Charlas, cenas y más (2da. Parte)

2793 Words
La misma mañana New York Dexter Creo que todos llegamos a un punto en nuestras vidas en el que lo absurdo o lo descabellado se convierten en una salida perfectamente coherente. No es cuestión de desesperación, ni de aburrimiento; es algo más profundo, más humano. Es esa necesidad de un motivo, una chispa, algo que nos saque del letargo y nos dé un empujón hacia adelante. Pues a veces simplemente en lo que no tiene pies ni cabeza se esconde algo de verdad. Puede que sea porque lo ilógico no sigue reglas, y eso nos da permiso para ser nosotros mismos, sin restricciones. O tal vez es porque nos libera de esa constante necesidad de encajar todo en un molde predecible. Sea como sea, lo absurdo tiene su encanto. Y quizás mi propuesta hacía Joane de fingir ser novios empezó como un juego, y a la vez como una salida para sacarme de encima a mi padre. Al menos creería que por fin escuché sus consejos, sería una forma de tener un poco de alivio, pero todo dependía de ella. Admito que por un instante pensé que escucharía algunos insultos, incluso me ganaría una bofetada por mi osadía, pero verla perder la compostura valía cualquier sacrificio. Sin embargo, tuve que responder un pequeño cuestionario por mi propuesta y era comprensible hasta cierto punto, pero con la mejor cara de inocencia y descaro improvisé, no podía contarle el verdadero motivo de escapar de mis conquistas, tampoco de los reproches de mi padre. Además, había algo de realidad en el fondo, no corría el riesgo de confundir las cosas, más bien era una ventaja que me odiara y ambos ganábamos con el acuerdo. Lo más difícil fue llamar a la insoportable de Loraine para que fingiera ser mi cita, no era una opción llamar a una de mis amiguitas. ¡No gracias! Estarían todo el tiempo persiguiéndome creyendo que deseaba más que sexo, en cambio ella sabía la situación a la perfección, igual quiso sacar ventaja cuando hablábamos por el celular. —Así que me estás invitando a una cita doble, ¿eh? —su voz rezumaba sarcasmo—. Qué extraño, después de lo que me dijiste la última vez. Apreté los dientes y cerré los ojos por un instante. Ya sabía que no iba a ser fácil. —No es una cita, Loraine. Solo quiero hacerle un favor a una amiga, y pensé en ti porque... bueno, eres perfecta para esto. Además, eso fue hace mucho tiempo. No me guardes rencor. Escuché una risa corta, como si acabara de ganar una partida que yo ni siquiera sabía que estábamos jugando. —¿Rencor? Claro que no, Dexter. ¿Cómo podría guardarte rencor? —Su tono era una mezcla de ironía y falsa inocencia. Luego, su voz cambió, más firme, más calculadora—. Pero ya que estamos, quiero algo a cambio. Invítame al cumpleaños de Lily. No es negociable. ¿Aceptas? ¡Mierda! Me había echado la soga al cuello en el momento en que acepté el chantaje de Loraine. La insoportable tenía una habilidad única para sacar ventaja de cualquier situación, y yo, en mi desesperación, se lo había puesto en bandeja. Pero, ¿por qué me estaba complicando tanto la vida? Esa pregunta se resolvió en cuanto vi entrar a Joane al restaurante. No sé qué esperaba exactamente, pero verla me dejó sin aliento. Lucía un vestido n***o que parecía esculpido sobre ella, cada detalle diseñado para realzar su figura de manera impecable. Pero mi pequeña burbuja de admiración se rompió al ver quién la acompañaba. Un imbécil. Claro, no era feo, más bien parecía salido de una película romántica, con su sonrisa de galán y su aire de seguridad irritante. Y entonces apareció esa sensación desconocida, algo primitivo que me encendió como un fósforo. Era rabia, pura y simple. Mis puños se cerraron con tal fuerza que las uñas se clavaron en mis palmas. Sonríe, Dexter, sonríe. Me repetía esa frase para mantener la compostura. Aunque cada segundo junto a la "parejita feliz" era una tortura. Lucas —así se llamaba el desgraciado— no tardó en empezar