Capítulo 2

2056 Words
Astlyr El cielo estaba oscuro esa mañana. Había descubierto que así solía ser en la mayoría de los funerales. Era como si algo en la naturaleza comprendiera el dolor de las personas y decidiera acompañarlas en él. Pero ni la más tempestuosa de las tormentas se comparaba con el llanto desgarrado de una madre que perdió a su hija. Eso era lo que contemplaba desde la distancia; a una mujer llorando desconsolada, sostenida por los brazos de su esposo, mientras el ataúd era cubierto de tierra. Frente a él, en el pequeño podio, había una foto; una hermosa chica, con una amplia sonrisa. Llevaba un birrete en la cabeza y una bata de graduación. Era solo una mujer llena de sueños, con toda una vida por delante… Una vida que yo arrebaté. No podía separar los ojos de esa sonrisa que ella tenía en la foto, se veía tan feliz. Podía imaginar todas las ilusiones que sentía en el momento en el que se la tomaron. Así como podía recordar su expresión de horror y dolor, antes de que yo terminara con su vida. Tenía un nudo en la garganta y las manos empuñadas a los costados de mi cuerpo; tantas ganas de cerrar los ojos y darme la vuelta, de ya no escuchar los sollozos de la mujer, pero no haría eso. Me obligaba a mí misma a presenciar el dolor de los familiares de las víctimas, aunque eso solo me hundiera más en el pozo. Jamás sería indiferente a todo lo que hacía, a todo el dolor que provocaba. El sentimiento que me arropaba era mucho más grande que la culpa. Ni siquiera tenía nombre. Pero fue inevitable apartar la mirada después, cuando percibí un aroma nuevo en el lugar; ese que transmitía calidez y recuerdos. «Benjamin.» Sentí mi garganta secarse y el pulso de mi corazón detenerse por una fracción de segundo. Al arrastrar mi atención hacia otra zona del cementerio, entre los árboles, lo noté llegar. Se mantuvo en la distancia, tan solo observando y pasando desapercibido, al igual que lo hacía siempre. Sin ninguna falta, Benjamin  asistía a los funerales de mis víctimas, al igual que yo. Siempre lo había observado, aunque él no pudiera percibir mi presencia. Sabía que Benjamin se sentía culpable por todas esas muertes, porque él fue quien me convirtió en esto. Solo con ver su rostro, podía imaginar el rumbo de sus pensamientos. Y, solo con ver su rostro, podía recordar perfectamente cada uno de los momentos que pasamos juntos. Los buenos y los malos. Todo estaba ahí, plasmado en mi piel y en mi alma. Fui tan tonta como para creer que alguien como yo podía estar con él, pensando que podíamos desafiar los riesgos que, en aquel entones, separaban nuestros mundos. Era absurdo y lo sería siempre, pero cualquiera que sintiera todo lo que yo sentía, habría hecho lo mismo. No había sentido común en las emociones y ahora debía pagar el precio de mis decisiones. Una lágrima se deslizó sobre mi mejilla sin que yo me diera cuenta. Había pasado todo aquel tiempo luchando por reprimir esa parte de mi humanidad, pero en ese momento fue imposible no reaccionar de alguna manera. Tragué pesado y el nudo en mi garganta solo se volvió más doloroso, así que pasé el dorso de mi mano para secar esa gota cristalina, tan minúscula, pero que llevaba dentro de sí tantos sentimientos. Benjamin pasó la mirada de los padres de la chica hacia los presentes que los acompañaban para darle la última despedida. Y, mientras hacía ese recorrido visual, dirigió la mirada hacia donde yo estaba. Había los suficientes arbustos a mi alrededor como para que estos me cubrieran, pero, de todos modos, eso provocó que mi pulso se detuviera por un segundo. Entonces, di un paso hacia atrás. Eso hizo que algunas ramas se movieran, lo cual llamó su atención. Noté cómo fruncía el ceño, mientras sus ojos seguían buscando algo en mi dirección. El ritmo de mi pulso aumentó y temí que Benjamin pudiera escucharlo desde donde estaba, así que retrocedí otros