Una vez en casa, el camino se volvió completamente silencioso, subimos en el ascensor y finalmente llegamos hasta nuestro piso, estando allí, cada uno se puso ante su puerta, abriendo con cuidado mientras observaba cómo el otro intentaba entrar a la suya. Giré hasta verlo y sonreí de lado, entrando finalmente hasta escuchar como repetidas veces Zack no lograba abrir la puerta de su casa. —¿Todo bien? —pregunté una vez lo ví cansado de intentar. Antes de responder, sus llaves caerían al suelo. —Por Dios, no puedo abrir, la manilla está trabada. —reprochó al bajar su cuerpo y recoger su llavero. Lo miré de reojo, era lo suficientemente tarde como para que siquiera el hombre de mantenimiento del edificio pensara en ayudarlo. —Puedes pasar la noche en el sofá. —ofrecí rápidamente. —Y

