El miércoles amaneció con un cielo de plomo, reflejando el estado de ánimo de Lucía. No haber sido arrastrada a la mansión Blackwood no le daba paz; solo aumentaba su sospecha.
Conocía a Julián, o al menos creía entenderlo, y sabía que sus cambios de humor eran síntomas de una tormenta interna.
Al llegar al piso de presidencia, el silencio era gélido. Pero no fue Julián quien la recibió, sino una presencia mucho más venenosa.
Elena Santoro estaba apoyada en el escritorio de la recepción, luciendo un traje de Chanel blanco que contrastaba cruelmente con el modesto uniforme de Lucía. En su mano sostenía una carpeta, pero sus ojos estaban fijos en la puerta del ascensor. En cuanto Lucía puso un pie fuera, Elena se irguió como una cobra lista para atacar.
—Así que mi prometido tuvo un momento de debilidad anoche —siseó Elena, bloqueándole el paso—. Supongo que tus lágrimas de mártir en el subsuelo surtieron efecto. Julián siempre tuvo una debilidad por los perros callejeros, pero no te confundas. Que no vengas a la mansión, no significa que estés a salvo.
Lucía apretó las correas de su bolso, sintiendo el peso de la fatiga en sus huesos. No tenía miedo, solo un cansancio infinito.
—No sé de qué habla, señora Santoro —respondió Lucía con voz monocorde—. Yo solo cumplo órdenes. Si el señor Blackwood decidió que no debo ir a su casa, es una bendición para mí. Créame, lo que menos deseo en esta vida es verlos a ustedes más de lo estrictamente necesario.
Elena palideció de rabia. El tono desapasionado de Lucía era un insulto mayor que cualquier grito. Para Elena, ser despreciada por alguien que consideraba una "rata de alcantarilla" era intolerable.
—¿Cómo te atreves? —Elena dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Lucía—. Estás viva por mi misericordia. Podría haberte dejado morir con ese bastardo que tienes por hijo, pero decidí se misericordiosa. Deberías lustrarme los zapatos.
Lucía recordó todo lo que vivió desde que la echo y tomó el coraje para decir todo lo que se guardo durante años.
—¿Los que compraste con plata de mi padre? —replicó Lucía, sosteniéndole la mirada—. ¿Sabe que robaste ese dinero? —se acercó—. Escuchame bien, Elena, cada minuto que paso en este edificio es un precio que pago por la salud de mi hijo. Pero no se equivoque: me repugnan. Usted y él se merecen mutuamente.
El sonido del impacto resonó en el pasillo desierto. Elena había levantado la mano con una velocidad felina, descargando una bofetada que giró el rostro de Lucía hacia un lado.
El golpe fue seco, cargado de un odio que llevaba años macerándose. Lucía sintió el sabor metálico de la sangre en su labio y el calor abrasador en su mejilla, pero no se llevó la mano a la cara.
Se quedó estática, con los ojos fijos en el suelo, mientras su carácter Valente luchaba por no devolverle el golpe y arruinarlo todo.
Elena volvió a levantar la mano, esta vez cerrando el puño, fuera de sí.
—¡Te voy a enseñar a respetar a quien te da de comer, maldita muerta de hambre!
—¡Elena!
La voz de Julián tronó desde el umbral de su despacho. Estaba allí, observando la escena con una expresión que oscilaba entre el horror y una furia volcánica. Caminó hacia ellas con zancadas largas, su presencia llenando el pasillo de una presión insoportable.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —preguntó Julián, tomando a Elena por la muñeca antes de que pudiera golpear a Lucía de nuevo.
—¡Esta mujer es una insolente, Julián! —chilló Elena, intentando zafarse, su máscara de elegancia rota en mil pedazos—. ¡Me ha faltado al respeto! ¡Ha dicho que nosotros le repugnamos!
Julián no miró a su prometida. Sus ojos estaban clavados en la marca roja que empezaba a hincharse en la mejilla de la empleada y en la pequeña gota de sangre que resbalaba por su barbilla. Sintió un pinchazo de dolor en el pecho, una reacción visceral que no podía controlar.
—Vete a tu oficina, Elena —ordenó Julián, su voz era un susurro peligroso—. Ahora.
—Pero Julián...
—¡He dicho que te vayas! —rugió él, soltándole la muñeca con un desprecio que hizo que Elena retrocediera, asustada por primera vez de la oscuridad que veía en los ojos de su prometido.
Elena lanzó una última mirada de odio puro a Lucía y se marchó, sus tacones golpeando el mármol con furia. Julián se quedó a solas con ella. Extendió una mano, queriendo tocar la herida, pero ella retrocedió bruscamente, como si su contacto quemara más que el golpe de Elena.
—No me toque, señor Blackwood —dijo Lucía, con una frialdad que lo dejó helado—. Vaya a su reunión. Sus socios lo esperan. Yo tengo café que servir.
Dos horas después, el ambiente en la sala de juntas era de una tensión eléctrica. Julián presidía la mesa frente a tres representantes del consorcio alemán Schröder & Co.
Se jugaban la fusión que consolidaría el imperio Blackwood en Europa. El aire acondicionado zumbaba, pero Julián sentía que la habitación estaba a cuarenta grados. La falta de sueño y la imagen de la mejilla golpeada de Lucía lo distraían constantemente.
Lucía entró en la sala con la cabeza baja, el cabello estratégicamente peinado para ocultar la inflamación de su mejilla. Se movía como una sombra, sirviendo el café Blue Mountain en tazas de porcelana fina. El aire en la sala era denso, cargado de términos técnicos, porcentajes y una hostilidad latente.
