Capítulo 2: Cambio de planes

1466 Words
Al día siguiente, Amelia despertó en el cuarto de huéspedes de la casa de Esmeralda e Iván. Aún tenía puesto el vestido de fiesta corto, cubierto de lentejuelas rojas. No estaba en su casa, por lo que no disponía de ropa cómoda. Pero se calzó unas pantuflas de conejito que halló bajo la cama. Eran ridículas pero muy cómodas, agradeció el tenerlas a la mano en esa ocasión. Bajó por las escaleras y la luz resplandeciente del día la deslumbró, haciéndola sentir como un vampiro. Una vista al exterior, a través de una ventana, le reveló que sus sobrinos, Pablo de diez años, Enrique de ocho y Lucía de cinco correteaban en el terreno verde de la casa. Con un paso vacilante llegó a la cocina, en cuyo desayunador encontró a su querida amiga. Su hermano, Iván, preparaba algo en la licuadora. Al verla llegar le sonrió pícaramente. — ¡Buenos días, hermanita! — la saludó. — Buenos días… — murmuró pesadamente, y se sentó junto a su amiga. — ¿Tienen hambre? — les preguntó Iván. Se llevó una mano al estómago, comprobando que era el centro de su malestar general. — No creo poder comer nada… — Yo tampoco… — dijo Esme. — Lo imaginé… Por eso les preparé esto. — anunció, mientras servía en dos vasos el menjunje, que al parecer ya estaba listo. Se los entregó y ambas hicieron un gesto de desagrado al probarlo. — ¡Qué rayos es esto, Iván? — preguntó su esposa. — Tomate, pepino y cebolla… — ¡Puaj! — profirió Amelia, asqueada. — Es lo mejor para el día después de juerga… — aseguró el esposo. — Sus hígados se los agradecerán. — Yo creo que nos rogará que lo fusilemos para ahorrarle la tortura…— repuso su hermana. Iván sonrió con sorna. — ¿Conocen el dicho “una calavera no chilla”? Era un afamado refrán sudamericano que indicaba que, el que la noche anterior se fue de fiesta, no tiene derecho a quejarse de sus consecuencias. Alude al hecho de que el afectado amanece en un estado tal que parece no tener vida, y que por lo tanto carece de la capacidad de manifestar, cualquier clase de molestia. — ¡Claro que lo sé! — ¡Yo también! — afirmó Esmeralda. — Entonces, sean buenas niñas y bébanse este licuado, hasta la última gota. Aliviará sus molestias el resto del día. Su mujer lo fulminó con la mirada, pero él la ignoró y besó afectuosamente su frente. — ¿Sabes que en este momento te odio? — le inquirió con cara de pocos amigos. Su esposo le dirigió otra sonrisa traviesa. — Lo sé. Si más tarde te sientes mejor, estaré afuera con los niños. — le respondió mientras le besaba brevemente los labios. Después se volvió hacia Amelia. — ¡Ah! — dijo recordando algo — Lamento tu rompimiento con Orlando. Pero si te sientes mal, recuerda sólo una cosa, hermanita. ¡Eres demasiado buena para él! — ¡Gracias, hermanito! — comentó ella afectuosamente. Cuando quedaron a solas en la cocina, ambas mujeres volvieron a beber otro trago del elixir de pésimo sabor que, a pesar de su renuencia a consumirlo, comenzaba a hacerlas sentir mejor. — Bueno, — murmuró Esmeralda llegado un momento — ¿qué sigue ahora? — le preguntó seguidamente a su cuñada. — ¿Quieres que te responda eso? ¡Aún no puedo entender qué pasó! — ¿Qué te dijo Orlando? ¿Por qué suspendió la boda? — Porque tenías razón, ¡es un completo cabeza hueca! Esmeralda entendió que tenía la autoridad moral para lanzarle un “te lo dije”. Pero su amiga estaba mal, no alardearía de estar en lo cierto en un momento como ese. — Pero, ¿qué te dijo? Alguna razón debió haberte dado… Amelia suspiró, reflexiva. — Dijo que no sentía que fuese su momento para comprometer el resto de su vida, que aún quería ser libre. También me dijo que esto del casamiento y de tener una familia, era una cosa más mía que suya… Y debido a mi edad, y para darme la oportunidad de cumplir este sueño, me dejaba ir… Esmeralda frunció el ceño. — ¿Tu edad? ¿Qué hay con tu edad? — Tengo