El Título manchado de Sangre

1772 Words
Catorce días. Ese fue el tiempo que la muerte le concedió a Mauricio Valente antes de reclamar su deuda. Dos semanas en las que Lucía vivió en un limbo de pasillos de hospital, café recalentado y la extraña ausencia de noticias de Julián. Había intentado llamarlo, pero su número daba apagado, se reprocho al menos seis veces no haber preguntado su nombre completo, sin saber que Julián no se lo hubiese dicho para evitar espantarla. Sin embargo, su padre se había despertado. Con la terquedad que lo hizo millonario, Mauricio exigió que la fiesta de graduación de Lucía se celebrara en la mansión. —No voy a dejar que un susto en el pecho le robe el momento a mi hija —decía él, todavía pálido bajo las luces de la biblioteca. La noche de la fiesta, la mansión Valente lucía como en sus mejores tiempos. El gran salón estaba lleno de socios, políticos y buitres disfrazados de amigos. Lucía vestía un traje sastre blanco, impecable, tratando de proyectar la seguridad que no sentía. Llevaba el título de abogada bajo el brazo, enrollado con una cinta de seda negra, un detalle que a Elena le pareció "de mal gusto", pero que para Lucía era un símbolo de respeto. Elena Santoro se movía entre los invitados como una reina consorte. Llevaba un vestido de encaje oscuro y una sonrisa que no llegaba a sus ojos gélidos. Cada vez que cruzaba la mirada con Lucía, parecía estar contando los minutos para algo que solo ella sabía. —Es hora, Lucía —dijo Mauricio, acercándose a ella. Se veía frágil, pero sus ojos brillaban con un orgullo que a Lucía le dolía. Se situaron en el centro de la escalinata principal. La orquesta guardó silencio y el tintineo de los cubiertos cesó. Mauricio levantó una copa de cristal de bohemia, aunque los médicos le habían prohibido terminantemente el alcohol. —Amigos, colegas —empezó Mauricio, su voz resonando con un esfuerzo evidente—. He pasado la vida construyendo muros y puentes. Escalando y triunfando. Pero mi mayor obra no es de materiales. Sus ojos se encontraron con Lucía. —Primero encontré a tu madre, una mujer brillante, que abandono el mundo demasiado pronto —Lucía hizo una mueca—. Ahora, mi hija, Lucía, no solo lleva mi apellido, también el título que le permitirá defender los derechos de todos. Por la nueva abogada de la familia Valente. Levantó más su mano, imponiéndose ante todos. —¡Salud! —tronó el salón. Lucía sonrió, sintiendo un nudo en la garganta. Miró a su padre, dispuesta a darle las gracias, pero la expresión de Mauricio cambió en un parpadeo. El hombre abrió los ojos de par en par, la copa se le resbaló de los dedos y estalló en mil pedazos contra el suelo de mármol. El sonido del cristal roto fue el primer disparo de la tragedia. Mauricio se llevó una mano al pecho, su rostro pasando de la palidez al gris ceniza en segundos. —¿Papá? —Lucía soltó su título y lo sostuvo por los hombros antes de que sus rodillas golpearan el suelo. El pánico estalló en el salón. Gritos, gente retrocediendo, el sonido de sillas arrastrándose. Lucía cayó al suelo con él, acunando su cabeza contra su pecho mientras lágrimas pesadas cubrían sus mejillas. —¡Llamen a una ambulancia! ¡Ahora! —gritó ella, pero su propia voz le sonó lejana, como si estuviera bajo el agua. Mauricio intentaba hablar. Su boca se abría y cerraba, buscando un aire que sus pulmones ya no podían procesar. Sus dedos apretaron el brazo de Lucía con una fuerza desesperada, una última voluntad grabada en la piel. —Lucía... —logró susurrar entre estertores—. Cuidado... con... No terminó. Sus ojos se fijaron en un punto detrás de Lucía y, de repente, la tensión abandonó su cuerpo. Sus manos se abrieron, pesadas, y la luz de su mirada se apagó como una vela soplada por el viento. —¡Papá! ¡No, mírame! ¡Papá! —Lucía empezó a aplicarle RCP de forma frenética. Sus manos golpeaban el pecho del hombre que había sido su mundo, llorando con una rabia sorda mientras el vestido blanco se manchaba con el vino tinto que se había derramado de la copa rota. A unos metros, la multitud se había apartado, creando un círculo de silencio alrededor del cadáver y la hija. En el fondo, junto a las puertas dobles, Elena Santoro permanecía inmóvil. No se acercó. No gritó. No derramó una sola lágrima. Se limitó a observar la escena con una frialdad que rozaba la psicopatía, porque mientras una hija intentaba salvar al hombre de la casa, ella se ajustaba el anillo de diamantes en su mano derecha. En ese momento, Elena no veía a un esposo muerto. Veía un testamento, una empresa sin cabeza y a una hijastra que acababa de quedar desprotegida. Sus ojos se cruzaron con los de un hombre trajeado que esperaba en la esquina del salón: su abogado personal. Un leve asentimiento de cabeza fue toda la comunicación que necesitaron. —Está muerto, Lucía —dijo Elena finalmente, su voz cortando los sollozos de la joven como una roca—. Deja de profanar su cuerpo. Ya has hecho suficiente. Lucía levantó la vista. Tenía el rostro empapado y las manos temblorosas. Vio