Cuando sonó el teléfono en su escritorio, Amelia se sobresaltó un poco. Ese día cerraría un trato, el más importante de su vida, lo que la tenía sobre ascuas. — Señora Durán, el señor Hidalgo acaba de llegar. — le anunció su secretaria del otro lado. — De acuerdo, Hilda. Hazlo pasar. Seguidamente se abrió la puerta, por la que asomó la empleada. — Adelante, por favor. — le anunció al recién llegado, quien ingresó en el recinto después de ella. Se aproximó y le estrechó la mano. — Bienvenido. — le dijo. Bautista esgrimió nuevamente su sonrisa magnética, que en este caso enmascaraba también su intranquilidad. Avanzó unos pasos y a un lado del escritorio enorme, detectó a una persona que le resultaba familiar. Era Esmeralda, la mujer que lo había contratado para esa fiesta en la casa