su espectáculo, hablando de su "magnífica" carrera como corredor de bolsa, adornando cada palabra con un aire de superioridad que me revolvía el estómago. Fue un milagro que lograra morderme la lengua para no saltar con algo como: "No eres el único que sabe de finanzas, imbécil". pero reinó la sensatez, no podía ponerme en el plan de competencia, tampoco era prudente hacerlo, solo conseguiría un extenso interrogatorio de mi vida que no tenía intenciones de responder. No obstante, no permitiría que el idiota de Lucas tuviera otra cita con Joane, menos que tenga sexo con ella y mentí con descaro al extremo de asegurar que era gay. Fue un sabotaje, una forma de protegerla de un petulante y engreído, nada más…o eso pensaba hasta ese momento en el baño. Podía observar el asombro en el rostro de Joane con cada palabra que repetía, pero fui muy convincente para aplacar sus dudas sobre el presumido y ahora vendría la parte complicada deshacerme de él. Me quedé en silencio sopesando las alternativas mientras ella me contemplaba con recelo como si presintiera que haría una locura. —Dexter, quiero sacarme de encima a Lucas, pero no quiero escuchar reclamos de mi amiga Lisa por tu brillante idea. Así que lo estés pensando hazlo con atino y sin ser vulgar o violento. —Joane cruzó los brazos, su tono era una mezcla de súplica y advertencia. La miré, arqueando una ceja y esbozando una sonrisa que probablemente no le inspiró la confianza que necesitaba. —Confía en mí, sé cómo manejar estas situaciones... peculiares. Dame cinco minutos. Ve a la mesa y actúa como si nada pasara, ¿te parece? —aseguré con firmeza. Ella bufó, pero asintió con un gesto de su cabeza. Con la idea todavía a medio cocinar, abandoné el baño, dejando que las palabras fluyeran casi como por arte de magia cuando me paré frente al idiota. Mi tono era amable, casi coqueto, y me aseguré de mirarlo directamente a los ojos, disfrutando de cada segundo de su desconcierto. —Lucas, debería decirte que Joane acertó al elegir esta cita doble. Honestamente, pensé que sería una noche nefasta, pero después de conocerte... —me acerqué un poco, bajando la voz como si estuviera compartiendo un secreto—. Después de conocer a un hombre tan encantador como tú, creo que podríamos continuar la velada en mi departamento. Solo los dos. ¿Te arriesgas? La cara del tipo fue un poema, una mezcla de confusión y sorpresa que no tenía precio. Loraine me miró de reojo, arqueando una ceja, pero no dijo nada, aunque supongo que sospechaba el motivo de dejar entrever que era gay. Lucas, en cambio, pareció congelarse. Buscó las palabras, balbuceando algo ininteligible antes de soltar una excusa torpe sobre tener un compromiso temprano al día siguiente. En cuestión de minutos, escapó literalmente del lugar. A todo esto, la velada terminó de una manera inusual. Loraine estaba un poco pasada de copas, su risa chillona resonaba en mis oídos como un chirrido fastidioso, y lo más detestable fue ayudarla a subir a mi auto mientras escuchaba sus comentarios maliciosos de follarla, como si fuera lo más natural y Joane mirándonos con una sonrisa forzada que no alcanzaba a borrar su incomodidad. —Joane, ¿por qué no vienes con nosotros? —dije, intentando salvar la situación—. Te llevo a tu departamento. Ella negó suavemente con la cabeza, pero su tono fue un dardo certero. —No hace falta, Dexter. Puedo tomar un taxi. Además, parece que tu amiguita está ansiosa por… estar sola contigo. —Su voz era firme, aunque velada con cortesía. Un golpe sutil, pero contundente. No pude evitar responder en voz baja, atrapado en el brillo dorado de sus ojos que parecían leerme con una precisión escalofriante. —Solo cumplo con el acuerdo. Joane no respondió de inmediato, solo me miró un segundo más, como si buscara algo en mi rostro. Finalmente, rompió el contacto visual y bajó la mirada. —Vete con tu amiga, Dexter. No la hagas esperar