La misma madrugada New York Joane Supongo que hasta la persona más centrada y ecuánime siente, en algún momento, ese deseo irracional de cruzar una línea prohibida. Es un impulso extraño, una especie de adrenalina que nos empuja a seducir el peligro, a jugar con fuego, aunque sepamos que podemos quemarnos. Tal vez lo hacemos porque estamos cansados de la monotonía de una rutina predecible, porque queremos probar que somos inmunes a cualquier cosa que intente desestabilizarnos, o quizás porque somos ingenuos al creer que controlamos la situación. Otras veces, simplemente sucede sin darnos cuenta. Un paso tras otro, un gesto aquí, una palabra allá, y de repente ya estamos al borde, con un pie colgando sobre el vacío. Lo aterrador es cuando ya no hay retorno, cuando sabes que la elección