Julián estaba exhausto. La falta de sueño y la culpa que lo carcomía desde su charla con Vaughn lo hacían vulnerable. Sus abogados habían revisado el contrato tres veces, pero eran abogados jóvenes, hambrientos de cerrar el trato para cobrar sus bonos.
Lucía, mientras vertía el café para el socio principal extranjero, dejó que sus ojos se deslizaran por el documento abierto sobre la mesa. Fue un instinto, una chispa de su antigua vida que no podía apagar. Sus ojos se detuvieron en la Cláusula 22.4, escrita en un latín jurídico arcaico mezclado con terminología financiera moderna.
Se quedó helada.
En la versión que Julián estaba a punto de firmar, la cláusula decía: "Ad infinitum indemnitatem".
Sus años de estudio en la Facultad de Derecho de Harvard, esos que Julián creía inexistentes, le gritaron la verdad. Esa pequeña frase significaba una responsabilidad ilimitada ante cualquier quiebra subsidiaria.
Si Julián firmaba, estaba entregando no solo la empresa, sino su fortuna personal y el patrimonio histórico de la familia Valente como garantía total ante cualquier pérdida de los socios extranjeros.
Era una trampa de diez millones de dólares solo en la ejecución inicial, y la ruina total a largo plazo.
Cállate, se dijo Lucía. Deja que firme. Que lo pierda todo. Que Elena se quede sin su corona de diamantes. Es la justicia de los desposeídos.
Miró a Julián. Él sostenía la pluma Montblanc, listo para estampar su firma. Se veía cansado, rodeado de tiburones que le sonreían mientras afilaban los dientes.
Si él firmaba eso, la empresa de su padre —la que Julián le robó, pero que seguía siendo el legado de los Valente— desaparecería para siempre.
Lucía dio un paso atrás, pero sus pies se negaron a moverse hacia la salida. La lucha interna le revolvía el estómago. La lealtad a un recuerdo contra el deseo de venganza.
El silencio en la sala de juntas era casi absoluto, solo roto por el suave rasgueo de las hojas de papel. Julián bajó la pluma hacia el contrato. El socio extranjero, un hombre de sonrisa gélida llamado Gerhard, se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando de codicia.
—Es un gran paso para Blackwood, Julián —dijo Gerhard—. Un paso hacia la inmortalidad financiera.
Lucía sabía que no podía hablar. Si abría la boca y demostraba sus conocimientos, Elena la mataría y Julián la entregaría a la policía por fraude de identidad. Pero si no hacía nada, el legado de su familia moriría en ese instante.
Con una mano temblorosa, Lucía fingió tropezar con el borde de la alfombra mientras sostenía la jarra de agua cristalina destinada a los invitados.
—¡Oh! ¡Lo siento mucho! —exclamó Lucía.
"Accidentalmente", derramó una cantidad precisa de agua sobre la mesa, justo al lado del contrato. El líquido corrió la madera, deteniéndose justo antes de mojar la Cláusula 22.4.
Julián se apartó bruscamente para evitar que el agua tocara su traje de tres mil dólares.
—¡Cuidado! —exclamó él, con la irritación habitual—. ¿Es que no puede hacer nada bien hoy?
Lucía se apresuró a limpiar con un paño blanco de lino. Mientras lo hacía, se inclinó lo suficiente para que su rostro quedara cerca del de Julián, bloqueando la vista de los socios extranjeros por un segundo. Con el dedo índice, señaló discretamente la palabra en latín que brillaba bajo la capa de agua: indemnitatem.
—Mil disculpas, señor —susurró, su voz era apenas un aliento que solo él pudo captar—. Es que... esa palabra, indemnitatem... mi abuelo decía que en latín siempre significa que alguien se queda con todo y otro se queda sin nada. Me recordó a un viejo cuento.
Julián frunció el ceño. Sus ojos bajaron al lugar donde el dedo de Lucía había señalado. La amnesia le había robado los rostros y las fechas, pero no el lenguaje que su padre le había grabado a fuego desde niño. El latín jurídico.
Se quedó inmóvil. Ad infinitum indemnitatem.
—Un momento —dijo Julián, su voz cambiando de la irritación a una frialdad gélida que hizo que Gerhard se tensara.
Julián apartó el paño de Lucía y tomó el contrato, levantándolo hacia la luz. El silencio en la sala se volvió sepulcral. Los abogados de Julián intercambiaron miradas nerviosas.
—Gerhard —dijo Julián, con una lentitud aterradora—. ¿Por qué este borrador incluye una cláusula de indemnidad ilimitada cuando acordamos un tope de responsabilidad del diez por ciento?
—Julián, debe ser un error tipográfico, una formalidad de los traductores... —intentó decir Gerhard, pero su voz flaqueó.
—No es una formalidad —replicó Julián, levantándose lentamente.
Sus ojos grises centellearon con una inteligencia que parecía haber despertado de un largo letargo.
—Es una cláusula de quiebra inducida. Si firmo esto, ustedes pueden vaciar mis cuentas personales en menos de seis meses ante cualquier fluctuación del mercado.
Julián lanzó el contrato sobre la mesa. Los papeles se deslizaron sobre la madera mojada.
—La reunión ha terminado. Fuera de mi edificio. Ahora.
Los socios extranjeros intentaron protestar, pero la seguridad de la torre, alertada por el tono de Julián, ya estaba en la puerta.
Los abogados del bufete de Wall Street recogieron sus cosas en un silencio vergonzoso, sabiendo que acababan de perder su mayor cliente por un "error" que una mujer con una jarra de agua había detectado antes que ellos.