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1747 Words
El Atelier Dante se encontraba en el centro de la sala de probadores del elegante atelier en el corazón de Florencia. Tres espejos reflejaban su imagen mientras Alessio, Mateo y Elijah lo rodeaban, cada uno ajustando solapas, revisando cortes de chaqueta y observando los detalles del chaleco. El aroma a cuero recién curtido y a tela fina impregnaba el aire, mezclándose con la tensión contenida de la situación. - ¡Pero Dante! - exclamó Mateo, alzando una ceja mientras sostenía la invitación de la ceremonia que había encontrado sobre la mesa - Casi cometemos un error terrible ¿No crees que deberías haber hablado con ella antes de mostrarnos esto? - Su tono era mitad reproche, mitad diversión. Dante frunció el ceño, inclinándose un poco sobre la mesa donde reposaban los trajes, intentando mantener la compostura. - Por eso no lo hice. - respondió con voz firme, aunque la punta de sus labios delataba un atisbo de sonrisa - Quería que la propuesta fuera solo nuestra. Después de eso… después de que le pidiera su mano, le diría todo. Elijah soltó un silbido bajo, cruzando los brazos con cierta complicidad. - Vaya, vaya… ese es nuestro Dante, siempre tan racional, incluso con el corazón. - Racional, sí. - asintió Alessio - Pero eso significa que ella te dijo que sí, ¿verdad? Porque con la propuesta… tú no estabas bromeando. Dante respiró hondo, dejando escapar un suspiro que casi parecía alivio. Sus ojos, normalmente tan firmes y dominantes, se suavizaron por un instante y un rubor leve se asomó en sus mejillas. - No… no estoy bromeando. - dijo en voz baja, como si confesara algo solo a ellos. Su mirada se encontró con la de los chicos y hubo un momento de vulnerabilidad que los hizo sonreír con picardía. - No me digas que estás… enamorado. - dijo Mateo, divertido, inclinándose hacia él - Dante Moretti, el impasible, sonrojándose por una chica. Eso es… inesperado. - No es solo eso. - replicó Dante, apartando la mirada por un segundo - Es la emoción, sí… y la alegría. Cuando los veo a ustedes tan felices, tan involucrados, me contagia. Nunca pensé que pudiera sentir algo así antes de que todo esto comenzara. Alessio lo miró con asombro y una chispa de travesura en los ojos. - ¿Así que tu corazón puede ser vulnerable? – bromeó - Eso es… raro. - Raro, tal vez. - admitió Dante con un leve movimiento de cabeza, casi un gesto de rendición - Pero esta vez quiero sentirlo. Quiero que todo esto sea auténtico, sin máscaras, sin miedos. Ella… ella merece eso y más. Mateo lo observó, comprendiendo algo más profundo detrás de la voz firme de Dante. - Nunca te habíamos visto así. - dijo, más serio ahora - Es bueno. Te hace más humano, Dante. Elijah asintió. - Y eso es perfecto, porque Serena va a ver todo esto. El hombre detrás del traje elegante, el control, la autoridad… pero también la vulnerabilidad. Ella lo merece. Dante se rio suavemente, un sonido genuino y raro que resonó entre ellos y de repente se sintió más ligero. El rubor en sus mejillas persistía, pero ahora estaba mezclado con una sensación cálida de alegría y confianza. Los chicos sonrieron de vuelta, satisfechos con su efecto. - Está bien, chicos. - dijo finalmente Dante, recomponiéndose - Vamos a elegir los trajes perfectos. Y recuerden… esto sigue siendo un secreto hasta que todo esté listo. Nadie más debe enterarse. Mientras los tres se dispersaban para ajustar detalles, Dante se quedó un momento frente al espejo, con la mirada fija en su reflejo. No era solo la ropa, no era solo la ceremonia… era la mezcla de emoción, responsabilidad y deseo de proteger a Serena lo que hacía que su corazón latiera de una manera que nunca había experimentado. Y por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentirlo por completo, sin máscaras, sin defensas, dejando que la alegría de los jóvenes y la anticipación del momento lo contagiaran. Permisos y Autocontrol La noche caía sobre la villa, tiñendo de tonos dorados y azul profundo los senderos del jardín. Las luces cálidas de las farolas iluminaban suavemente los parterres y las estatuas, reflejando los reflejos de las fuentes y los senderos empedrados. Serena caminaba junto a Dante, con un ligero temblor de anticipación en sus dedos mientras él se detenía y la miraba con esa intensidad característica. - ¿Puedo tomar tu mano? - preguntó Dante, su voz baja y firme, cargada de esa mezcla de deseo y respeto que la hacía estremecerse. Lo dijo con plena conciencia de lo que habían acordado: daría pasos solo si ella se los permitía. Serena sonrió, ligera, juguetona, como una adolescente con un secreto. - ¿Y también debería pedir permiso para abrazarte después? - bromeó, soltando un leve resoplido de diversión. Dante alzó una ceja, y su sonrisa se volvió confiada, seductora. - Claro. Te dije que esperaría… que tú me lo permitieras. - ¿Cada paso? - replicó ella, entre risas y un toque de curiosidad nerviosa. - Cada paso. - confirmó él, entrelazando suavemente sus dedos con los de ella, sintiendo el calor y la suavidad