La noche en Manhattan no era oscura; era un resplandor eléctrico que ocultaba las miserias de quienes caminaban bajo sus rascacielos. Tras la tormenta en la sala de juntas, el edificio Blackwood parecía vibrar con una energía residual, una mezcla de alivio y ponzoña. Julián se había quedado solo en su despacho, observando la ciudad con una fijeza que asustaba. Había ordenado una investigación, sí, pero lo que realmente buscaba no eran papeles, sino una verdad que su cuerpo reconocía, aunque su cerebro la rechazara. Estaba seguro de que la mujer que ahora estaba camino a su casa era más que una simple empleada, pero sobre todo que Elena ocultaba más de lo que decía. El matrimonio no parecía un alivio ahora. Lucía, por el contrario, no tuvo coches privados para resguardarse de la lluv

