Despejando Dudas
Serena se desperezó al sentir la luz del sol filtrarse por las cortinas. El cuarto estaba silencioso; Dante no estaba. Miró el reloj: sábado. El hombre no había ido a la oficina, así que probablemente había ido al gimnasio que estaba acondicionado en el ala oeste de la villa.
Se levantó, aún con el camisón que había usado la noche anterior, tomó su bata y se dirigió al ala sur con una fuente de bocadillos en las manos, pensando que sería bueno darles algo a los pupilos que estaban a medio mes y con evaluaciones. A medio camino se encontró con Kaela, que estaba sentada en un banco lateral, concentrada en su Nintendo Switch. La consola quedó en pausa al verla.
- Buenos días, Kaela… - dijo Serena, con una sonrisa algo tensa, tratando de ocultar su nerviosismo.
- Buenos días, Serena ¿Qué llevas ahí? - Kaela inclinó la cabeza, observando la fuente.
- Bocadillos… quería… darles algo. - murmuró Serena, un poco inquieta. Dudó un instante antes de hablar – ¿Puedo preguntarte algo?
La joven la miró con curiosidad genuina.
- Claro. Si lo sé te responderé. Si no, usaremos IA.
- Kaela… necesito… ayuda. Es que… aún soy un poco inexperta en bueno.... Y Dante...
Kaela la miró con sorpresa, pero su expresión pronto se suavizó en comprensión. A pesar de que Serena era mayor, parecía más inocente que ella en algunas. Ya lo había visto cuando la llevó a comprar lencería sexy para volver loco a Dante.
- Ah… entiendo. - dijo la joven, poniendo la consola a un lado - Escucha, Serena. No puedo hablar por todos ya que no creo en las novelas románticas, pero si sé que el amor incluye el sexo, pero el sexo no siempre incluye el amor. A veces es solo un acto físico para calmarte, otras veces una manera de expresar afecto, otras, un pago o transacción. Lo importante es que entre ustedes haya confianza.
Serena asintió, un poco avergonzada, pero Kaela continuó.
- Dices que quieres a Dante, ¿verdad?
- Sí… - respondió Serena con sinceridad, aunque no estaba segura de si eso era amor, deseo o solo cariño profundo.
- Entonces, no te presiones. No es necesario hacerlo bien. Sólo se honesta con él y con tu cuerpo. Si te gusta, pídelo. Si no te gusta di no. Es simple. - dijo Kaela con una sonrisa tranquila.
- Y si no sé lo que me gusta del todo.
- Deja que Dante te enseñe… No es un adolescente que compite por quien la tiene más grande o cuanto puede durar antes de c******e. Él te enseñará si le preguntas. SI te quedas callada no sabrá lo que te gusta o lo que no y sólo hará lo suyo. - la miró con honestidad - Sé que no se conocen hace mucho, pero también eres su esposa. Déjate llevar y prueba. En algún momento, será natural. Entre esposos, si hay confianza, respeto y afecto, todo lo demás está permitido si ambos están de acuerdo. Si lo tocas, él sabrá que le importas. Los hombres son cazadores; les gusta la persecución, pero se aburren si no ven la meta o si no muestras interés en ellos.
Serena lo pensó mientras sostenía la fuente. La claridad en las palabras de Kaela le hizo sentir menos miedo, como si hubiera una guía para navegar la confusión que sentía.
- Gracias, Kaela… - dijo finalmente - Creo que necesitaba escuchar eso. Solo… no quiero hacer nada que lo haga sentir incómodo.
- Y no lo harás. - aseguró Kaela, levantándose para darle un abrazo rápido - Solo sigue tu ritmo. Él lo entenderá, Serena. Él siempre lo hace.
Serena sonrió, sintiéndose más tranquila. De repente, ya no parecía tan abrumador. Había un camino, un ritmo que podían construir juntos. Y por primera vez, comprendió que no necesitaba apresurarse: su confianza y la de Dante eran suficientes para empezar a aprender, paso a paso, sobre la cercanía entre esposos.
Con ese pensamiento, Serena siguió su camino hacia el comedor de los pupilos, la bandeja en sus manos, pero con el corazón más ligero y la mente más clara sobre lo que significaba estar con Dante: un matrimonio donde el afecto, la paciencia y la confianza eran las guías.
Serena regresó al ala este después de dejar los bocadillos, aún con la bata ligera sobre el camisón, cuando vio a Dante entrando en la villa con pantaloncillos de deporte y una sudadera ajustada a su torso mojada de sudor. Cada movimiento, cada línea de su cuerpo, hacía que la mente de Serena se llenara de pensamientos traviesos, emociones y una mezcla de deseo y curiosidad que no había sentido antes.
Dante la vio y sus ojos se abrieron de inmediato. La bata, el camisón de seda que se ajustaba a su cuerpo, la forma en que caminaba despreocupada por la villa… Todo en ella era tentador. Sin pensarlo, corrió hacia ella, cubriéndola con su cuerpo y alzándola en brazos. El calor que sintió la recorrió de inmediato.
Mientras cruzaban el pasillo hacia el tercer piso, se encontraron con Rafaele, quien se dirigía a la cocina y los observó, descolocado:
- ¿Tan temprano? - preguntó, aún sorprendido.
- ¡Me ocuparé de Serena y ustedes se adelanten a preparar el café! - gritó Dante sin detenerse, avanzando con decisión.
Rafaele sonrió con picardía, murmurando algo sobre el amor joven, pero Dante apenas lo notó; su corazón latía demasiado rápido y su mente estaba concentrada únicamente en Serena. Podía sentir sus curvas bajo la delgada tela. La llevó hasta la habitación y la colocó sobre la cama, pasando la mano por su cabello sudado y desordenado mientras respiraba hondo para calmarse.
- No deberías pasearte así por la villa. - exclamó con mezcla de frustración y ansiedad - Hay seguridad, hombres vigilando el perímetro…
- Pero fui a llevarles bocadillos… - intentó explicar Serena, aún nerviosa y sorprendida.
- ¡¿No te das cuenta lo deseable que te ves?! - replicó Dante, con la voz cargada de deseo contenido – Mierda. Voy a volverme loco.
- Pero soy tu esposa… - murmuró Serena, con una sonrisa tímida.
Dante gruñó suavemente y se acercó, asegurándose de que solo él estuviera frente a ella.
- Lo eres, piccola traviesa, pero mi control tiene límite. - dijo, con intensidad tomando su tobillo, acariciando suavemente su pierna subiendo por el muslo, dejando claro con cada gesto que ella era solo suya.
Serena se dejó envolver por su abrazo, sintiendo su cercanía, su calor y su protección. En ese momento comprendió que no se trataba solo de deseo: era posesión y afecto, pasión contenida y amor que se prometían mutuamente.
- Mio. Solo para mis ojos. - susurró Dante, mirándola con intensidad antes de sujetarla y darle una nalgada con la mano abierta para luego alejarse para ir a ducharse en otra habitación o la tomaría allí mismo - Mierda, tendría que follarte hasta que grites mi nombre y recuerdes que soy el único que tiene tu cuerpo.
Y en ese comentario descarado, Serena entendió que estaba completamente segura con él, que podía confiar en su control, su paciencia y su deseo por cuidarla y protegerla, incluso en la intensidad de la pasión que los envolvía.