de su piel - Aunque… mi padre y Teo van a vigilar tu puerta por si me escabullo por la noche para dormir con mi esposa… Los ojos de Serena se abrieron con un brillo divertido y un poco de incredulidad. - ¿Eso es cierto? - preguntó, apoyándose un poco en su brazo. Dante ladeó una sonrisa, y su mirada brilló con complicidad, mezclada con un toque de picardía. - Con lo felices que están, Teo y mi padre, están vigilando para que no me escape… y para asegurarse de que tú quedes embarazada de su primer nieto. - dijo, con un tono que oscilaba entre la broma y la promesa. Serena soltó una risa contenida, cubriéndose la boca con la mano, pero sus mejillas se tiñeron de un suave rubor. Su corazón latía con fuerza, consciente de la cercanía, de la calidez de Dante, de la seguridad y pasión contenidas en ese gesto tan simple como tomar su mano. Caminaron unos pasos más, en silencio, solo con el sonido del agua de la fuente y el canto lejano de algún ave nocturna. Serena se sentía protegida, deseada, y sorprendida de lo natural que era dejarse guiar por él sin miedo. Dante, por su parte, disfrutaba cada segundo, cada pequeño movimiento de ella, el roce de sus dedos, la risa contenida y la promesa tácita de que cada paso que daba era consensuado, respetuoso y a la vez intenso. - Entonces… - dijo Dante suavemente, inclinándose ligeramente hacia ella, su voz casi un susurro - si algún día quieres un abrazo… solo tienes que decirlo. Serena sonrió, dejando que el calor de su mano recorriese la suya. - Te avisaré… antes de que me derritas con esos ojos. Él soltó una risa baja y masculina, mientras la apretaba un poco más cerca, consciente del delicado equilibrio entre deseo y respeto. - No puedo evitarlo. Eres hermosa…y mi esposa. El aire de la noche estaba fresco, perfumado por los jazmines y las flores del jardín. Dante caminaba junto a Serena con un ritmo pausado, pero firme, disfrutando de la sensación de tenerla cerca, de sentir cada pequeño movimiento de su mano entrelazada con la suya. Cada paso era un recordatorio de la intimidad que compartían, de la confianza que ella le otorgaba al dejarse guiar. Se detuvieron cerca de un pequeño mirador que daba a la ciudad iluminada en la distancia. Las luces de Florencia titilaban como estrellas en la tierra, reflejadas en el Arno que serpenteaba silencioso. Dante se inclinó un poco hacia ella, su rostro iluminado por la luz de las farolas y la luna. - Es hermosa la vista. - murmuró Serena, sin quitar los ojos del paisaje. - No tanto como tú. - respondió Dante, con la voz cargada de sinceridad y deseo, sin romper la compostura. Serena lo miró y su corazón dio un vuelco ante la intensidad de esa mirada. Dante se acercó un poco más, midiendo cada centímetro, consciente de lo que acordaron. Con suavidad, deslizó una mano por la cintura de Serena, permitiéndole decidir si quería acercarse más. Ella no se apartó; su cuerpo se inclinó levemente hacia él, casi imperceptiblemente, dejando que su presencia la envolviera. - Si alguna vez quieres… - comenzó Dante, pero Serena lo interrumpió con una sonrisa tímida. - Solo un paso a la vez, ¿recuerdas? Él asintió, con una media sonrisa, dejando que su aliento rozara la mejilla de ella. - Cada paso… aunque sea difícil. - repitió, tomando aire, disfrutando de la calma antes de la tormenta de emociones que sentía. Luego, con un movimiento cuidadoso y lento, inclinó su rostro hacia el de ella y la besó suavemente, apenas un roce, pero cargado de intención. Serena cerró los ojos, sorprendida por la delicadeza y la intensidad contenidas en ese beso. No era un beso apresurado ni impaciente; era un beso que pedía permiso y a la vez reclamaba su atención, enseñándole que podía confiar, que podía dejarse llevar. Su cuerpo se relajó, y una oleada de calor recorrió su pecho mientras Dante la sostenía con firmeza, asegurándose de que cada gesto, cada toque, fuera seguro y consensuado. Cuando el beso terminó, sus frentes se tocaron y respiraron juntos, sintiendo la proximidad y el latido compartido. Serena abrió los ojos y lo miró, abrumada por la mezcla de ternura, deseo y protección que emanaba de él. - Gracias… por esperarme. - susurró, con un hilo de voz, dejando escapar la vulnerabilidad contenida durante los últimos días. Dante sonrió, sus ojos brillando en la penumbra del jardín. - No tienes que agradecerme nada. Solo quiero estar aquí, contigo… a tu lado, cada paso, cada momento. - Sus palabras eran firmes y suaves a la vez, llenas de la intensidad que caracterizaba a un hombre que deseaba cuidar, proteger y amar sin apresurar nada. Se quedaron así unos instantes más, disfrutando del silencio compartido, del calor del otro, y del simple hecho de que ese momento era solo suyo, sin prisas, sin imposiciones, construyendo lentamente la intimidad que ambos deseaban experimentar. Esa noche, el jardín de la villa no era solo un sendero iluminado; era un lugar donde cada paso, cada roce, cada palabra tejía su propia historia, suave y apasionada a la vez.
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