Gastos De Manutención
Un par de días después, por la mañana Dante se inclinó sobre la mesa del comedor familiar, recogiendo las llaves del auto y su móvil, la cabeza aún envuelta en los recuerdos de la ceremonia secreta que habían compartido. El aroma a café recién hecho y pan tostado llenaba la cocina, donde Serena ya se encontraba sentada junto a Teo y Rafaele, sonriendo mientras hojeaba un pequeño cuaderno de recetas.
- Te enviaré el almuerzo. - dijo, guiñándole un ojo - Te haré lasaña.
Dante sonrió, pero no se movió, a la espera.
- ¿Pasa algo? – le preguntó y Dante le sonrió.
- Estoy esperando que me des cambio suelto…
De repente, al recordar su conversación que tuvieron en el automóvil, ella se levantó apresurada, sus pasos ligeros resonando suavemente sobre el suelo de mármol. Se acercó a un cajón, lo abrió con rapidez y sacó una billetera adornada con flores. Con manos decididas, rebuscó un par de billetes y los extendió hacia Dante con una sonrisa traviesa, casi juguetona.
- No malgastes el dinero.
Dante soltó una risita.
- Los gastaré bien. - murmuró, sus ojos brillando con cariño y deseo.
El hombre tomó los billetes, metiéndolos en su bolsillo con una sonrisa y se inclinó para darle un rápido beso en los labios, breve, pero cargado de intensidad.
Rafaele y Teo se inclinaron ligeramente, como si no pudieran contener su asombro y diversión al ver la complicidad de la pareja.
- ¿Por qué estás tan feliz? – le preguntó Rafaele.
- Recibí mis gastos de manutención… - dijo con una sonrisa traviesa y se despidió de su padre con un tono juguetón al marcharse hacia la salida, el peso de la responsabilidad y el amor mezclándose en cada movimiento - Prenditi cura di mia moglie, nonno. - dijo en italiano, mientras su mirada se cruzaba con la de Rafaele - E comportati bene. Ha i nostri soldi dai conti.
- Davvero?!
Rafaele, con una sonrisa orgullosa y un brillo en los ojos que denotaba tanto amor como diversión, asintió, consciente de que su hijo ahora estaba en manos de alguien digno y que también sabía manejar la intensidad de su familia.
Serena lo vio salir, todavía con la sonrisa traviesa en el rostro y se acomodó en la silla, disfrutando del aroma de la cocina y de la certeza de que su esposo la cuidaría… y que ella también cuidaría de él, paso a paso, sin prisa, pero con toda la pasión que ya había comenzado a florecer entre ellos.
Concéntrate
Dante permanecía sentado al final de la larga mesa de caoba, rodeado de delegados del municipio de Roma y de los representantes de la galería. Cada argumento que lanzaban en contra de su proyecto parecía calculado para sacarlo de quicio. Pero Dante mantenía la compostura, su rostro entre serio y con una sonrisa torcida que transmitía una amenaza silenciosa. Los delegados intercambiaban miradas nerviosas; pocos se atrevían a sostenerle la mirada.
Habían pasado ya más de sesenta minutos discutiendo planos, presupuestos y restricciones municipales. Cada vez que sentía que alguien le imponía su voluntad, Dante tocaba discretamente los billetes que le había entregado su esposa para su manutención. Ese simple gesto le recordaba que ahora tenía un ancla, alguien por quien luchar, alguien cuya confianza no podía defraudar.
Las duchas frías de las mañanas no habían aliviado del todo la tensión que le generaba despertarse con la erección dolorosa que parecía recordarle a cada instante la cercanía de Serena a su lado. Su mente no podía dejar de evocar su perfume, el delicado aroma que aún impregnaba la habitación que compartían, mezclándose con los recuerdos de sus risas y miradas cómplices.
Mientras los delegados debatían sobre medidas y permisos, Dante ya planeaba mentalmente cómo adaptar la villa para que Serena se sintiera completamente a gusto. Observaba en su mente cada rincón: la habitación de invitados donde ella aún debía cambiarse por la ropa que traía, el espacio donde podía ampliar su habitación para incluir un vestidor, o mejor aún, acondicionar una de las grandes habitaciones del tercer piso como la habitación de la pareja, con dos vestidores y dos estudios independientes para que ambos pudieran trabajar sin interferencias.
El pensamiento de construir ese espacio no solo era funcional, sino también simbólico: un refugio compartido donde podían ser ellos mismos, sin presiones externas, sin intrusos, un lugar donde la intensidad de su vínculo y el cuidado mutuo se reflejarían en cada detalle.
