La Propuesta
Dante giró hacia Serena, que lo miraba confundida ante la magnitud del revuelo. Había querido ayudarlo la tarde anterior, protegerlo de los ataques del directorio, pero jamás imaginó que aquello desencadenaría semejante reacción. El hombre observó en silencio, con las manos en los bolsillos, la mandíbula tensa y los ojos entornados a la joven. No había esperado esa rapidez ni esa audacia de los viejos zorros y mucho menos que la prensa italiana ya hablara de su misteriosa esposa con titulares incendiarios.
Finalmente dio un paso hacia ella, con esa gravedad que lo distinguía.
- No quiero que cargues con todo esto solo por haberme ayudado… - comenzó Dante, recorriendo con la mirada el salón repleto de regalos.
- No creo que sea malo. Dejarán de molestarte.
- Pero la prensa cree…
- Estoy acostumbrada a los comentarios de la prensa criticando lo que hago o dejo de hacer. Ayudo al abuelo desde los catorce años con las fundaciones y las actividades hacia las esposas de sus empleados. Lo acompañaba a las actividades sociales por lo que tuve que madurar más rápido y aprender a comportarme en distintos escenarios. Un comentario más no me destruirá.
- Creo que has trabajado duro y no quisiera exponerte… - hizo una larga pausa - Pero tampoco puedo negar que… no es una mala idea.
- ¿Podemos hablar, Serena? - Su voz era baja, firme, como un hombre que había tomado una decisión inapelable.
La joven asintió, esperando una reprimenda o, al menos, un plan para calmar la tormenta mediática. Pero lo que recibió la desarmó.
Dante permaneció unos segundos inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido. Su mirada seguía fija en Serena, que se mantenía elegante, tranquila, con esa seguridad que parecía desafiar a todo el mundo y aún así solo estaba dirigida a él. Su corazón latía con fuerza, mezclando sorpresa, admiración y algo que no había sentido nunca: el placer de ser cuidado, de que alguien pensara en él con intención y no por obligación.
Por primera vez en años, se dio cuenta de que no podía controlar todo. Había tratado de manejar su mundo, su imagen, sus emociones… y allí estaba ella, desmontando su autoridad con una simple frase, una sonrisa y un gesto de cariño calculado. Cada palabra de Serena era una sacudida, cada movimiento un recordatorio de que el mundo no giraba solo en torno a su ego.
Su mente luchaba contra la incredulidad. Mi esposa… La idea lo hizo arquear las cejas y un calor desconocido subió por su nuca. La tensión que sentía desde la noche en que la vio por primera vez hasta ese momento, se concentraba ahora en un solo punto: ella. Serena no era una conquista; era un huracán que lo desarmaba y lo obligaba a ver la vida diferente.
Sus ojos se clavaron en los de ella, oscuros, intensos y lo dejó salir.
- Cásate conmigo.
Serena parpadeó, incrédula.
- ¿Qué…?
Él no titubeó.
- Escúchame. Los dos necesitamos un escudo. Yo puedo ser el tuyo, y tú el mío. Quiero ayudarte a conseguir todo lo que te propongas y estaré a tu lado en cada paso. Y… - se detuvo, bajando un poco la voz, casi con una vulnerabilidad impropia en él - Quiero que me apoyes como lo hiciste ayer frente al directorio y camines a mi lado.
Serena lo miraba sin palabras. Algo en ella esperaba una condición oculta, un precio que pagar.
- ¿Y tú? – susurró - ¿Qué esperas de mí? No tengo un patrimonio o contactos…
Dante respiró hondo, la mirada se suavizó, como si se despojara de su armadura.
- Nada que no pueda confesarte con honestidad. Quiero protegerte. Quiero que ese malcriado no vuelva a hacerte daño. - Sus ojos brillaron con un destello de algo más que determinación - Me siento cómodo contigo, Serena. Contigo no tengo que estar en guardia todo el tiempo. Eres… un refugio. Como un hogar al que vuelvo después de trabajar.
Guardó silencio un instante, y suspiró.
- Eres hermosa. Por dentro y por fuera. Y no lo negaré: te deseo, me atraes. Sé que has sido herida y te daré todo el tiempo que necesites. Pero quiero ser tu compañero. Si me lo permites.
Serena sintió que el aire le faltaba. Nunca nadie le había hablado con esa franqueza, nunca Damian la había mirado de ese modo.
Tras la puerta, Rafaele y Trevor se quedaron inmóviles, los ojos abiertos como platos. Dante Moretti, directo y sin rodeos, acababa de despojarse de todo su hermetismo frente a una mujer.
Y Serena… no sabía si debía temblar de miedo o de emoción.
Serena lo miraba con los ojos muy abiertos, como si tratara de asimilar lo que acababa de escuchar. Su voz salió temblorosa, casi un susurro.
- ¿Quieres que sea tu esposa? Dante… yo no tengo título, ni siquiera tengo mi fideicomiso. No tengo nada que ofrecerte…
Él la observó un momento, y para su sorpresa, soltó una risa franca, limpia, que desarmó la tensión en el aire.
- El dinero no es un problema. Cuando tengas tu fideicomiso, podrás disponer de él como te plazca. Yo trabajaré para ambos. Haré mucho dinero para que no te falte nada… ni en la cocina ni en casa.
Serena resopló con una risa corta, divertida.
- Pffft… entonces, ¿Solo me quieres como cocinera y calienta cama?
Dante negó con la cabeza, acercándose un poco más, la sonrisa aún en sus labios.
- Si fuese así, podría contratar una. No, Serena… quiero una esposa. Quiero que me sonrías como lo hiciste ayer, que cocine con la pasión y el amor que pones en cada plato. Quiero que duerma junto a mí cada noche y despierte a mi lado, para saber que no estoy solo. Que tengo un hogar.
El corazón de Serena dio un vuelco. Pero no perdió la oportunidad de contraatacar con humor.
- ¿Solo dormir? ¿Sin sexo? - bromeó, arqueando una ceja.
Dante dejó escapar una carcajada grave, divertida, que le suavizó el rostro.
- Los hombres Moretti somos muy buenos amantes. - dijo con descaro - Pero te esperaré si no estás lista. Porque si me acuesto contigo, no será solo sexo. - Sus ojos brillaron con intensidad - No eres una amante, serás mi esposa, mi aliada y cómplice
- ¿Vamos a matar a alguien? – bromeó al estar nerviosa – El abuelo dijo que tenían negocios limpios.
- Si tratan de hacerle daño a mi familia, es una posibilidad. - contestó serio descolocando a la joven.
La broma murió en la garganta de Serena. Una duda amarga le escapó antes de poder detenerse.
- ¿Tendrás amantes?
La sonrisa de Dante desapareció. La vio temblar, los ojos bajaron a sus manos en su regazo y una ola de rabia lo atravesó. Maldito imbécil…, pensó, con el rostro endurecido por la sombra de Damian.
Se inclinó hacia ella, firme, sin titubeos.
- ¿Por qué lo haría si te tengo a ti? - Su voz era grave, cargada de convicción - No necesito capillas si tengo la catedral y el Santo Grial.
El silencio se extendió, roto solo por el repiqueteo lejano de un reloj. Serena alzó los ojos, sorprendida por la crudeza de sus palabras y vio en él algo que nunca había visto en otro hombre: certeza.
Tras la puerta, Rafaele y Trevor se taparon la boca con las manos para contener la exclamación. Aquello no era una negociación, no era una estrategia: era Dante Moretti, de frente, entregándose.
Dante se acercó, apoyando un brazo en el respaldo de la silla frente a ella, inclinándose ligeramente, serio, pero con una chispa de algo más profundo en sus ojos.
- Lo que propongo es simple. – dijo - Si aceptas, nos convertiremos en un escudo el uno para el otro. Tú me darás la estabilidad y la discreción para trabajar en paz… y yo seré tu trampolín para alcanzar todo lo que deseas, Serena. El resto lo decidirás tú.
Ella lo miró, asimilando la audacia de la propuesta. Su corazón se agitó; nunca había pensado en un matrimonio como estrategia, como alianza de fuerza. Pero había algo en la manera firme, elegante y protectora en la que Dante lo decía que despertaba su respeto y curiosidad.
- No se trata de Damian, ¿Verdad? - preguntó con calma, aunque sabía que no necesitaba mencionarlo - Solo somos nosotros, protegiéndonos y creciendo juntos.
Dante asintió, sus labios formando una línea casi imperceptible de orgullo. No iba a revelar que iba a encargarse de el hombre que le había hecho daño.
- Exactamente. No hay más. Solo tú y yo, trabajando juntos, asegurándonos de que nada ni nadie nos desestabilice.
Serena sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no de miedo: de emoción, de oportunidad, de poder tomar el control de su destino.
- Entonces… - dijo, dejando que su voz se mantuviera firme – ACEPTO. Hagámoslo. Por nosotros. Por lo que queremos lograr.
Dante sonrió, satisfecho antes de abrir la puerta para salir del salón y por un instante, la tensión se disipó, reemplazada por la complicidad silenciosa de quienes habían encontrado un terreno común. No era amor aún, no del todo; pero había confianza, estrategia y una chispa de atracción que ninguno de los dos podía ignorar.
Rafaele, desde un costado donde se habían escondido con Theo cuando Dante abrió la puerta para luego alejarse por el corredor, inclinó la cabeza y murmuró con orgullo apenas audible:
- Ah, estas “entrañas” de las que siempre hablo… nunca fallan. ¡Te lo dije!
Theo solo sonrió mientras iba a la cocina, consciente de que aquel acuerdo marcaría un antes y un después para ambos jóvenes.