Las estrellas están igual que antes, no han cambiado en nada desde la última vez que levanté la cabeza para ver el cielo y, aún así, cuando entonces eran tan sólo estrellas, ahora me resultan preciosas; luces que brillan en la oscuridad, que titilan como si guiñaran un ojo y que, no importa lo que pase, siempre están allí. Estoy sentada con su saco sobre mis hombros (me lo dio él, aún cuando le dije que no tenía nada de frío, en un gesto que no cambió mucho mi temperatura corporal pero que me calentó un poco el corazón), alejada de la gente y del baile, sobre una silla que yo misma arrastré lejos de todo. Shasta está a mi lado y, apoyado en el respaldo de su silla, también observa el cielo con una expresión tranquila, en paz. Tras aproximadamente un minuto de silencio, baja los ojos y ll

