La Primera Noche
La despedida en el jardín fue tranquila, pero cargada de emoción. Serena se aferró ligeramente a la mano de Dante mientras los últimos invitados bailaban alrededor, la luz de las guirnaldas iluminando suavemente sus rostros. Sabía que le había pedido a Dante una boda privada por miedo a Damian y, aunque la celebración había sido perfecta, eso significaba que la primera noche juntos no tendría la intimidad que Dante hubiese deseado para ella.
- La habitación de Dante ya está lista. - le susurró Rafaele con una sonrisa traviesa mientras pasaban cerca - Buona notte, figlia.
Serena sonrió, comprendiendo la intensidad de su suegro y agradeció con un guiño. Dante, conteniendo un leve suspiro de frustración y deseo, la tomó del brazo con delicadeza y comenzaron a caminar hacia la villa. Mientras se alejaban, los demás permanecieron bailando en el jardín, disfrutando del final de la noche.
Al entrar en la habitación, Dante se detuvo abruptamente en el umbral. Su respiración se entrecortó y sus ojos se abrieron como platos. La cama estaba cubierta con pétalos de rosa, un par de copas de champagne y una bandeja de frutas frescas sobre la mesita auxiliar. Alrededor de la cama, varios cupidos impresos en 3D parecían observarlos con picardía. Las luces rojas bañaban la habitación, mientras una pantalla proyectaba paisajes relajantes. A eso se agregaba una manta heredada de generación en generación entre los Moretti que se creía aumentaba la fertilidad.
Y ahí estaban… unas infografías con posturas sexuales del kama sutra.
Serena estalló en risas al ver la cara de total vergüenza de Dante.
- ¡Papá! - gritó de repente y su voz se escuchó incluso hasta el jardín, donde Rafaele brindaba con Arthur- ¡¿Que hicieron?!
- ¡Quiero nietos! - gritó a su vez.
Dante soltó un gemido entre la risa y la incredulidad, dándose media vuelta para cubrirse ligeramente mientras se inclinaba hacia Serena.
- Lo siento… Lo siento, Serena. - dijo entre risas, llevándose una mano al rostro - No… no fue mi idea…
- Tranquilo. - respondió ella, todavía riendo - Creo que ya me estoy acostumbrando a la intensidad de mi suegro.
Dante la tomó de la cintura y la acercó, aún sonrojado, mientras ambos se dejaban caer sobre el borde de la cama, rodeados de flores, luces y un buen champagne que nadie había tocado todavía. La risa compartida rompió cualquier tensión que pudiera haber quedado de la ceremonia.
- Ve a cambiarte. - le dijo indicando la puerta del baño - Iré después...
Serena lo miró y asintió con algo de rigidez. Estaba más ansiosa de lo que quería reconocer, pero obedeció. Dante la observó con la mirada hasta que la puerta se cerró tras ella.
Prometió no tocarla, pero todo su cuerpo reaccionaba a ella.
Sería una noche larga.
Rato después, Serena estaba sentada al borde de la cama, el camisón delicadamente abrazando su figura. Kaela la había llevado a una tienda de lencería para elegir su ropa interior de casada. Cada conjunto era más provocador. Ahora, su respiración era ligeramente entrecortada y sus manos se retorcían nerviosas sobre la tela. Cuando Dante salió del baño, todavía con el cabello húmedo y la piel brillando bajo la luz suave de la habitación, no pudo evitar detenerse un instante y contemplarla. La luz de la pantalla proyectaba sombras suaves sobre su rostro y cada línea de su cuerpo parecía captar su atención de manera hipnótica.
Se sentó a su lado, la cercanía hizo que el corazón de Serena se acelerara y sus dedos temblaran ligeramente.
- Tranquila… - dijo Dante con voz baja, acariciando suavemente su brazo - Tenemos tiempo. Dejé la manta de bebés en el sofá y los querubines mirando a la ventana.
Serena sonrió débilmente, un intento de alivio ante la tensión que sentía.
- Estás cansada. Duerme… No te tocaré… Te lo prometí. - añadió Dante, su tono cálido intentando calmarla.
La joven lo miró, con los ojos grandes y brillantes por los nervios y la expectación. Él suspiró suavemente y bajando la voz, continuó:
- No es que no quiera… - y se inclinó ligeramente hacia ella, mostrando con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad la firme erección que delataba su deseo - Voy a tener que ocuparme de esto más tarde, pero te lo prometí. Te deseo mucho, no lo negaré, pero respetaré tu ritmo.
Serena tragó saliva, sus mejillas ardiendo y sus dedos buscaron los de Dante, entrelazándolos con firmeza. No necesitaba palabras; la sinceridad en su voz y en su mirada lo decía todo. En ese instante, la promesa de respeto y paciencia de Dante, mezclada con la intensidad de su deseo, la envolvía completamente, haciéndola sentirse protegida y profundamente deseada a la vez.
El reloj avanzaba en silencio mientras la habitación permanecía envuelta en penumbra. Dante y Serena seguían uno al lado del otro, sus cuerpos rozándose apenas, cada contacto ligero suficiente para encender una corriente de calor que recorría sus venas. El hombre permanecía acostado junto a Serena, observándola con intensidad desde la esquina de la cama, su cuerpo traicionándolo a cada movimiento de ella. Cada pequeño gesto -el cabello cayendo sobre su hombro, la forma en que sus manos descansaban sobre su regazo- despertaba un deseo difícil de ignorar. Sus dedos se tensaban y aflojaban inconscientemente sobre las mantas, la respiración se volvía más profunda y un calor intenso lo recorría desde el pecho hasta los hombros.
