Capítulo 5

1321 Words
Astlyr Desde que todo cambió, nunca sabía a donde me llevarían mis pies. Jamás tenía un rumbo fijo. Tan solo, me movía de un lugar a otro, hacía aquello a lo que mis instintos me obligaban y después volvía a la cabaña abandonada. Me había dado cuenta de que ese lugar también se convirtió en una especie de refugio, más que ser un escondite. Me sentía segura ahí. No todo el tiempo, pero había pequeños momentos, cuando mi conciencia estaba completamente despierta, en los que estando encerrada entre aquellas viejas paredes de madera desgastada, sabía que no podía hacerle daño a nadie. También me sentía segura porque nadie sabía el monstruo que yo era. A veces me consumían las ansias de regresar a Nisk y ver a Trude, tan solo para decirle que estaba bien. Imaginaba todas las preguntas que se hacía sobre mí y lo más probable era que pensara lo peor. Pero no podía hacer eso. «Tenía que mantenerme alejada. De todos.» Aunque, no todo el tiempo… Y era allí cuando mi lado racional sucumbía ante mis impulsos; al igual que como sucedía en ese preciso momento. Estaba cayendo una llovizna, el agua fría humedeció mi cabello y mi ropa, pero eso no me generaba ninguna molestia; ni siquiera frío. Mi sangre siempre estaba caliente. Las manos estaban guardadas en puños dentro de mi chaqueta y mis ojos se perdían en la carretera frente a mí, observando el desolado camino por donde nadie transitaba. Me encontraba en los límites del centro del pueblo. «Sí, en Vantellier.» No tenía exactamente claro qué fue lo que me llevó de regreso ahí, pero estaba tratando de averiguarlo. «¿Tratando?» Me habría gustado reírme de mí misma. En el fondo, conocía bien los motivos, aunque intentara resistirme a ellos, o pretender que podía ignorarlos. Mis ojos estaban fijos en la carretera que conducía al castillo y eso causaba que mi corazón latiera aún más fuerte de lo que ahora lo hacía. Era la primera vez que volvía al pueblo, desde que fui convertida. Y todo se sentía tan extraño, pero, al mismo tiempo, tan familiar. «Benjamin…, siempre estuve tan cerca, pero nunca fuiste capaz de verme». Quizá, esa era la vez que más me había arriesgado, pero no estaba en mis planes que él se diera cuenta de mi visita. Lo mejor para ambos era estar lejos el uno del otro y, a pesar de que una parte de mí ansiara verlo, aunque fuera desde la distancia, como tantas otras veces, esta vez no pasaría. Me di la vuelta y comencé a caminar de regreso al centro del pueblo. La llovizna cesó después. Y yo, simplemente, eso fue lo que hice; caminé mientras recordaba cada momento ahí. «Y, qué curioso que uno de tantos recuerdos me llevó a un lugar en específico.» Me detuve frente a las puertas de Mørke, el club nocturno al que Eir me llevó cuando nos conocimos. Por supuesto, estaba cerrado. Debían ser como las nueve de la mañana. Un haz de nostalgia recorrió mi pecho cuando pensé en ella. «Realmente, me hubiese gustado que pudiéramos ser amigas.» Pero esa fue una de las tantas cosas que no se pudo. Caminé hacia la puerta y me detuve a observar, cuando mis ojos se fijaron en los papeles que estaban pegados a la pared. Entorné los párpados, mientras leía las palabras: «Fiesta de antifaces, sábado 9 de octubre a las 10 p.m.» Levanté las cejas ligeramente y, justo después, una estela fría recorrió mi pecho; acumulándose en medio de mis costillas. Los vellos de mi piel se erizaron y mis sentidos capturaron algo distinto, que me hizo apartar la atención de las hojas frente a mí. Giré la mirada y caminé hacia la punta de la acera, rodeando el edificio, hasta llegar a la parte trasera de