Ante sus palabras, quedé completamente helada, reaccionando rápidamente al entrar en aquella habitación y detener al sujeto que tocaba con afán aquella ruidosa batería.
—Suficiente. —advertí. —Es domingo, son las siete de la mañana y el edificio entero solo quiere ruido. No arruinarán mi mañana. —insistí.
Zack me miraba un poco burlón desde la entrada, dándole señas a los chicos que estuviesen tranquilos y sin reproches, acercándose hasta mirarme fijamente, jugar con mi cabello y dar un trago completo de lo que quedaba en su cerveza.
—Tenemos que ensayar, preciosa. Y para ensayar, mi banda debe tocar. Es mi casa, no estoy invadiendo la tuya. —explicó.
Lo miré histérica, terminando por patalear e irme inmediatamente de allí en búsqueda de Nancy, la casera del lugar.
Al llegar frente a su puerta, mis cachetes hervían del enojo, mientras mis puños seguían completamente cerrados y la ira consumía cada rincón de mi.
—¡Buenos días, Tara, que bueno verte nuevamente! ¿Qué te trae tan temprano por aquí? ¿Todo en orden? —cuestionó de manera amable.
Rápidamente negué, intentando respirar hondo y mantener la calma para no pagar todo mi enojo con aquella inocente y noble señora.
—Se trata del nuevo inquilino... Él es un poco... ruidoso quizás. —intenté explicar. —Señora Nancy, sabe que necesito silencio, la universidad requiere de muchas horas de estudio sin descanso, lo último que quiero es perder concentración porque un tonto sujeto no deja de tocar la batería al lado de mi cama. —reproché con cansancio. —¿No hay algo que pueda hacer? Quizás podría enviarlo hacia otro lado, limitar su ruido, prohibirle tocar la batería... Lo que sea. —imploré. —Pero necesito silencio.
Ella suspiró con un poco de cansancio. —Sabía que ese chico te traería un par de problemas, pero nunca imaginé que tan pronto sería. —reconoció. —Vamos, hablaré con él. —susurró.
Así mismo, cerrando la puerta de ella, caminamos escaleras arriba, llegando a nuestro piso, lugar donde Zack despedía a sus amigos de manera amigable, mientras arreglaba su cabello y lucía bastante agotado.
Al vernos, recostó su cuerpo del marco de la puerta, suspirando y riendo de solo verme. —Ya corriste a acusarme, Tara. Pésima señal para ser nuevos vecinos. —avisó.
Sentí un poco de vergüenza quizás, pero aún así, debía mantenerme firme, aquel acto no podría repetirse.
—Zack, en el edificios somos una familia. Nadie interrumpe al otro, mucho menos tocando la batería a las siete de la mañana, por Dios. —reprochó. —Hay horarios, no se puede hacer ruido después de las diez de la noche. Y la mañana comienza a las diez igualmente. —explicó. —Si rompes unas simples reglas lamentaré tener que echarte del lugar. —avisó.
Zack negó con un poco de cansancio. —Lo siento, no lo pensé. Ya entendí, no habrá ruido después de las diez de la noche. Tara podrá dormir las horas que quiera en paz. —soltó un poco burlón y con sarcasmo.
—No iba a dormir, iba a estudiar, comenzar mi mañana, ser un adulto responsable. —reclamé. —No cómo otros que siguen oliendo a alcohol y tabaco de la noche anterior. —insistí.
Nancy solo suspiró terminando por reír. —Les toca aprender a convivir chicos, no quiero más peleas. —recordó. —Tara necesita silencio y debes entenderlo, Zack. Eres el nuevo aquí, comienza con buen pie. —insistió.
Él sonrió, abriendo la puerta principal para finalmente entrar y ahora ser sorprendido por una chica que salía recién dormida.
Su cabello iba despeinado, su ropa puesta a medias, llevaba tacones en sus manos y un increíble olor a alcohol.
—Hey... Hola chicos. —balbuceó intentando ponerse de pie. —Me llamas. —dijo al señalar a Zack y salir del lugar.
Nancy no pudo evitar reír de manera burlona, mientras yo no hice más que verle con un tono de repulsión.
Así mismo, todos se fueron, dejándome una vez más y completamente sola con él.
Recostó su cuerpo del marco, observando cómo caminaba con afán hacia mi puerta, intentando abrir lo más pronto posible y desaparecer de su vista.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó al aparecer a mi lado y susurrarlo en mi oído.
Me hice a un lado rápido al sentir su respiración chocar contra mi piel, entrando inmediatamente dentro de casa y trancando la puerta de un solo impacto ante su rostro.
—¡Mierda! —grité / susurré al entrar y dejar mi cuerpo escurrir por la puerta.
—¡Te oí! —gritó tras ella.
No pude evitar reír ante aquel comentario, terminando por ponerme de pie y limpiar aquel caos que el café derramado había ocasionado.
Siguiendo con las limpiezas y quehaceres que había pausado ante el ruido, intentando mantenerme en completo silencio y finalmente lanzar mi cuerpo en el sofá. Tomando un descanso de solo un par de minutos para retomar las actividades pendientes que tenía de la universidad.
Pero una vez más, Zack me recordó que estaba allí.
—¡Oh sí, oh sí, que rico, Zack, dame más Zack! —gritó desde su casa imitando la voz de una mujer chillona en horas del sexo.
—¡Basta! —grité en reclamo al golpear la pared.
—¿Pensaste que no me iba a vengar? Hiciste que detuviese un ensayo con mi banda; me desquitaré ahora. —advirtió desde el otro lado.
—¡Solo déjame estudiar, es domingo, duerme! —chillé al pasar mis manos sobre mi rostro con cansancio.
Y ante mis palabras, un silencio absoluto fue la siguiente repuesta. Dándome a entender que posiblemente, ante las horas que llevaba sin dormir, Zack había cerrado los ojos finalmente.
Pero para mí sorpresa, la puerta principal sería tocada de manera insistente, haciéndome poner de pie e ir hasta allí con confusión.
Al abrir me encontré una vez más con él, ya no llevaba la misma ropa, no olía a alcohol y cigarrillos, y ofrecía amablemente su mano.
—Vayamos por un café al menos, hagamos tregua. —pidió.
Lo observé de arriba abajo, riendo de manera inevitable. —¿Qué crees que haces? —cuestioné.
—Intento hacer las pases con mi nueva vecina, invitandola un domingo por la mañana a buscar un café y quizás desayunar. —insistió sonriente.
—Debo estudiar. —dije firme al cruzar mis brazos.
—No te pregunté. Ahora toma tus llaves y caminemos. Te robaré máximo una hora, no más que eso. —advirtió.