10

798 Words
El Almuerzo El aroma de la pasta fresca llenaba la cocina mientras Serena y Theo preparaban el almuerzo. La luz del medio día entraba por las ventanas, iluminando la masa perfectamente estirada y la salsa que Serena había preparado con precisión. Rafaele apareció en el comedor, observando la escena desde el umbral. Notó de inmediato algo que lo hizo sonreír: la manera en que Serena manejaba los utensilios, la firmeza y seguridad en sus movimientos, la “mano” que había adquirido tras años de experiencia. Era natural, elegante y precisa y eso le agradaba profundamente. - ¿Vamos a almorzar ya? – preguntó fingiendo indiferencia, aunque había estado atento a los aromas que se filtraban por el ventanal de su estudio de trabajo. - Ah, la salsa. - dijo Theo en italiano, inclinándose ligeramente mientras hablaba - La ha preparado la señorita. Rafaele se acercó, sentándose en su puesto y dejando escapar una risa ligera, genuina. - Si supiera hacer Zabaione y Cannoli… sería feliz. - comentó, sus ojos brillando con una mezcla de humor y aprecio. Serena rio ante la idea, dejando que el delantal se arrugara un poco mientras se secaba las manos. - Entonces, señor Moretti, le alegrará saber que sí sé hacerlos - dijo con una sonrisa traviesa - Se los prepararé como agradecimiento por su bienvenida. Rafaele no pudo evitar asentir con satisfacción. Su mente repasaba lo obvio: no solo era hábil y elegante, sino también ingeniosa y dispuesta a integrarse en la familia. Cada detalle, cada gesto, reforzaba la impresión de que Serena Whitmore no era una invitada cualquiera, sino alguien que podría ocupar un lugar muy especial en sus planes… y en la vida de Dante. Mientras Theo servía la pasta en los platos y Rafaele observaba con atención, Serena se sintió cómoda por primera vez desde su llegada. El almuerzo, sencillo, pero cargado de calidez y aromas deliciosos, se convirtió en un pequeño ritual que marcaba un paso más hacia la integración de Serena en la villa, y, quizás sin saberlo, en la vida de quienes la rodeaban. Dante Llega a Casa La villa estaba bañada por la luz cálida de la tarde. Serena había pasado la mañana explorando la biblioteca, ayudando en la cocina y acomodándose en su habitación. Ahora caminaba por uno de los corredores del segundo piso, todavía absorta en los libros que había hojeado, cuando escuchó pasos detrás de ella. Se detuvo y giró lentamente y allí estaba él: Dante. Su postura era firme, elegante, y el traje ajustado realzaba la línea de sus hombros. Sus ojos se encontraron por un instante, y un leve cosquilleo recorrió a Serena. No era solo la sorpresa de verlo, sino la mezcla de respeto, desafío y algo indescifrable que emanaba de él. - Señorita Whitmore. - dijo Dante con voz grave, midiendo cada palabra - No esperaba encontrarla en los pasillos. - Señor Moretti. - respondió Serena, enderezando la espalda y controlando su sonrisa - La villa es muy hermosa, pensé que recorrer un poco no estaría mal. Dante se acercó un paso, pero sin invadir su espacio. La tensión creció en el aire; cada uno consciente de la presencia del otro, pero sin romper la formalidad. - Me alegra verla explorando. - dijo él, con un deje de curiosidad - Supongo que todo este lugar puede ser… un poco abrumador al principio. Serena ladeó ligeramente la cabeza, evaluándolo, disfrutando del doble filo en sus palabras. - No me siento abrumada. – replicó - Solo… admirada. Hay mucho que aprender aquí y creo que no es solo cuestión de recorrer pasillos o admirar muebles antiguos. Dante sonrió apenas, un gesto que contrastaba con la seriedad de su voz. - Intrigada, ¿eh? - murmuró, dejando que la segunda lectura de su comentario flotara entre ellos - Espero que la intriga no se convierta en curiosidad peligrosa. - ¿Tengo que preocuparme, señor Moretti? - No lo sé. Dímelo tú. Serena rio suavemente, una risa que parecía contener una mezcla de diversión y desafío. - Dependerá de quién guíe esa curiosidad, señor Moretti. - dijo, dejando en claro que no temía a la tensión que surgía entre ambos. - Soy un buen maestro... - susurró. - Eso tengo que verlo. Por un instante, el corredor se convirtió en un escenario donde cada gesto, cada silencio, cargaba más que palabras. Dante inclinó levemente la cabeza, como si aceptara el reto implícito y Serena percibió que, detrás de la formalidad, existía un interés genuino, medido y peligroso a la vez. Rafaele, desde el corredor al otro lado extremo, observaba con una sonrisa apenas visible: sabía que su hijo estaba frente a alguien que no solo lo retaría, sino que podría cambiarle la vida de maneras que ni él mismo aún comprendía.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD