El Viaje A Roma
Dante caminaba por el ala este con el ceño fruncido, tratando de mantener la compostura mientras observaba los planos de la nueva habitación. Había pasado horas discutiendo con Serena cómo la quería: vestidores amplios para ambos, un baño grande con tina y ducha, tocador, estudios anexos para que cada uno pudiera trabajar y espacio suficiente para la vida que estaban construyendo juntos. Cada detalle había sido cuidadosamente pensado, pero ahora, al estar tan cerca del lugar, sentía una mezcla de emoción y ansiedad.
- No puedo acercarme demasiado. - se dijo, recordando lo cerca que Serena estaba y cómo su mera presencia le aceleraba el corazón y hacía estragos con su líbido - Cada vez que la veo… me resulta imposible concentrarme. De verdad es difícil.
Contrató a un equipo especializado para las remodelaciones y se aseguró de que todo comenzara esa misma semana. Los carpinteros medían, los electricistas revisaban planos y los diseñadores discutían materiales y colores de la paleta que habían decidido. Dante se movía entre ellos con firmeza, pero su mente no podía dejar de recordar a Serena en esos camisones que seguro eran contribución de Kaela, riendo o revisando algún detalle de los pupilos. Cada vez que pensaba en su cuerpo, en su aroma, sentía cómo la curiosidad que ella misma le había despertado lo consumía y luchaba por mantener la distancia.
Se apoyó contra el marco de la puerta del lugar, respirando hondo, observando cómo cada trabajador acomodaba un mueble, medía un vestidor, instalaba iluminación suave. Todo debía ser perfecto para Serena, para su espacio, para su hogar. Y, aunque intentaba concentrarse en los planos y en las instrucciones, la realidad lo golpeaba: quería verla, tocarla, sentirla cerca.
- Un camisón más y no respondo por mí mismo. - murmuró, con los dientes apretados -
Se giró y salió del ala, dejando que los profesionales continuaran con su trabajo, mientras él caminaba por el jardín para despejar su mente. Tenía que mantenerse alejado de Serena hasta que la habitación estuviera lista. No podía arriesgarse a ceder a la curiosidad y la deseo que sentía por ella; sabía que cada mirada, cada roce accidental, lo haría perder el control.
Pero mientras caminaba entre las flores y los arbustos perfectamente cuidados del jardín, una sonrisa se dibujó en su rostro. Todo ese esfuerzo, toda esa planificación, cada detalle, era para ella. Para su piccola. Y esa certeza era más excitante y dolorosa a la vez que cualquier tentación que trataba de reprimir.
- ¿Dante?
La voz de Serena lo sobresaltó. El hombre se giró para verla. Llevaba un vestido claro que la hacía ver hermosa a sus ojos.
- Piccola…
- ¿Vas a cenar o quieres otra cosa?
- Cenaré. Tengo que preparar la inauguración de la galería en Roma.
- ¿Vas a viajar?
- Tengo que… Viajaré mañana.
Serena lo observó con cuidado y supo que lo hacía por ella y se sintió culpable. Lo escuchaba por las noches ir al baño por duchas frías y varias veces su erección lo delató, aunque trató de disimularlo.
- Oh, vaya… - Serena sonrió con timidez – Bueno… vamos y te ayudaré si lo necesitas.
- Gracias, mia dolce.
Ambos caminaron de regreso a la villa.
La Decisión De Serena
La joven avanzaba con determinación por el vestíbulo del hotel en Roma, escoltada por dos de los hombres de Rafaele. Sus pasos resonaban con firmeza sobre el mármol pulido, pero el corazón le latía con fuerza. Sabía que Dante estaba allí por ella, supervisando la apertura de la galería y la culpa se colaba entre la emoción. Ella había confiado en su paciencia, pero sabía que Dante tenía necesidades y ella, en esos días de ausencia, se había dado cuenta que había sido inmadura y egoísta.
Dante no era Damian y si quería seguir adelante debía dar un paso firme.
Uno de los escoltas preguntó al recepcionista por el señor Moretti informando que la señora lo buscaba.
- Señora, no puedo dar información de los huéspedes a extraños. - dijo uno de los recepcionistas, con un gesto firme.
Serena le mostró el certificado de matrimonio con una sonrisa tranquila. La reacción del hombre cambió instantáneamente.
- Señora Moretti… Su esposo está en la habitación presidencial, – respondió - pero ahora se encuentra en el bar esperando a unos delegados municipales.
- Gracias…
Respirando hondo, Serena se dirigió al bar del hotel seguida de los escoltas. Su vista se detuvo de inmediato cuando llegó a la entrada: Dante estaba apoyado en la barra, con un vaso de vino en la mano. Junto a él, una mujer rubia conversaba con gestos suaves y coquetos, peligrosamente cerca de su esposo. Un escalofrío recorrió la espalda de Serena; por un instante, la imagen le recordó a Damian y la mujer con la que la había engañado.
Pero Dante no tardó en poner orden poniendo distancia. Con voz firme, dijo a la mujer:
- Soy un hombre casado. No sé que esperas al aparecerte aquí.
La rubia arqueó una ceja y se inclinó hacia él, con un toque de sarcasmo:
- ¡Oh, vamos! Supe que la inauguración de la galería era financiada por tu empresa.
- No tengo nada que discutir contigo.
- ¿Es por esa niña? ¿Aun sigues enamorado de una niña en uniforme? ¿Acaso eres un pervertido? ¿Tu esposa lo sabe? Que te excita una niñita de escuela…
El corazón de Serena dio un vuelco. Recordó aquel día en la oficina de Arthur en Londres, cuando esa misma mujer había estado con Dante, acompañándolo. Y entonces, el golpe de claridad le heló la sangre: él la había amado desde ese instante, desde el momento en que la vio por primera vez y la había esperado pacientemente. Incluso ahora.
La rubia continuó burlándose, intentando provocarlo, pero Dante permaneció firme.
- Esa niña es una mujer excepcional. Su edad no tiene nada que ver.
Serena sintió un calor subirle por el pecho, una mezcla de respeto y emoción. Lo había juzgado tantas veces por su intensidad, su paciencia, su control… y ahora comprendía que cada gesto, cada espera, cada decisión de mantenerse alejado de ella por temor a precipitar los pasos, había sido por amor verdadero.
Serena giró sobre sus talones y regresó a la recepción del hotel con pasos firmes, los escoltas siguiéndola de cerca. Mostró su certificado de matrimonio y pidió la tarjeta de la habitación presidencial de Dante. Sin titubear, les indicó a los hombres que se instalaran en la habitación que ella había reservado para ellos; su vigilancia era necesaria, pero discreta.
Mientras entraba en la habitación y lo esperaba, su mente no dejaba de girar en torno a él. Dante había dejado su computadora y varios documentos sobre la mesa del salón. Estuvo trabajando, ocupado, concentrado… confiado en que ella se quedaría en la villa mientras él manejaba los asuntos de la galería.
Y ahora, por primera vez, era ella quien tomaría la iniciativa.
Una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios.
Dante era suyo.