Baile y Confianza
De pie un poco más atrás, junto a los pupilos y Theo, Arthur Winters observaba la escena con los ojos llenos de orgullo y nostalgia. A su lado, Rafaele apenas podía contener su emoción, una mezcla de satisfacción y diversión que lo hacía sonreír como un niño travieso.
- ¿Recuerdas lo que te dije hace tres años? - susurró Rafaele, sin quitar la vista de su hijo y Serena.
- Sí… no te creí en absoluto. - respondió Arthur con una risa baja, sacudiendo la cabeza - Decías que ese muchacho estaba completamente flechado por mi nieta… y ahora… - se quedó unos segundos en silencio, la mirada brillante - Ahora estamos aquí, de pie, lado a lado, en su boda.
Rafaele apoyó una mano sobre el hombro de su viejo amigo, y ambos compartieron un momento silencioso, la complicidad de quienes conocen los secretos del corazón de los jóvenes y, al mismo tiempo, han visto cómo el tiempo y la paciencia dan frutos.
- Vaya… quién diría que terminaríamos viendo esto. - murmuró Rafaele, con una sonrisa boba de orgullo - Tu nieta y mi hijo… juntos, de verdad.
- Sí… y estoy tranquilo. - replicó Arthur con un suspiro de alivio - Si alguien puede cuidarla, hacerla feliz y respetarla, es él.
- Lo sé. - contestó Rafaele - Por eso estoy contento, viejo amigo. No hay nada más que pueda pedir.
Ambos hombres observaron a los recién casados, Serena y Dante, tomados de la mano mientras el sol iluminaba el jardín, sintiendo que todo encajaba perfectamente. No solo la boda era un triunfo del amor, sino también un momento de justicia poética: la paciencia, la confianza y la complicidad entre familias habían creado el escenario perfecto.
Arthur le guiñó un ojo a Rafaele, y este sonrió de vuelta, cómplices y satisfechos de haber sabido leer el corazón de los jóvenes cuando nadie más lo hacía.
El eco de las risas y los murmullos llenaron el jardín mientras los recién casados terminaban de firmar frente al magistrado. Los pupilos de la fundación, junto a Theo, Kaela y los demás asistentes, no pudieron contener la emoción y se acercaron para felicitarlos.
- ¡Felicidades, Dante! - exclamó Elijah con una sonrisa amplia - Nunca pensé que vería al jefe así… tan… feliz.
- Y tú, Serena, te ves increíble. - dijo Alessio, casi tartamudeando de la emoción - Estoy seguro de que él no podría estar más contento contigo a su lado.
- Gracias, chicos. - respondió Serena, sonrojada y con los ojos brillantes - Y gracias por estar siempre apoyándonos.
Dante sonrió con orgullo, tomando la mano de Serena y entrelazando sus dedos con firmeza y delicadeza a la vez. Observó a los jóvenes, viendo cómo la alegría y la admiración llenaban sus rostros, contagiándose de la felicidad del momento.
La música suave comenzó a sonar, un cuarteto de cuerdas había sido contratado para amenizar la ceremonia y ahora acompañaba la primera comida como pareja casada. Los sirvientes, uniformados con elegancia, comenzaron a servir los platos mientras la brisa de la tarde acariciaba las flores blancas y los manteles perfectamente colocados sobre las mesas redondas. Cada detalle estaba impecable: cristalería reluciente, vajilla fina y centros de mesa con lirios y rosas blancas que añadían un toque romántico y ligero al ambiente.
- ¡Brindemos! - dijo Mateo, levantando una copa con entusiasmo - Por Serena y Dante, por su felicidad y porque podamos seguir aprendiendo de ustedes.
Todos levantaron sus copas, incluyendo Theo, Kaela, los pupilos y los sirvientes. Dante se inclinó ligeramente hacia Serena, susurrándole:
- Mira… ellos nos apoyan, nos acompañan. Esto es solo el principio de lo que construiremos juntos.
Serena apretó suavemente la mano de Dante, sonriendo con esa mezcla de timidez y seguridad que él adoraba. El ambiente se llenó de risas espontáneas, brindis y aplausos mientras los primeros bocados de la cena se servían y por un momento, todo parecía perfecto: la música, la luz del jardín, la alegría de los invitados y la felicidad compartida entre los recién casados.
Los pupilos comenzaron a bromear entre ellos, compitiendo por quién servía mejor los platos o quién podía levantar la copa más alto, contagiando a todos con su entusiasmo juvenil. Dante y Serena los miraban, relajándose por primera vez en semanas, permitiéndose disfrutar de la felicidad simple y pura que emanaba de aquellos que los rodeaban.
La música cambió a un ritmo más alegre, una melodía tradicional italiana que invitaba a moverse con soltura. Dante extendió su mano a Serena, una invitación que ella aceptó con una mezcla de nerviosismo y curiosidad. Sus dedos se entrelazaron con firmeza y suavidad al mismo tiempo y él la guió hacia el centro del jardín, bajo la luz cálida de los faroles que iluminaban las mesas y los arreglos florales.
- No sé como bailar esta música.- advirtió.
- Confía en mí. - susurró Dante, su voz grave y cercana, haciendo que un escalofrío recorriera a Serena.
La joven asintió, dejando que la guiara. Los primeros pasos fueron torpes, pero Dante se movía con seguridad, anticipando cada uno de sus deslices, corrigiendo suavemente la dirección de su cuerpo con el roce de su mano en su espalda.
Un pequeño tropezón y Serena sintió cómo su pie pisaba accidentalmente el de Dante. Un gemido involuntario escapó de sus labios y el corazón le dio un salto. Él la sostuvo firmemente, pero con delicadeza, apretándola contra su pecho mientras la balanceaba con la música, manteniéndola erguida y segura.
- ¡Lo siento!
- Tranquila. Haremos nuestro propio ritmo.
Por primera vez, Serena percibió algo que hasta entonces solo había experimentado con su abuelo: alguien que la sostenía sin juzgarla, sin reproches por los errores, simplemente estaba allí, firme y constante. Su respiración se mezcló con la suya, y por un instante, todo el jardín desapareció: solo quedaban ellos, la música y la sensación de ser protegida.
- Estás increíble - murmuró Dante cerca de su oído y el calor de su aliento hizo que Serena sonriera, casi avergonzada, mientras él la giraba suavemente, guiándola con seguridad entre los otros invitados.
Ella cerró los ojos un momento, sintiendo cómo sus dudas y miedos se disolvían en la calidez de su abrazo. Cada tropiezo, cada paso en falso, era ahora una oportunidad para que él la sostuviera y ella, por primera vez, permitió que alguien la cuidara sin reservas ni condiciones.
- Gracias… - susurró Serena, apenas audible, mientras Dante la giraba para un último paso, levantándola ligeramente del suelo y sosteniéndola firme - Gracias por no soltarme.
Él sonrió, una sonrisa cargada de afecto y orgullo.
- Nunca lo haré, piccola mia. - dijo, y su mirada reflejaba la promesa de todos los pequeños gestos que aún estaban por venir.
Mientras giraban al compás de la música, Serena supo que aquel baile no era solo una tradición; era un símbolo de todo lo que Dante le ofrecía: confianza, paciencia y cuidado. Un paso a la vez, juntos.