más. Buenas noches. La sonrisa que me lanzó antes de girarse fue la estocada final. No era amable; era resignada. Dolía. Antes de que pudiera decir algo más, la voz chillona de Loraine me devolvió a la realidad. —¡Dexter, no me hagas rogarte! Sube al auto de una vez —gritó desde el asiento del copiloto, con el tono autoritario de quien está acostumbrada a conseguir lo que quiere. Joane ya se había marchado, y yo me quedé ahí un instante más, viendo su figura desaparecer en la distancia. No tenía derecho a detenerla. Lógico que no tuve sexo con Loraine, más bien apenas se bajó del auto pisé el acelerador sin rumbo fijo todavía confundido por la noche caótica que había vivido y lo más grave, la imagen de Joane volviendo a mi mente una y otra vez como si todo cobrará sentido al recordarla, pero al mismo sabía que no tenía derecho a pensarla. Sí, era contradictorio lo que me sucedía, aunque al final me dije que era mejor acabar con esto antes de que se salga de control. Apenas llegué a mi departamento estaba dispuesto a tocar su puerta, pero fui detenido por la inesperada visita de mi padre, quien vino con otro fin o más bien recordarme que debía dejar de ser un idiota con mi familia. —Dexter, esta vez no vine para hablarte de la empresa. —Su tono era más suave de lo usual, casi conciliador—. Solo quería recordarte que hoy es un día importante para la familia. —¡Qué milagro! —bufé, cruzándome de brazos—. Porque tu tema favorito siempre son los balances, presupuestos y contratos. Como si necesitaras de mí para tomar una decisión, cuando sabes que soy reemplazable, también aplica en la familia. La expresión de mi padre cambió. Su mandíbula se tensó, sus ojos oscuros brillaron con algo entre frustración y pena. —¡Basta, Dexter! —espetó, su voz cortante como una navaja—. Nadie puede ocupar tu lugar, y lo sabes. Ni en la empresa, ni en la familia. Lily hace lo que puede, pero no es tú. ¿Hasta cuándo le harás esto a todos? ¿Por qué no piensas en tu madre? Me reí, aunque sin humor, y lo miré directo a los ojos. —Lo hago por ella. También les simplifico las cosas a todos. No soy el egoísta que crees. —Respiré hondo, intentando mantener la compostura—. Y, por último, estoy siguiendo tus consejos. Conocí a una chica… maravillosa, especial. Alguien que… le da sentido a todo. ¿Contento ahora? Mi padre se cruzó de brazos, inclinado ligeramente hacia mí, su mirada penetrante. —¡No me mientas en la cara, hijo! —Su voz tenía un peso que no podía ignorar—. A ti no te interesa tener una relación formal porque piensas que no tienes derecho a nada. —No te miento, papá. —Mi voz se quebró, más de lo que quería admitir. Miré hacia otro lado, incapaz de sostener su mirada—. Joane es diferente. Es capaz de cambiar mi día con una sola palabra, con una sola mirada. Aparece en mi mente sin que me dé cuenta, y, cuando lo hace, me encuentro sonriendo como un idiota. No sé cómo describirlo… pero es algo que nunca había sentido. Hubo un silencio, largo y pesado. Mi padre suspiró y asintió lentamente. —Entiendo. Pero aún creo que es otro de tus inventos. Una excusa para darme esperanzas, para que piense que estás reconsiderando tu vida. ¿Me equivoco? El silencio tenso entre mi padre y yo fue roto por el repiqueteo insistente de mi celular. Lo saqué del bolsillo con un gesto automático, agradecido por la interrupción, aunque sabía que la llamada traía sus propios problemas. El nombre de mi madre brillaba en la pantalla. Suspiré antes de deslizar el dedo para contestar. —Hola, mamá. —Mi tono era seco, aunque no carente de afecto—. No hacía falta que llamaras. Estoy sobreviviendo como puedo a los reclamos de tu esposo. Del otro lado de la línea, su voz llegó suave, pero firme, con ese matiz de reproche que siempre lograba atravesarme. —Dexter, no seas cruel con tu padre. Solo se preocupa por tu bienestar, aunque no siempre lo demuestre de la mejor manera. No respondí, optando