Aquel sábado era un día caluroso de septiembre, pronto llegaría el otoño, pero ahora el sol calentaba con fuerza. El teatro Mcswain, pintado de blanco y con un cartelón que informaba haberse construido desde los años veinte, daban la bienvenida a una nueva competencia de baile «Dancing Forever» Esa competencia regional era importante, cada una daba puntos suficientes para clasificar a las competencias nacionales. Elizabeth Zok se especializaba en esas competencias y algún día soñaba con llevar a competir a un bailarín a la competencia mundial, pero ahora, se conformaba con disfrutar esos momentos. Era la maestra dulce y amable que todos los bailarines anhelaban imitar, no se daba por vencida, a pesar de que para ella nada había sido regalado. Rita estaba a su lado, era su coreógrafa asis

