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909 Words
La biblioteca Del Segundo Piso Serena subió las escaleras con paso cuidadoso, recorriendo los pasillos del ala sur. Fue entonces cuando un portal de madera oscura llamó su atención: una puerta entreabierta que dejaba entrever estantes repletos de libros y un ambiente diferente al resto de la villa. Al entrar, se encontró en una biblioteca amplia y luminosa, con ventanas altas que dejaban entrar la luz de la tarde. Escritorios cuidadosamente organizados se alineaban frente a otros con monitores y teclados, dándole un aire moderno que contrastaba con la antigüedad de los estantes y los libros. Parecía un espacio de trabajo universitario, donde la tradición y la tecnología convivían en perfecta armonía. Sus dedos rozaron los lomos de los libros mientras caminaba entre los pasillos de madera. Había títulos en italiano, inglés y español; clásicos, novelas contemporáneas, tratados de arte y enciclopedias. Otro sector con temas específicos como administración, marca, etc. Cada volumen parecía haber sido colocado con intención, como si los dueños de la villa quisieran ofrecer un pequeño mundo en cada estante. Con curiosidad, Serena abrió varios libros, dejándose absorber por las ilustraciones, las palabras y los idiomas. Incluso encontró cuadernos y manuscritos que parecían notas de estudio, con márgenes llenos de comentarios escritos a mano. Un sentimiento cálido la invadió: este lugar no era solo un refugio; era un espacio de aprendizaje, de descubrimiento, un rincón donde podía explorar, pensar y crecer sin prisas ni expectativas externas. Se sentó frente a uno de los escritorios, dejando que los libros se apilaran a su alrededor. Tomó el teclado y tecleó con cautela, explorando el monitor sin tocar nada importante, como si la villa misma le estuviera dando permiso para apropiarse del espacio de manera temporal. Cada detalle reforzaba la sensación de bienvenida y Serena sintió por primera vez en semanas que estaba exactamente donde debía estar. Encuentro con el secretario Mientras Serena estaba absorta en la lectura después de admirar cada detalle de la biblioteca y sus estanterías, escuchó pasos firmes acercándose y entrar. Levantó la cabeza y vio a un hombre que se acercaba con paso seguro y mirada calculadora, aunque claramente sorprendido. Su porte imponía respeto inmediato: traje oscuro perfectamente cortado, chaleco que ajustaba impecablemente su torso y un delantal de cintura que le daba un aire de mayordomo, aunque la rigidez en sus hombros y la firmeza de su expresión recordaban más a un guardaespaldas de los años 30. - Señorita Whitmore. - dijo, con voz grave y medida, inclinando ligeramente la cabeza con el acento marcado – No esperaba encontrarla aquí. Espero que su recorrido por la villa sea de su agrado. Serena lo observó con curiosidad. Había algo en él que imponía, pero no de manera amenazante. Más bien era un tipo de autoridad silenciosa, casi ceremonial, como si cada movimiento estuviera calculado para anticipar cualquier eventualidad. - Gracias… - respondió Serena, todavía sorprendida - Todo es… impresionante. El hombre asintió apenas, sus ojos evaluando cada gesto de ella como si registrara la seguridad y la prudencia de sus movimientos. - Me alegra escuchar eso. Mi nombre es Theo. Estoy a disposición para lo que necesite. Mi deber es cuidar que su estancia sea… cómoda y segura. Serena notó el matiz en su voz, la manera en que cada palabra estaba medida, como si hablar demasiado pudiera romper el equilibrio de su autoridad. - Gracias, señor Theo. No dudo que así será. - Solo Theo, signorina. El hombre hizo una leve inclinación, sin apartar la mirada. - Si requiere algo, no dude en llamarme. También puedo indicarle los caminos más directos dentro de la villa… o presentarle a quienes considere prudente. Está el conductor Matheo y el jardinero, Gino. Serena asintió, todavía impresionada por la figura casi cinematográfica frente a ella. Mientras Theo se retiraba con pasos silenciosos, se dio cuenta de que la villa no era solo elegante: estaba protegida por alguien capaz de imponer orden con solo su presencia. Y, sin saberlo aún, esa seguridad le daba un extraño alivio. Serena observó cómo Theo se alejaba, pero no pudo evitar fijarse en su porte: el traje oscuro y el chaleco impecable, combinado con el delantal ceñido a la cintura, le daba un aire de mayordomo de otra época… o de mafioso de los años 30. Su curiosidad pudo más que la formalidad. - Theo - lo llamó con suavidad, llamando su atención mientras él giraba levemente - ¿Qué está haciendo con ese delantal? El hombre la miró, apenas arqueando una ceja, como si la pregunta fuera más inocente de lo que esperaba. - A mi jefe le gusta la pasta fresca. - respondió con calma - Estoy preparando el almuerzo. Serena soltó una risa ligera, divertida por la imagen del serio Theo mezclando pasta mientras conservaba ese aire de autoridad inquebrantable. - ¿Pasta fresca? - dijo, aún sonriendo - ¿Entonces puedo ayudarle? Theo la miró de arriba a abajo, evaluando la oferta. - Si insiste, puede… amasar la pasta. Pero solo bajo supervisión. No quisiéramos que algún desastre arruinara la cocina de mi jefe. - No se preocupe. Siempre quise intentar hacer pasta italiana de verdad - dijo, sus ojos brillando con curiosidad y diversión. Theo permitió un pequeño asentimiento, cruzando los brazos, pero la rigidez de su postura se suavizó apenas. - Entonces, manos a la obra, signorina. Pero recuerde: la precisión es más importante que la velocidad. Mi jefe no acepta menos que la perfección.
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