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1393 Words
La Exploración y La Entrega Mutua Cuando ella asintió con un leve movimiento de cabeza, como concediéndole un pequeño permiso, Dante no dudó más. La tomó en brazos con cuidado, sintiendo la calidez de su cuerpo contra el suyo y la llevó hasta la cama. Allí la recostó a su lado, manteniendo cada gesto lleno de ternura y respeto. Sus labios la buscaron en un beso profundo, pero paciente, explorándola sin prisa, dejando que cada respuesta de su esposa le indicara cuándo avanzar. Sus manos recorrieron su cuerpo con delicadeza, explorando y descubriendo, mientras Dante escuchaba los pequeños gemidos y suspiros que escapaban de Serena. Cada reacción de ella era un signo, un permiso, una invitación silenciosa a continuar. Con cada roce, cada caricia y cada beso, ambos se sumergían en la danza mutua de sus cuerpos, un juego de entrega y deseo compartido donde la paciencia y la pasión se entrelazaban. El cuerpo de Serena temblaba levemente contra él, no de miedo, sino de la novedad que recorría su piel como fuego. Dante, consciente de cada respiración entrecortada, bajó sus labios a su cuello, saboreando la suavidad de su piel mientras sus manos la rodeaban con lentitud. - Tranquila, piccola… - murmuró con voz ronca, acariciando la curva de su espalda - Estoy contigo. No tenía prisa, porque sabía que este momento no era solo suyo, era sobre todo de ella. Quería darle la experiencia, que el sexo era diferente. Con una calma calculada, Dante fue explorando cada rincón de su cuerpo, dejándole tiempo para sentir, para descubrir. La besaba con devoción en los hombros, en el pecho, en el vientre, cuidando de observar sus reacciones. Cada gemido suave, cada respiración más profunda, era un mapa que lo guiaba. Serena, con las mejillas encendidas, lo miraba fascinada. Había imaginado que ese momento estaría lleno de presión, de incomodidad quizá… pero Dante lograba que cada caricia pareciera natural, inevitable, como si su piel hubiera estado esperando la de él. Cuando sus labios llegaron a su pezón, un jadeo escapó de sus labios y Dante se detuvo un instante, levantando la mirada. - Eres perfecta, Serena. - susurró, con tanta intensidad que ella sintió un nudo en la garganta - Quiero que confíes en mí… quiero que sientas lo hermosa que eres. Ella asintió con una mezcla de timidez y valentía y Dante retomó su tarea, dedicándose a despertar en su esposa sensaciones que nunca antes había conocido. Sus manos acariciaron con reverencia, sus labios trazaron caminos de fuego lento. El deseo lo consumía, lo quemaba desde dentro, pero más fuerte aún era la necesidad de verla sonreír, de escuchar su voz entrecortada por el placer y no por el miedo. Cuando Serena arqueó ligeramente la espalda y sus dedos se aferraron a sus hombros, supo que estaba lista para avanzar un poco más. - Guíame… - le dijo ella con un susurro tembloroso, pero cargado de confianza. Dante la besó con hambre contenida y al mismo tiempo, con infinito cuidado. La preparaba no solo en el cuerpo, sino también en el alma, para que ese primer recuerdo de entrega fuera una promesa: en sus brazos, nunca habría dolor, nunca habría miedo. Solo placer, ternura y pasión. Dante se movió para cubrirla con su cuerpo, pero no encima, no aplastándola. Estaba a su lado, como un guardián paciente, como un amante que conocía el peso de aquel instante. La observaba con los ojos encendidos, devorándola con la mirada, pero al mismo tiempo, controlando el deseo feroz que lo quemaba por dentro. “Dios… es mía. No puedo apresurarla, no puedo romper su confianza. Este cuerpo, esta inocencia… debo cuidarlos tanto como la amo.” Cada curva, cada estremecimiento de Serena era para él un tesoro. Había soñado con verla así, pero jamás imaginó que sería tan hermoso: sus labios entreabiertos dejando escapar pequeños gemidos, la forma en que sus dedos se aferraban a las sábanas con cada caricia que él le regalaba. Dante se inclinó, besando lentamente la línea de su cuello, bajando despacio hasta su clavícula. Su