser vividos al mismo tiempo.  Se daban la mano y se acariciaban, dos períodos aciagos por excelencia de la historia en un país. Uno de ellos, se abrió pasos embarrado por completo de traición. En el cerebro de Jesús, una voz lírica parecía narrar una historia. Era como si alguien ubicado muy cerca de él, leía una historia verídica desde un libro fantástico:En noviembre de 1.908, quien ocupaba la primera magistratura debió abandonar el país por razones de salud, y el más fiel adulador y chupamedias de sus colaboradores, quedó en ejercicio de la presidencia provisional.En diciembre de ese mismo año, el supuesto amigo del alma, aquel adefesio desleal y traidor; más pegado a su compadre presidente que la rémora al tiburón, junto a un grupo de militares desleales, varios terratenientes y algunos comerciantes, tras el subterfugio de un fingido atentado que pretendieran hacerle al mandamás; produjo un golpe
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