Seduciendo a Mi Esposo
Con paso decidido, entró al baño y dejó que el agua tibia la envolviera, relajando cada músculo mientras su imaginación la llevaba a pensar en Dante: en su cuerpo firme, en la manera en que su presencia llenaba cualquier espacio, en la paciencia con la que la había esperado. Cada pensamiento la excitaba de manera diferente a como cualquier otro hombre o fantasía lo había hecho .
Cuando salió, envuelta en una toalla, sus ojos se posaron en el armario y eligió una de las camisas de Dante. Era amplia, suave, ligeramente perfumada con su aroma. La deslizó sobre su cuerpo y se miró en el espejo. La tela cubría sus curvas, pero dejaba adivinar lo que había debajo. Se pasó la mano por el cabello y se dejó llevar por esa sensación de poder: esta vez, sería ella quien cruzaría la línea.
Se dejó caer en la cama, acomodando la camisa sobre su cuerpo y respiró hondo sobre la tela pensando en su esposo. La decisión estaba tomada. Dante había estado allí para ella, había esperado pacientemente, la había protegido y la había hecho sentir segura. Ahora era su turno de corresponder, de entregarse sin miedo, de tomar la iniciativa y explorar la confianza que había crecido entre ellos.
El corazón le latía rápido, no por nervios, sino por deseo y determinación. Por primera vez, Serena se sentía lista para ser completamente suya… y hacer que él lo supiera.
El Regalo Para Dante
Un par de horas después, Dante regresó de la reunión con los delegados y suspiró cansado. Se sacó la chaqueta y la colgó en una silla cercana para luego aflojar la corbata. Tomaría un baño y trataría de dormir un poco. Giró el pomo de la puerta que conectaba al dormitorio y apenas abrió la puerta de la habitación, la imagen lo descolocó: Serena, con una de sus camisas, recostada sobre la cama con una sonrisa traviesa, lo esperaba. Por un instante, su mente titubeó. Frunció el ceño, dio un paso hacia atrás y se pasó la mano por el rostro, asegurándose de que no estuviera soñando.
- Debe ser el vino… Debí comer algo antes… Mi piccola me está volviendo loco. - murmuró, incrédulo.
Serena se incorporó ligeramente, apoyándose sobre un codo y le ofreció una sonrisa que no admitía dudas. No necesitaba palabras; su postura, la forma en que lo miraba con confianza y picardía, decía todo.
- Hola… Te estaba esperando…
- ¿Serena?
Dante tragó en seco, su respiración se aceleró y sintió que su cuerpo se tensaba ante la presencia inesperada de su esposa.
Ella bajó un poco la mirada, jugueteando con la camisa que cubría su cuerpo y luego lo miró directamente a los ojos. Se acercó lentamente, con pasos medidos, seguros, disfrutando del efecto que tenía sobre él. Cada centímetro que recortaba del espacio entre ambos era un recordatorio de que ahora ella estaba tomando la iniciativa, que confiaba en él lo suficiente para cruzar la línea.
- Te extrañé…
Dante permaneció parado, luchando por mantener la compostura, consciente de cómo su deseo comenzaba a traicionarlo. Serena, con delicadeza pero firmeza, extendió la mano y rozó la suya, acercándolo a la cama. No había prisa, no había urgencia descontrolada; había intención y decisión y eso lo hacía aún más intenso.
- Cariño… - dijo Dante, su voz ronca, mientras intentaba recobrar el control - ¿Cómo… cómo llegaste hasta aquí?
Serena sonrió y se dejó caer ligeramente sobre la cama, dejando que su cuerpo quedara en una posición que invitaba, pero sin apresurarlo.
- Quería verte. Papá Rafaele me ayudó. – susurró - Solo quería… estar contigo.
Dante se inclinó, la tensión de sus hombros disminuyendo mientras la observaba con una mezcla de asombro, deseo y ternura. Su esposa, por primera vez, había tomado el control de manera sutil, enseñándole que la confianza y la entrega no siempre necesitaban palabras ni presiones.