treinta y tres años… Su amiga llegó al punto de la ofuscación. — ¿Y qué hay con eso? Eres joven, hermosa como una estrella de cine y exitosa… ¡Estás en la flor de la vida! — Esme…— la interrumpió — ya no soy una niña. — ¡Más vale! ¡Tenemos la misma edad! ¡No es nada de lo que avergonzarse! — Es cierto, pero tú encontraste a Iván y ambos están juntos. Yo, a pesar de mi éxito, aún estoy sola… — murmuró desconsolada. — Debo concederle algo a Orlando. Por más que te duela, fue sensato. Más vale parar una boda, que divorciarte años después, con niños, por no tener el valor de hablar a tiempo. — Supongo que sí… — musitó con limitada convicción Volvieron a sorber otro trago del licuado. Pero en ese instante, Amelia supo que no podía seguir ingiriendo semejante cosa. Fue directamente hasta el lavabo y tiró lo que quedaba por el drenaje. — ¡Prefiero sufrir en mis propios términos! — gruñó. Se dirigió hacia el living y allí se recostó a lo largo del sofá. Esmeralda la siguió, llevando consigo el vaso con el preparado que hizo su marido. Tomó asiento en el sillón a un lado y durante un rato bebió la mayor parte. — Entiendo que te sientas decepcionada, deberías tomarte unos días, antes de volver a trabajar. Amelia suspiró y se incorporó en el diván. — Si tengo que ser sincera, lo que me duele no es tanto romper con Orlando, sino el saber que habrá cosas que ya no sucederán. — ¿Cómo qué? — El formar una familia, como la que tienen Iván y tú. — ¡No seas tonta! ¡Aún puedes hacer eso! Abundan los sujetos que gustosos te harían un bebé. — ¿Qué soy ahora? ¿Una yegua reproductora? — ¡No! Sólo señalo que para alguien cómo tú, este no puede ser el fin del mundo. Entonces apareció Lucía desde la cocina. Tenía un ramillete de florecillas silvestres, que deseaba obsequiarle a alguien muy especial para ella. Al llegar a la sala fue directamente hacia la persona a la que le había destinado ese bonito obsequio. — ¡Para ti, tía! — exclamó alegremente mientras se lo extendía. La dulzura de la niña la enterneció de inmediato. — ¡Oh, gracias, peque! — dijo — ¿Las juntaste para mí? Su sobrina asintió con la cabeza dulcemente. — Mami me dijo que estabas triste, porque el tarado de tu novio te dejó, y que era importante hacerte sentir mejor. — ¿Así lo llamaste delante de la niña? — le inquirió a su amiga. Esmeralda carraspeó, consciente de que la honestidad de su hija la había puesto en un aprieto. — Bueno, no exactamente. — repuso. Pero supo que no podría justificar sus palabras, por más que quisiera. — ¡Bien, lo confieso! Pero debes admitir que ahora soy libre de hablar de él como quiera. Amelia ya no se preocupó por eso. Cuando la niña besó su mejilla y la abrazó cálidamente, de pronto se sintió muy feliz. — ¡Ya no estés triste, tía! ¡Yo te quiero mucho! La ternura de la pequeña fue tan especial, que de alguna forma curó su corazón roto. El amor que le dio en ese momento, le provocó una epifanía, una visión precisa de qué era lo que seguiría en su vida. Ahora sabía perfectamente cuál era la clave de su felicidad. — ¡Oh, gracias, Ángel! Yo también te quiero mucho. — dijo antes de besar la frente de esa hermosa carita. Iván apareció para decirle a la pequeña que pronto tendría la comida lista, que ella y sus hermanos debían lavarse las manos. Su mamá y su tía se les unirían un poco más tarde. Su amiga observó que ahora se veía más animada. — Veo que te sientes mejor. Supongo que, a pesar de todo, el batido tuvo un buen efecto en ti. — Si, estoy mejor. Pero no fue por ese maldito licuado. — Ah… —murmuró su interlocutora — ¿A qué se debe, entonces? — ¿A que ya sé lo que debo hacer para completar mi vida? — ¿En serio? — ¡Sí, en serio! — afirmó — Ahora sé que es lo que me falta. — ¿Y qué sería eso? — Ser madre. — aseguró con una expresión iluminada. — ¡Voy a tener un hijo!
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