pasos y, sintiendo cómo los nervios me erizaban la piel, me di la vuelta y me apresuré en caminar rápido hacia la salida del cementerio. Una vez estuve afuera, corrí hacia una de las esquinas, hasta ocultarme detrás de ella. Y cuando lo hice, me asomé con cuidado. Benjamin salió al poco tiempo y se detuvo a la mitad de la calle baldía, observando en ambas direcciones. Y yo me quedé ahí, inmóvil. Aprecié la forma en la que los huesos de su mandíbula se tensaban conforme pasaban los segundos, hasta que se dio por vencido. Lo supe, porque leí la impotencia en su mirada. Él regresó al cementerio después y yo… Tan solo, me marché.   ✷✷✷  Benjamin —Creo que estás alucinando. Eir me miraba con aprehensión, mientras mantenía las manos en puños sobre sus caderas. Éramos los únicos en la estancia esa noche, acababa de regresar al castillo y, al igual que siempre, ella fue la primera en recibirme. Todo el tiempo era igual, me preguntaba si había encontrado a Astlyr. Y todo el tiempo la respuesta era la misma. —No es así, Eir —aseguré, con molestia—. Astlyr estaba en el funeral, estoy seguro. Ella tomó un largo suspiro y, esta vez, se cruzó de brazos. —¿Pudiste sentir su olor? Aparté la mirada y negué con la cabeza. —No. —Entonces, ¿cómo podrías estar tan seguro? —Porque sé que una parte de ella aún sigue ahí —respondí, volviendo a mirarla—. Y sé que está sufriendo. Tú y yo hemos estado en su lugar antes, Eir. Sabemos lo que se siente la culpa, la maldita frustración de tener que seguir haciendo esto. —Ha pasado demasiado tiempo, Benjamin —murmuró ella, mirándome con pena—. Quizá habríamos podido traer a la Astlyr que conocimos de regreso, si ella no hubiese huido. Pero, ¿ahora? No tenemos la menor idea de cómo es en este momento. —Sé que sigue ahí —pronuncié, con voz ronca—. Sé que aún puedo recuperarla. Eir juntó los labios en una línea recta y me miró no solo con afecto, sino también con tristeza. Entonces, se acercó a mí y apoyó una mano sobre mi hombro. —Sé que es duro, pero debes aceptar que la chica que conocimos ya no existe. Tragué pesado, sintiendo ese maldito nudo en la garganta. —Entonces, ¿qué demonios se supone que debo hacer? —espeté. Eir humedeció sus labios y parpadeó débilmente, antes de alejarse de mí y dar algunos pasos sin rumbo por la estancia, hasta detenerse frente a la chimenea. Juntó las manos sobre su estómago y tomó un breve suspiro, antes de hablar. —Si Astlyr continúa asesinando a personas de esta manera, tendrás que detenerla… De una manera o de otra. Primero fruncí el ceño, sin entender a qué se refería… Hasta que sus palabras tuvieron sentido. —No puedo hacer eso —respondí, de inmediato. —De hecho, eres el único que puede —musitó, humedeciendo sus labios una vez más. Sabía que intentaba escoger cada palabra con cuidado, para hacerlo menos doloroso—. Benjamin, tú mejor que nadie sabes cómo es esto. Tenemos un código y es muy específico. Sabía que lo que Eir decía era verdad, pero yo no podía aceptarlo. El código decía que solo había una condición bajo la que se permitía que un Canníbel asesinara otro. Si un Canníbel recién convertido no aprendía a controlar sus instintos, solo aquel que lo convirtió tenía derecho de asesinarlo con la daga Fílidur. Era una responsabilidad que le confería por haber sido este quien lo indujo al mundo de los Canníbels. En este caso, era mi responsabilidad. Pero yo no podía hacer eso. La razón por la que convertí a Astlyr era porque me negaba a perderla tan pronto. Fui un maldito egoísta, sí, pero no estaba dispuesto a perderla una vez más. No me detendría hasta encontrarla y recuperarla. Y sabía que eso sucedería pronto. Aunque Eir creyera que fueron solo ideas mías por mi necesidad de volver a verla, yo sabía que no era así. Astlyr estuvo en ese funeral también. —Benjamin… —No voy a hacer eso, Eir —contesté, de forma tajante—. Astlyr volverá, yo haré que así sea. Después de pronunciar estas palabras, abandoné la estancia. Nada me haría cambiar de opinión.   ✷✷✷    Astlyr Habían pasado varios días, era de noche y me encontraba sentada en el borde de la ventana, observando el cielo. Era noche de luna llena. Intentaba mantenerme anclada al momento, al brillante reflejo de la luz y al matiz de los cráteres, como si eso sirviera de algo. Pero sabía que no era así y que jamás lo sería. Sin importar cuántas excusas buscara, o cuántos intentos hiciera, todo siempre terminaba en el mismo punto. Lo sabía, porque podía sentir  cómo mis instintos rugían bajo mi piel, erizándola, anunciándome que en cualquier momento serían liberados. Tragué saliva y me levanté después, contemplando la habitación oscura en la que me encontraba. Había estado quedándome los últimos meses en una pequeña cabaña abandonada. No tenía la menor idea de cuánto tiempo llevaba en esas condiciones, pero solo necesitaba un techo en dónde estar. De todos modos, mis necesidades habían cambiado. Lo único que necesitaba era alimentarme. Me las había arreglado también para volver a mi ciudad sin que nadie lo notara, ni siquiera Trude. Estuve ahí para buscar el resto de mi ropa y después volví, siempre escabulléndome, ingeniándomelas para que mi paradero fuera un misterio. «Eso era lo mejor para todos.» Así que, me encontraba ahí; acompañada por mi propia soledad, por esa terrible emoción que siempre llevaba conmigo, pues solo era una forma explícita de plasmar lo sola que estaba.  Volví a respirar hondo y estiré mis dedos, para después contraerlos en puños. Podía sentir el calor recorriendo mi sangre, haciéndola hervir como si llevase una parte del infierno siempre conmigo. Sabía lo que se aproximaba y, con cada segundo que transcurría, mis ganas de evitarlo eran reemplazadas por las ansias de liberarlo y permitir que me controlara. Caminé hacia la puerta y salí de la cabaña después, llevando las manos guardadas en los bolsillos de mi chaqueta y manteniendo mis pasos sigilosos. Estaba lo suficientemente alejada de la civilización como para que nadie me encontrara fácilmente, pero eso también me daba otras ventajas. Cuando llegué a la carretera, escuché algo lejano el ruido del tren. Alcé la mirada de nuevo hacia el cielo y, por la posición de la luna, supuse que debía ser casi la medianoche. Los pasajeros debían estar por llegar. Me dirigí después a la estación, manteniendo mis pasos seguros y la mirada siempre fija al frente, hasta que contemplé mi destino. La zona donde había estado quedándome era dos pueblos más allá de Vantellier; un lugar mucho más pequeño y rural, pero donde también había una estación por la que pasaba el tren. Al llegar al lugar, me quedé a un poca distancia, observando. El tren llegó poco tiempo después y algunos pasajeros bajaron de él. El aliento escapó cálido y pesado por mis fosas nasales, mientras la presión sobre mis costillas se volvía cada vez más fuerte. Podía sentir cómo mi conciencia se apagaba de a poco, dando lugar a alguien nuevo; a un ser que sentía la fuerza adueñarse de cada milímetro de su cuerpo, cediéndole el paso para que hiciera con ella lo que quisiera. Contemplé a cada una de las personas que había llegado, hasta que una de ellas, especialmente, llamó mi atención. Una chica de largo cabello castaño, que iba sola, con una valija. Me recordó a mí, meses antes. La seguí con la mirada, contemplándola alejarse de las personas, hasta que estuvo completamente sola. Entonces, comencé a seguirla, sin que ni ella ni nadie más lo notara. Era irónico pensar en cómo habían cambiado los papeles, pues esa chica y yo éramos el vivo reflejo de lo que sucedió cuando llegué a Vantellier la primera vez; ambas ignorando el peligro…, ambas siendo acechadas por un monstruo. Solo la luna y yo sabíamos lo que estaba a punto de hacer.
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