a Elena y observó la indiferencia de los invitados que ya estaban empezando a irse para evitar el escándalo, y por primera vez en su vida, sintió el verdadero frío de la soledad. Bajo el cuerpo inerte de su padre, el diploma de graduación de Lucía yacía desplegado, empapado en el vino y pisadas. El sello de oro de la universidad estaba cubierto por una mancha oscura. Mauricio Valente se había ido, y con él, su escudo. —Muévete de una vez, dale la dignidad que se merece. Lucía se quedó unos segundos en silencio, sintiendo la presión en su pecho cada vez más pesada. Las palabras de Elena flotaron en el aire como una amenaza disfrazada de preocupación. No era solo la frialdad de su voz, era la forma en que la madrastra ya empezaba a ocupar el espacio físico del salón, dando órdenes a los criados para que cubrieran el cuerpo, como si Mauricio fuera un mueble viejo que desentonaba con la decoración. Finalmente, Lucía se levantó con esfuerzo y subió las escaleras, cada peldaño resonando en el vacío de la mansión. Sus manos, aún manchadas con la mezcla pegajosa de vino y la calidez que se escapaba del cuerpo de su padre, temblaban tanto que tuvo que sostenerse de la barandilla de caoba. Al llegar a la parte superior, miró hacia abajo por última vez. Vio el título de abogada, aquel pergamino que tanto sacrificio le había costado, pisoteado por los zapatos de charol de un invitado que se apresuraba a salir. El papel estaba arrugado, empapado en un carmesí que ya no parecía uva, sino la muerte de su padre. Mientras se desvestía frente al espejo de su habitación, el reflejo le devolvió una imagen desconocida: ojos hundidos, piel de porcelana, cabello desordenado. Se preguntó si ese rostro era el de alguien que había perdido todo, o el de alguien que estaba a punto de descubrir una verdad aún más dolorosa. Se quitó el traje sastre blanco, ahora arruinado, y sintió una náusea violenta. En el bolsillo del saco todavía guardaba la servilleta con el número de Julián que nunca respondió. La apretó en su puño antes de lanzarla al cesto de basura. El silencio en la habitación era absoluto, un preludio de la soledad que la acompañaría los próximos cinco años. Lo que ella no sabía era que, mientras cerraba los ojos de su padre, en un hospital secreto, Julián Blackwood despertaba de su coma preguntando quién era él mismo, borrando por completo la última esperanza de salvación que le quedaba a la mujer que acababa de perderlo todo. Julián arrugó su nariz por los olores; el antiséptico y el cloro le quemaban las fosas nasales. Sus ojos, nublados y pesados, pasaron por la sala buscando algún rostro familiar, alguna chispa de reconocimiento que anclara su alma al mundo físico, hasta detenerse en un hombre de traje que lo observaba con una mezcla de alivio y cálculo empresarial. —Has despertado —sonrió el hombre mientras se acercaba, su voz retumbando en los oídos de Julián como un martillazo. —¿Quién es... usted? —Julián habló con dificultad, su lengua se sentía como un trozo de lija seca contra el paladar. —¿Qué? Los ojos del hombre —el patriarca de los Blackwood— se abrieron antes de gritar con furia contenida. El pánico se apoderó de la suite médica. Los monitores cardíacos empezaron a emitir un pitido errático mientras Julián intentaba incorporarse, sintiendo que su cuerpo no le respondía como pretendía. Los médicos llegaron en segundos para hacerle preguntas: su nombre, la fecha, quién era el presidente. Algunas las respondió por puro instinto mecánico; otras simplemente no tenían idea de qué se trataba. No recordaba la lluvia, ni recordaba el impacto del coche, y mucho menos recordaba la piel de la mujer que, catorce noches atrás, le había prometido una cita. El diagnóstico fue simple y demoledor para el señor Blackwood: amnesia retrógrada traumática. Su heredero no recordaba lo sucedido en las últimas semanas y necesitaba pequeñas rehabilitaciones para recuperar sus funciones motoras. Pero lo más grave era el vacío n***o en su memoria reciente; el tramo de su vida donde Lucía Valente existía había sido borrado por la fuerza del impacto contra el asfalto. El viejo Blackwood miró a su hijo con una mezcla de lástima y pragmatismo antes de llamar a su esposa para comentar las últimas noticias. La escuchó llorar del otro lado de la línea y maldijo por lo bajo. No le gustaba que llorase, pero esta situación era mejor que perder a su único heredero y ambos lo sabían. —No recuerda nada del último mes —susurró el padre por el teléfono, alejándose de la cama donde Julián volvía a cerrar los ojos—. Es una hoja en blanco. Quizás sea lo mejor. Hay errores de juventud que el destino acaba de solucionar por nosotros. Mientras Julián se hundía nuevamente en un sueño sin rostros, Lucía se sentaba en el borde de su cama, sola en una mansión que ya no era suya, acariciando su cuerpo y mirando su cuerpo. Sin saber que en ella latía la única prueba de que aquella noche de pasión no había sido un sueño.
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