mano acariciaba su vientre plano con movimientos suaves, provocando que ella temblara. - ¿Ves lo que haces conmigo, piccola? - susurró, con la voz rota por el deseo contenido mirando su erección - Tu cuerpo responde a cada toque, como si estuviera hecho para mis manos. Los ojos de Serena brillaban, sorprendida de sentir tanto. Dante lo notó y esa sorpresa la hacía aún más irresistible. Bajó los labios hacia su pecho, probando la delicada piel con una devoción que la hizo gemir bajo él. “Es tan sensible… tan perfecta. Que sepa lo poderosa que es en mis brazos.” Con calma infinita, exploró más allá, dejándole descubrir que su cuerpo podía responder con un placer nuevo, cálido y vibrante. Serena se arqueó con un jadeo ronco y Dante sonrió contra su piel. “Así… quiero que entienda que este placer es suyo. Que cada estremecimiento es un homenaje a su belleza, a su entrega.” Su mano la acarició con delicadeza, conociendo cada rincón, cada reacción. Los gemidos suaves de Serena llenaron la habitación y lo hicieron jadear. Quería hundirse en ella ya, perderse en su calor, pero debía esperar, debía estar seguro. Apoyó la frente en la de ella, con el aliento mezclándose. - Siente, amore mio… - dijo, besándola con ternura - Quiero que sientas cómo tu cuerpo florece conmigo. Que me sientas tan dentro como late mi corazón cuando estás a mi lado. Dante respiró con dificultad. Su cuerpo estaba duro, preparado, pero su mente repetía una sola idea: “Que no sufra. Que sienta que la amo, que esto no es solo deseo, sino nuestra unión.” La miró. Serena estaba debajo de él, con las mejillas encendidas y los labios húmedos por sus besos. Había miedo en sus ojos, sí, pero también una confianza nueva, que lo desarmaba por completo. Cuando sus dedos lo buscaron y se aferraron a su brazo, supo que ella estaba lista. - Solo dime que quieres, piccola. - susurró, con la voz quebrada por la ansiedad y el deseo contenido. Serena asintió, con un temblor en sus labios que se transformó en una sonrisa tímida. - A ti, te quiero a ti. Dante se acomodó, guiándose despacio, con la otra mano acariciando su rostro como un ancla. El primer contacto lo hizo cerrar los ojos y morderse el labio. Era calor, era el cielo esperándolo y tuvo que contener un gemido gutural. “Dios… es estrecha, suave… si cedo ahora la lastimaré. Serena, ayúdame… no me sueltes.” Entró apenas un poco y Serena se estremeció, conteniendo un gemido más de sorpresa que de dolor. Dante se detuvo de inmediato, su frente pegada a la de ella, respirando hondo. - Mírame… - pidió con un hilo de voz - Respira conmigo… No voy a hacerte daño. Ella lo miró y en esos ojos había algo más poderoso que cualquier placer: entrega. Dante besó sus labios y, con paciencia, volvió a avanzar lentamente, deteniéndose cada vez que notaba su tensión. La acariciaba, la llenaba de ternura, hasta que finalmente su cuerpo cedió y lo recibió por completo. Un jadeo ahogado escapó de Serena y Dante sintió que el mundo se detenía. Estaba dentro de ella, de su esposa y el deseo casi lo hizo perder la razón. “Eres mía… por fin, eres mía. No, siempre lo fuiste… pero ahora lo siento, ahora lo vivo. Serena, mi Serena.” Se quedó quieto, controlando sus impulsos, acariciando su cabello, su espalda, sus muslos, hasta que la sintió relajarse bajo él. - Dime cómo te sientes. - susurró, temiendo la respuesta. - Llena… y… segura. - balbuceó Serena, ruborizada. Dante sonrió contra su cuello, conmovido hasta las lágrimas. La besó con devoción y comenzó a moverse despacio, guiando sus cuerpos en esa danza ancestral. Cada movimiento arrancaba un gemido suave de Serena, cada respuesta suya le decía que ella también lo estaba sintiendo en su interior, a su alrededor. El deseo lo consumía, pero el amor lo guiaba. No era solo sexo, era su unión, el sello de lo que había prometido. Y cuando la sintió estremecerse bajo él, entregada, Dante supo que nunca en su vida había sido tan feliz. - Te amo, mia dolce… - murmuró en su oído, perdiéndose en ella por completo.
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