Serena, por su parte, estaba consciente de la presencia de Dante, de la fuerza silenciosa que emanaba y. aunque intentaba mantenerse contenida, un impulso la llevó a inclinarse hacia él. Casi sin darse cuenta, a medida que el sueño la vencía, su cuerpo se acurrucó contra el suyo, buscando el calor y la seguridad que emanaba, respirando su aroma, escuchando el ritmo pausado de su respiración, dejándose envolver por la sensación de pertenencia que nunca había sentido antes.
Dante cerró los ojos un instante, inhalando profundamente su perfume, el corazón golpeando con fuerza. Sus manos descansaban cerca de ella, sin tocarla, pero cada fibra de su cuerpo sentía el llamado silencioso de Serena. La tentación era enorme, pero la contenía; no quería apresurar algo que debía ser mutuo, deseaba que ella se sintiera completamente segura.
Serena suspiró suavemente dejando que el calor de Dante la envolviera. Su cuerpo se relajó completamente, aunque cada roce mínimo encendía un fuego interior que no podía controlar. Por primera vez, permitía que alguien la sostuviera sin exigencias, sin prisas, y sentía que podía confiar plenamente. Su respiración se mezclaba con la de él, creando un ritmo que ninguno de los dos se atrevía a romper.
En un movimiento casi imperceptible, Dante inclinó la cabeza y rozó con sus labios la coronilla de su esposa. Era un gesto delicado, un recordatorio de que estaba allí, completamente suyo, pero sin invadirla. Entre sueños, Serena arqueó ligeramente la espalda, acercándose más a él y un pequeño suspiro escapó de sus labios. Dante mordisqueó suavemente su labio inferior, sin intención de avanzar más, solo para sentir la respuesta de su cuerpo, para sellar ese momento de cercanía y confianza.
La noche avanzaba y ambos se mantenían en ese delicado equilibrio, cuerpos que se llamaban sin pronunciar palabra, deseando el contacto pero respetando la paciencia. Serena se dejaba envolver por él, descubriendo que podía sentirse segura y excitada al mismo tiempo. Dante, respirando cerca de su oreja, sentía que cada fibra de su ser estaba dedicada a protegerla, a guiarla suavemente hacia lo que ambos querían sin forzar nada.
Era un juego silencioso de cercanía y contención, donde cada roce, cada suspiro, cada mirada se convertía en un lenguaje propio. Por primera vez, la atracción no era caótica ni apresurada; era un flujo compartido de deseo y afecto, donde el respeto y la paciencia lo hacían más intenso y profundo. Y así, abrazados en la penumbra, ambos comprendieron que podían dejar que la pasión y la ternura coexistieran, construyendo un camino que sería solo suyo.
A la mañana siguiente todos estaban reunidos alrededor de la larga mesa del desayuno en la villa cuando bajaron a desayunar. Sus rostros traviesos y las sonrisas cómplices hacían que tanto Dante como Serena tosieran y se sentaran con un ligero rubor, mientras los demás se aprovechaban de la situación para lanzar comentarios y risitas burlonas. La energía era juguetona, cálida y el ambiente reflejaba la intimidad recién consolidada de la pareja.
Teo servía el café con precisión y, cuando Serena se levantó de golpe para buscar los bocadillos, un gemido escapó de sus labios. El movimiento extra después del baile de ayer había acalambrado los músculos. Todos los ojos se posaron en Dante, que fingió mirar su taza como si nada hubiera pasado, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
- Deberías ser más delicado con mia figlia, bruto. - Le regañó Rafaele, reprimiendo una sonrisa mientras miraba a su hijo.
- No lo regañes, papà - intervino Serena rápidamente, protegiendo a Dante con una sonrisa traviesa - Yo estaba demasiado emocionada.
Las risas estallaron de nuevo, llenando la sala con una ligereza que Dante agradeció en silencio, observando cómo Serena marchaba hacia la nevera con paso decidido. Sacó los pasteles y bocadillos que había preparado previamente.
- Los favoritos de la casa. - anunció con orgullo, mientras servía a cada uno con cuidado.
Arthur probó un bocado y sonrió ampliamente.
- Saben como los que hacían tus padres. - comentó con nostalgia, apretando ligeramente la mano de Serena en un gesto de aprobación.
- He practicado. - respondió ella, orgullosa y un poco coqueta.
- Deberías hacerlo profesionalmente. - insistió Alessio, saboreando cada bocado con entusiasmo.
Los demás pupilos asintieron, murmurando acuerdos y elogios entre ellos, mientras Dante tomaba nota mental de cada detalle. Observaba a su esposa disfrutar, tan feliz y segura entre ellos y pensó que, si algo la hacía brillar y sonreír así, sería su deber y su placer apoyar ese talento. “Podría ser algo que disfrute… algo que la haga feliz de verdad”, pensó, mientras sus ojos seguían cada gesto de Serena, aprendiendo y memorizando cada movimiento, cada sonrisa.
El desayuno continuó entre risas, pequeñas conversaciones y miradas cómplices, un instante de calma y alegría que cimentaba su nueva vida juntos, antes de que los compromisos y el mundo exterior los reclamaran de nuevo.