Cuando un delegado levantó la voz para insistir en una restricción absurda, Dante se inclinó levemente hacia adelante, con la sonrisa torcida y un brillo peligroso en los ojos.
- Escuchen, señores… - dijo con voz controlada, pero cargada de autoridad - Este proyecto se hará como hemos planeado. No aceptaré concesiones que comprometan la visión artística.
Hubo un silencio tenso. Incluso los delegados más obstinados comprendieron que no había margen para discutir. Dante tocó los billetes nuevamente, un recordatorio silencioso de que su fuerza no provenía solo de su posición, sino del vínculo con su esposa, de la certeza de que Serena lo respaldaba incluso desde la distancia.
- Continúen.
Mientras explicaban el por qué ciertas estructuras debían mantenerse, su mente viajaba hacia la villa. Ella debe sentirse cómoda, segura… pensaba. El vestidor, el estudio, podemos usar la habitación grande del tercer piso… todo tiene que ser perfecto para ella. Recordaba cómo se había acurrucado en su abrazo la noche anterior, cómo su perfume aún flotaba en el aire y cómo su cuerpo le pedía acercamiento, pero sabía que debía esperar. Paciencia, Dante… cada paso a su ritmo.
Un delegado levantó la voz, señalando un margen de maniobra que Dante no estaba dispuesto a ceder. Sus ojos brillaron, la sonrisa torcida apareció nuevamente, cargada de autoridad y peligro.
- Señores, como expliqué… - su voz firme, pero controlada - Este proyecto se hará tal como lo hemos planeado. No se aceptarán concesiones que comprometan la integridad de la obra. No arriesgaré al publico por ahorrar dinero.
Mientras hablaba, su mente enviaba silenciosos mensajes hacia Serena, imaginando cómo se sentiría al saber que todo estaba bajo control:
No te preocupes, piccola. Todo está bien. Cada paso que doy es por nosotros. Estoy aquí para proteger nuestro espacio, nuestra vida.
Los delegados se miraron entre sí, confundidos ante la mezcla de autoridad y serenidad de Dante. Él, sin despegar los ojos de los planos, pensaba en cómo sorprendería a Serena con la nueva habitación, los vestidores, el estudio. Incluso un pequeño detalle, como el aroma de su perfume en la habitación principal, estaba pensado para ella.
- Si seguimos por este camino, - continuó Dante - la galería será un referente no solo artístico, sino también funcional. Cada decisión tiene un propósito. No se trata de sus egos, sino de algo mayor. Y… - su voz bajó levemente, cargada de complicidad consigo mismo - … algo que alguien especial espera con paciencia que haga bien.
Un escalofrío recorrió la sala cuando su mirada se endureció; incluso sin palabras, los delegados percibían que no habría concesión posible. Pero en su mente, la voz suave de Serena le susurraba que todo valdría la pena, que la paciencia sería recompensada, que cada sacrificio profesional tenía un fin dulce y personal.
Mientras Dante repasaba mentalmente los últimos puntos de la reunión, su teléfono vibró discretamente sobre la mesa. Un mensaje breve apareció en la pantalla:
“Dante, tu almuerzo ya está en la oficina. He hecho lasaña, como pediste.
– S”
Una sonrisa involuntaria se dibujó en su rostro. Solo leer la nota le devolvía la calma y le recordaba que, pese al estrés, había alguien esperándolo en la villa.
Se aclaró la garganta y, con una determinación que silenció a todos los presentes, golpeó ligeramente la mesa:
- Delegados, sus argumentos no son válidos. Esa orden fue derogada hace años; esa medida cambió en 1999. - Su voz firme resonó en la sala, cargada de autoridad - Si van a entorpecer mi trabajo, no den excusas tontas. La apertura de la galería se realizará en un mes, tal como está programado.
Hubo un silencio incómodo. Algunos miraban los documentos, otros a Dante, comprendiendo que no habría negociación posible.
El CEO tomó los planos, los billetes que Serena le había entregado y los guardó en su portafolio. Con un último vistazo a la sala, respiró hondo y cerró la reunión:
- Todo queda decidido. Ahora, si me disculpan, tengo otros asuntos que atender.
Mientras recogía sus cosas, no pudo evitar pensar en Serena, en cómo su mensaje le había dado fuerza para no ceder ni un centímetro. La galería estaba asegurada, pero lo más importante para Dante era que pronto estaría de regreso con ella, disfrutando de la tranquilidad que solo su esposa podía brindarle.