- Mi camisa… - le dijo como aclarando que si ella llevaba su ropa sabía lo que iba después - ¿Estás segura?
Con un gesto suave, Serena lo invitó a acercarse más y Dante obedeció, dejando que su presencia llenara la habitación. Era un momento cargado de intimidad, de complicidad silenciosa, donde los roles se invertían: ella decidida, él sorprendido, ambos conscientes de que la entrega no era solo física, sino emocional.
- Oh, dio. No dejas de sorprenderme…
La intensidad en su voz hizo sonreír a Serena. Dante estaba a punto de saltar sobre ella, su mirada diciéndolo con cruda emoción, pero trataba de controlar el deseo y la excitación con fuerza.
Dante se quedó junto a la cama, observándola. Cada curva de su cuerpo, suavemente delineada bajo la camisa, lo llamaba con una urgencia que amenazaba con consumirlo. Su respiración se aceleró, sus manos se tensaron, pero se obligó a permanecer quieto. Cada fibra de su ser le gritaba que la tomara, que la abrazara, que recorriera su piel con las manos, pero ella estaba allí, mirándolo con confianza y él sabía que debía ceder.
- Piccola… - le dijo, usando su apodo solo para ella - ¿Vas a marcar el ritmo? - Serena asintió coqueta - Eso será difícil. He aguantado un mes durmiendo a tu lado con esos camisones que me están volviendo loco...
Serena se rio.
- Kaela los eligió.
- Lo supuse... Ha sido una tortura. - dijo Dante con una sonrisa cargada antes de respirar profundo como si tuviese que enfrentar una prueba de resistencia - Cómo es tu paso, tu guías.
Serena sonrió y frunció el ceño como cuando estaba estudiando o revisando algo que le interesaba mucho. Y ahora, la persona era él. Sólo él.
El hombre sintió un calor intenso en el pecho, un temblor que subía por los brazos hasta los dedos y aun así, permaneció de pie, dejando que Serena decidiera cómo y cuándo avanzar. Cada pequeño gesto suyo, cada mirada, cada sonrisa traviesa le encendía la mente y el cuerpo.
Serena se movió un poco, jugando con el borde de la camisa sin ser consciente del efecto que tenía en su esposo y Dante sintió que el tiempo se ralentizaba.
“Cuenta… Piensa en otra cosa... Es mía y sin embargo me deja elegir cómo acompañarla. Mi cabeza lo sabe, pero la otra es un desastre.”
Casi se rio de si mismo cuando su erección apareció bajo la tela de sus pantalones mientras ella se acercaba, invitándolo con un roce sutil de la mano, Dante inhaló su perfume y la intensidad de el deseo lo golpeó como un huracán. Sus dedos ardían por tocarla, pero en lugar de ceder al impulso, bajó lentamente hasta su cintura, rozándola apenas, solo para que sintiera su presencia sin apresurarla. Cada contacto era un recordatorio de que estaba allí, de que era suyo, pero que respetaba su ritmo, su curiosidad, su decisión de entregarse.
“Cada centímetro que me deja recorrer, cada segundo que me hace esperar… me vuelve loco. Pero no importa. Piccola, tómalo todo . Estoy aquí. Soy tuyo y puedo esperar. Aunque me queme por dentro. Cuenta, Dante. 10000, 9999, 9998...”
Serena lo miró a los ojos sin miedo y Dante sintió que esa confianza lo anclaba, lo calmaba y a la vez encendía un fuego que nunca había sentido. Su respiración se mezcló con la de ella, sus manos temblorosas pero firmes buscaban acercarla más, mientras su corazón latía con fuerza. Por primera vez, él entendió que dejar que ella tomara la iniciativa no era perder control; era descubrir juntos un deseo que no necesitaba prisa, un fuego compartido que podía arder sin consumirlos o eso esperaba. Tenerla desnuda bajo su camisa dispuesta a ser tomada estaba causando estragos en su mente.