La habitación estaba sumida en esa penumbra azulada que precede al amanecer. En la cama de dos plazas, el espacio parecía haberse encogido para proteger lo único que importaba: Leo. Leo dormía en el centro, con la respiración pesada y rítmica; mantenía su mano cerca de su madre, la respiración pausada y su pie en Mateo. A su derecha, Lucía descansaba de lado, con el cuerpo tenso incluso en sueños; a la izquierda, Mateo mantenía un brazo extendido, rodeándolos a ambos. Lucía abrió los ojos antes de que el sol golpeara el cristal. No necesitó despertador; su cuerpo estaba acostumbrado a madrugar cada día. Se movió con cautela para no despertar a Leo, pero al apoyar el pie izquierdo en el suelo, una descarga de dolor le subió por la pierna. Apretó los dientes, ahogando un gemido. Habí