por el silencio mientras daba un par de pasos por la cocina. —En fin, te llamaba para recordarte la cena por la celebración del compromiso de Lily. —Su tono se suavizó, casi suplicante—. ¿Vendrás? ¿verdad? —Mamá, sabes que a mi hermana no le interesa verme en su fiesta de compromiso. Debe seguir molesta por lo que pasó en la junta de la empresa. Hubo un silencio breve, como si mi madre estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras. —Te equivocas, hijo. Lily me insistió en que vinieras. De hecho, me dijo que no te lo perdonará si no llegas. Mientras evaluaba que responderle a mi madre, escuché la voz de Joane proveniente del pasillo y en un reflejo avance logrando escuchar la charla particular que sostenía con mi padre. Lo raro fue un destello de indecisión ante la pregunta de que somos novios. Y en este instante su breve silencio me tiene con el corazón latiendo a mil por hora, con las manos sudando y necesito un poco de alivio, ayuda, paz, como sea que quiera llamarlo por su cumplir con su parte del acuerdo, tiene que confirmar mis palabras. —Sí, señor Quincy, Dexter y yo estamos saliendo, aunque es pronto para decir que somos novios. Quiero tomarme las cosas con calma. ¿Verdad, amor? La palabra "amor" cae sobre mí como un golpe que me deja sin aire. Necesito actuar rápido, así que avanzo con una sonrisa forzada, cerrando la distancia entre nosotros. —Hola, mi vida. Qué bueno es verte. —digo, cerrando la distancia entre nosotros con una sonrisa que espero sea convincente. Me inclino y le planto un beso en la mejilla, al mismo tiempo que deslizo mi mano en su cintura, un gesto tan natural que casi olvido que es un acuerdo, no realidad. Pero antes de que pueda retirarme, mi padre interviene, su voz cargada con esa mezcla de autoridad y sarcasmo que siempre usa conmigo. —Esa no es forma de saludar a tu novia, Dexter. Hazlo como corresponde, sin cohibirte. La orden me golpea como un desafío, y aunque mi instinto me dice que esto es una mala idea, mi orgullo me obliga a responder. Sonrío como un idiota, intentando aparentar calma, pero por dentro todo en mí está en caos. Me inclino un poco más hacia Joane. El mundo parece detenerse mientras mi rostro se acerca al suyo. Mis latidos se disparan, mi boca está seca, y mis manos, que normalmente están firmes, tiemblan ligeramente. Su perfume me envuelve, una mezcla embriagante que hace que mi mente quede en blanco. El calor de su aliento roza mi piel, y nuestras miradas se cruzan un instante. Hay algo en sus ojos, algo que no puedo descifrar pero que me atrapa. Entonces, mis labios encuentran los suyos. El contacto es suave al principio, como si estuviera pidiendo permiso con cada movimiento. Pero en cuestión de segundos, todo cambia. Sus labios responden, sincronizándose con los míos de una manera que hace que todo lo demás desaparezca. Es como una chispa que enciende cada fibra de mi cuerpo, un fuego que no quiero apagar. Sin embargo, Joane es quien toma el control. Ella disminuye la intensidad del beso y finalmente se separa, dejando sus ojos fijos en los míos. Por un momento, el silencio entre nosotros lo dice todo, aunque ninguna palabra lo explique. —Esa es la manera de hacerlo —exclama mi padre, con un tono bajo pero firme que me deja sin aire. —Aprovechando que están juntos… Dexter, tienes que venir con tu novia a casa esta noche. Será una excelente ocasión para presentarla al resto de la familia. Su mirada se dirige a Joane, y aunque su tono es cordial, hay una expectativa ineludible en su voz. —Joane, ¿cuento contigo esta noche? —averigua mi padre. Joane me lanza una mirada rápida, buscando mi reacción. Estoy demasiado atrapado en lo que acaba de suceder para responder y ahora mismo no se como seguir, más bien dejo todo en sus manos esperando salir airoso mientras el silencio nos envuelve en una extensa agonía.
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