este. Por un instante, mi mente se nubló ante los recuerdos. Fue en ese fugaz segundo, en el que me vi mí misma meses atrás, casi inconsciente en el piso, con Benjamin frente a mí, mirándome preocupado por el estado en el que me encontraba. Respiré profundo y cerré los ojos por un momento. Necesitaba concentrarme. Cuando separé los párpados de nuevo, fijé mi atención en una hoja de papel que estaba tirada a la mitad del callejón, junto a un charco de agua. Caminé directo hacia ella y me agaché para recogerla. Era un volante, como los que vi antes pegados en la pared. A simple vista, solo se trataba de eso. Pero tenía algo más en él y yo podía percibirlo. Aunque el papel estuviese húmedo por la lluvia y el rastro se había lavado casi completamente, pude sentirlo. Aquel papel tenía el olor de Kalen Solheim. Antes de ser convertida, por supuesto, jamás habría percibido algo tan sutil como eso, pero era la primera vez en tanto tiempo que sentía algo así. Pude reconocerlo de inmediato. «Eso solo significaba una cosa: Ese maldito estaría en la fiesta.» «Y si él iba a estar ahí, yo tenía que ir también.»   ✷✷✷  Benjamin Cuando la puerta de mi dormitorio se abrió, me di la vuelta hacia ella. Había estado vistiéndome antes. Acababa de ponerme la camiseta, cuando Eir entró. —¡Tienes que ver esto! —exclamó la pelinegra. Ladeé el rostro, mirándola con seriedad. —Eir, ¿qué te he dicho sobre entrar sin avisar? Estaba vistiéndome. —Tendrías que ponerle seguro a la puerta mientras lo haces, no me culpes a mí —respondió—. Y, no sigas con tu sermón —Me apuntó con el dedo índice, antes de que yo pudiera agregar algo más—. Tengo algo importante qué decirte. Tomé un breve suspiro. «Algunas veces, era casi imposible llevarle la contraria a Eir.» —¿De qué se trata? —Mira —Se acercó a mí y de uno de los bolsillos de su chaqueta, sacó una hoja de papel doblada, la cual me entregó después—. Habrá una fiesta el sábado en Mørke, el club del pueblo. Por lo que vi, va a estar buenísima. No nos la podemos perder. Fruncí el ceño mientras leía lo que decía en el dichoso papel, después negué con la cabeza. —Ni de chiste —respondí, entregándoselo de vuelta. Eir ciñó la frente y colocó los puños sobre sus caderas. —No me vas a rechazar esta invitación, Benjamin. Aunque tenga que sacarte a rastras de aquí, vendrás conmigo —puntualizó. —Eir, ¿cómo por qué querría ir yo a una fiesta? —inquirí—. No estoy de humor para soportar a un montón de ebrios bailando. —Tienes una visión muy pesimista de las cosas —Se quejó—. Y, precisamente por eso, es que necesitas salir a distraerte un rato. Benjamin, haz pasado el último tiempo sintiéndote mal. Necesitas un respiro. —No perderé tiempo valioso que podría usar para seguir buscando a Astlyr —refuté—. Eir, ya no insistas. —Insistir es lo que mejor hago —objetó ella—. Además, ya le dije a Holmes y aceptó. Vamos, seremos nosotros tres. ¡Será divertido! Pero, de nuevo, yo negué con la cabeza. —No quiero, Eir. Puedes ir con Holmes y sé que se divertirán los dos. —Por una vez en tu vida, Benjamin Landvik, deja de ser tan cabezota y escúchame —exclamó, mirándome como si fuera mi madre—. Todo el mundo necesita un poco de diversión, incluso nosotros. Y, especialmente, tú. Así que, no importa lo que digas, no voy a quitar el dedo del renglón. Incliné una ceja. —¿Olvidas que la gente de este pueblo nos odia? Eir se encogió de hombros. —Ninguna fiesta tendrá estilo, a menos que estemos nosotros —contestó, esquinando una sonrisa—. Así que, prepárate. Es en dos días. E irás con nosotros sí, o sí.
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